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Full text of "La vida en sociedad, cartas familiares, dadas a la publicad"

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PRESENTED TO 

THE LIBRARY 

BY 

PROFESSOR MILTON A. BUCHANAN 

OF THE 

DEPARTMENT OF ITALIAN AND SPANISH 
1906-1946 




Lagasca, 21, Bajo 




EX-LIBRIS 
M. A. BUCHANAN 



VIDA EN SOCIEDAD 



US 



La vida 
en sociedad 

CARTAS FAMILIARES 
DADAS Á LA PUBLICIDAD 

POR 

jVlANUEL PSSORIO Y J3&RNARD 

/ ILUSTRACIONES DE P1C0L0?\ 

V / - . 

489416 



MADRID 

.HIJOS DE MIGUEL GUIJARRO, EDITORES 
Lag-asca, núm. 121. 



Jíh SEÑOR DON jÍULIO píOMBELAi 



Querido Julio: 

Cada libro que se publica suele tener una historia, 
y el que hoy pongo al amparo del prestigio de tu nom- 
bre no podía carecer de ella. Ignoro si dicha historia 
merece ser conocida del público; pero como ella justi- 
fica la dedicatoria y me ahorra un prólogo, la expon- 
dré en brevísimos renglones. 

Hace dos años, querido Julio, volvimos á encon- 
trarnos en la vida literaria, después de los muchos 
que no nos veíamos en ella. Tú, empresario afortuna- 
do, recogías con tu periódico de modas el fruto de una 
laboriosa existencia: yo buscaba, como hace cuarenta 
años, en la retribución de mi trabajo el pan nuestro 
de cada día. Te di un trabajillo acomodado, según mi 
parecer, á la índole de tu publicación, y no sólo le 
diste completa preferencia para su inserción, sino que 
hasta me indicaste la conveniencia de que fuera el 
primero de una serie de estudios análogos, examinan- 
do en forma ligera lo que son y lo que deben ser cier- 
tos usos sociales, no sólo bajo el estrecho punto de 
vista de lo que sancionan y consagran modas y conve- 



niencias, sino también, y más principalmente, expo- 
niendo lo que con arreglo á la razón y al buen gusto 
debería ser. 

De tu indicación benévola y de mi forzoso culto al 
trabajo nació la colección de artículos, que, adiciona- 
da con algunos inéditos, solicita hoy en forma de li- 
bro el favor de los lectores. 

Deuda es, por lo tanto, de justicia, y deuda que 
muy gustosamente satisfago, el dedicarte este librejo, 
en el cual he procurado poner de relieve no pocos 
errores, preocupaciones y vicios de la vida social, 
aplaudiendo lo que es digno de aplauso ó indicando 
lo que de reforma necesita. 

Huyendo de lo árido de enseñanzas moralistas y 
de los códigos de la urbanidad al uso, he indicado 
muchos puntos dignos de estudio, en forma á la que 
he procurado prestar, no sé si lo he conseguido, cierta 
amenidad literaria. 

El público, soberano juez en estas materias, dará 
su fallo sobre mi humilde trabajo, y me atrevo á creer, 
aunque sea inmodestia, que no ha de serme en abso- 
luto hostil, ni interrumpir su larga historia de bene- 
volencias para con los humildes trabajos del que ha. 
sido, es y será siempre tu amigo fraternal, 

Manuel Ossorio y Bernard. 




Madrid 29 de Diciembre de 1897. 



Querido padre: No escribiría á usted hoy, por 
haberlo hecho recientemente, si no fuera porque 
deseo conocer su opinión acerca de un asunto, que- 
á ! in no siendo de gran interés, me trae desde hace 
días algo inquieto. 

Paseando una de estas tardes con dos de mis 
condiscípulos por lo que aquí se llama el Pinar- 



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OSSORIO Y BERNARD 



de las de Gómez, que no es, para que usted lo en- 
tienda, más que un trozo de una de las aceras de 
la calle de Alcalá, encontré á la señora y señoritas 
que hicieron con nosotros el viaje desde Valencia 
á Madrid á fines de Septiembre, por lo cual me 
apresuré á saludarlas. 

— ¿Quiénes son esas jóvenes?— me preguntó 
uno de mis condiscípulos. 

— Si quieres que te diga la verdad — contesté — 
lo ignoro. 

— ¿No sabes siquiera cómo se llaman? 

— Tampoco. 

— Entonces has hecho una solemne plancha: la 
cortesía exige que no salude un caballero á una 
señora sin haber sido previamente presentado á 
ella. 

— ¡Pero si viajaron conmigo esas señoras desde 
Valencia, y cuando mi padre y yo las invitamos á 
que compartieran con nosotros las provisiones de 
boca, preparadas por mi madre, no nos desairaron 
ni mucho menos! 

— Eso puede ser una circunstancia atenuante 
para ti; pero no eximente. Regla general: para sa- 
ludar á una señora hay que estar autorizado á ello 
mediante formal presentación. No lo olvides, y 
que la plancha de hoy te sirva en lo sucesivo de 
provechosa enseñanza. 

Para gobierno de usted, y por si no entiende 



LA VIDA. EN SOCIEDAD 



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bien eso de la plancha, le diré que equivale á po- 
nerse uno en ridículo. 

Ahora bien, querido padre: ¿merezco las recon- 
renciones de mis compañeros? Crea usted que 
aguarda con verdadera impaciencia su contesta- 
ción, su hijo que le abraza, — Luis. 



Valencia 2 de Enero de 1898. 



Querido hijo: Comprendo que te preocupe el 
asunto de que me hablas en tu última carta, pues 
te confesaré que la consulta me ha hecho meditar 
y no poco, especialmente por no tener noticia de 
que existan códigos de usos y costumbres que pue- 
dan resolver de plano tus dudas. 

En los tratados de urbanidad que estudiaba yo 
cuando era niño, recuerdo que se hablaba algo de 
los viajes en diligencia y de la necesidad de dejar 
los mejores puestos á las señoras; de no fumar, ni 
disponer á capricho de las portezuelas para llevar- 
las abiertas ó cerradas; de ofrecer la mano á las 
damas para ayudarlas á apearse de los altos estri- 
bos, etc., etc. Pero como desde entonces hasta hoy 
los viajes son mucho más rápidos y frecuentes, 
las reglas de cortesía deben también haber cam- 



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OSSOIUO Y BERNARD 



biado. Por eso al entrar en el vagón fui el primera 
en saludar á las señoras de quienes me hablas, y 
al abrir nuestra cesta de provisiones creí deber de 
cortesía brindar á dichas señoras con algo de su 
contenido. 

Creo, pues, que en tu saludo no hubo plancha, 
y paso á tratar del asunto en general, cuya sínte- 
sis puede encerrarse en la siguiente pregunta: Al 
encontrar uno en la calle á una señora á quien só- 
lo conoce de vista, ¿debe saludarla ó aguardar á 
que ella salude? 

Para los franceses, como para los españoles, la 
cuestión parece resuelta desde hace muchísimos 
años; pues no sólo a las señoras conocidas, sino a 
otras que no lo son, se acostumbra á saludar en 
determinadas ocasiones. Los ingleses opinan de- 
diverso modo y creen que al anticipar el saludo se 
falta á los respetos y consideraciones que merece 
la mujer, y que ésta debe conservar en absoluto 
la iniciativa en el asunto de que se trata. En la 
Gran Bretaña es indispensable la presentación pa- 
ra dirigir la palabra y el saludo á una señora, ha- 
biendo motivado esta exigencia aquella cruel ca- 
ricatura que presenta á una dama en un vagón 
con el traje ardiendo, mientras piensa su compa- 
ñero de viaje: 

— Yo la salvaría del riesgo que corre, ¿pero có- 
mo, si no he sido presentado á ella? 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



En España, aunque aceptemos el requisito de 
la previa presentación, no lo llevamos tan á punta 
de lanza ; pero todavía se conceptúa como de mal 
tono quitarse el sombrero ante una señora, y éste 
es un síntoma terrible para vosotros los jóvenes. 

Los que vivimos aferrados á las prácticas de la 
antigua cortesía española; los que dejamos la ace- 
ra con derecho ó sin él, á la mujer, al anciano, al 
sacerdote; los que saludamos á las señoras con 
quienes nos cruzamos en una escalera y no sabe- 
mos gastar sombrero para andar por las casas aje- 
nas, tenemos resuelta de antemano la duda. La in- 
fluencia británica podrá triunfar momentáneamen- 
te; pero morirá pronto, porque nuestro carácter la 
rechaza. Inútil será que buscando disculpas para 
la descortesía, invoquen los ingleses el respeto que 
merece la mujer: entre la urbanidad inglesa, que 
hace á un individuo calarse el sombrero y volver 
la espalda á una dama, y la galantería española 
que impulsaba á nuestros padres á arrojar al suelo 
la capa para que sirviera de alfombra á una buena 
moza, la elección no es dudosa. 

Sólo admito un caso hipotético para conceptuar 
aceptable el procedimiento británico: cuando las 
señoras mujeres acaben de decidirse á vestir el tra- 
je masculino. Si llega ese día, que no llegará, en- 
tonces y sólo entonces habría sonado el momento 
de aguardar su saludo y áun de obligarlas, llevan- 



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OSSORIO Y BERNARD 



do nosotros la derecha en la acera, á que echasen 
por medio del arroyo. 

Estas son, querido hijo, mis opiniones, pero no 
pierdas de vista que en muchos asuntos, como el 
de que se trata, me he quedado anticuado. 

Te abraza tu padre, — Mariano. 



EL SOMBRERO 



Y EL BASTÓN 

f 

Madrid 7 de Enero de 1897. 

Querido padre: ¿Se acuerda usted de una come- 
dia que vimos hace años, cuyo título no puedo re- 
cordar, en la que un aldeano vestido de caballero 
hacía tristísima figura por lo que dificultaban sus 
movimientos el traje, á que no estaba acostum- 



brado, y muy especialmente el sombrero y el bas- 
tón? Pues ahora comprendo lo injusto de mis bur- 
las, puesto que al usar sombrero y bastón en Ma- 
drid, me asemejo bastante al aldeano de la co- 
media. 

Fijémonos en el primero, prenda especial para 
la calle. ¿Cuándo debemos quitárnoslo? Ya sé que 
es de rigor descubrirse ante la representación de 
la Divinidad y después ante las personas de respe- 
to, y muy especialmente las señoras; pero ¿hay 
que descubrirse por completo? En este caso, ¿debe 
uno continuar con la cabeza descubierta hasta que 
la persona saludada nos invite á cubrirnos? Yo he 
creído siempre que esto era lo correcto, y así lo 
hice al saludar una de estas tardes á la generalaX... 
en el Parque de Madrid. Al reconocerme , me pre- 
guntó muy afectuosamente por todos ustedes, por 
mis estudios, por mis diversiones, y me convidó á 
sus reuniones vespertinas... pero sin mandarme 
que me cubriera. Calcule usted, querido padre, el 
triste papel de lacayo que estuve representando 
durante un cuarto de hora; sin contar con que es- 
tábamos á un grado bajo cero. 

Otra consulta. Al hacer una visita, ¿debe en- 
trarse en la sala ó gabinete de recibo con el som- 
brero en la mano, ó dejarlo en la percha del reci- 
bimiento? 

Pero no hablemos de las visitas; trasladémo- 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



m 



nos al teatro, cuyas principales localidades ocupan 
señoras, señoritas y personajes de todos los órde- 
nes sociales, incluso nuestros profesores. En esto 
hay ya costumbre establecida; pero creo que no 
es recomendable. Me refiero á la de permanecer 
cubiertos en los entreactos, quitándonos el som- 
brero así que se levanta el telón. ¿Consiste esto en 
que deben merecernos mayores respetos los acto- 
res que representan una comedia, que los especta- 
dores que ocupan la sala? 

Respecto del bastón ya sé que dirá usted que 
no siendo objeto indispensable, lo más prudente, 
si ha de ocasionar molestias, es dejarlo en casa ó 
en la tienda, con lo que resulta más económico. 
Pero aunque yo opte por el último extremo, hay 
muchos caballeros que no son de mi parecer. Sin 
ir más lejos, ayer tarde, que fui á casa de la gene- 
rala aceptando su invitación, observé que los con- 
vidados y amigos dejaban el sombrero en la ante- 
sala y penetraban en el salón sin abandonar el bas- 
tón. No sería para apoyarse en él debiendo perma- 
necer sentados, ni para atacar ó defenderse de 
agresiones, porque esto no es correcto ni áun en- 
tre personas que pertenecen á la benemérita clase 
de armas tomar. 

Crea usted, padre, que semejante costumbre 
me extrañó sobremanera, y desde luego resolví 
consultar á usted, porque aunque hoy está usted 



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OSSORIO Y BERNARD 



retirado de la sociedad y casi sin ningún trato, ha 
sido usted hombre de mundo y sobre todo tiene 
usted para mí algo que vale mucho más: rectitud 
de juicio y serenidad para saber distinguir lo bue- 
no de lo malo y lo justificado de lo ridículo. 
Le abraza con toda efusión su hijo — Luis. 

Valencia 10 de Enero de 1898. 

Querido hijo: Quien se halla en situación difí- 
cil no eres tú con tus dudas, sino yo con tus con- 
sultas y hasta con tus elogios á mi juicio; pues, 
apartado de la sociedad, ignoro sus evoluciones, 
progresos, usos y costumbres, y podría fácilmente, 
lleno de buena voluntad, aumentar tus apuros con 
mis consejos. 

Me preguntas cómo debe hacerse en la calle el 
saludo, si quitándose por completo el sombrero ó 
con la indicación de hacerlo; y en contra del pri- 
mer procedimiento me citas lo que te ha ocurrido 
con mi antigua amiga la generala. Creo que eso 
no debe servirte de precedente para tus futuras de- 
cisiones, pues la señora de quien se trata es muy 
ordenancista y algo distraída. 

Que no quiso ofenderte, lo prueba el hecho de 
convidarte á sus reuniones vespertinas, y así has 
debido comprenderlo, cuando, sin sentirte lasti- 
mado, has aceptado su invitación. 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



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Prescindamos, pues, de la generala, y dejemos 
sentado que el saludo completo, ó sea quitándose 
el sombrero es perfectamente aceptable, no sólo 
para el sacerdote que conduce el Viático, sino para 
las señoras y áun para las personas respetables de 
nuestro mismo sexo. 

Después de este saludo puede establecerse una 
sensata gradación para los demás, hasta llegar al 
que se practica levantando la mano como para 
quitarse el sombrero, sin terminar la operación. 
Ésto en calles y paseos; pero ¿qué haremos en las 
visitas? 

Yo creo, y conste una vez más que sólo trato 
de hacer conocer impresiones y juicios personales, 
que al ir por vez primera á una casa no tenemos 
derecho á utilizar la bastonera del recibimiento, 
ni las sillas ó mesas de la sala ó gabinete. Debe- 
mos entrar con el sombrero en la mano, y sólo 
cuando el dueño de la casa nos lo indique con in- 
sistencia dejarlo sobre una silla. En lo antiguo 
existia otra costumbre, sobrado humilde, y que ha 
desaparecido víctima del ridículo: la de dejar el 
sombrero en el suelo. Esto ha caído en completo 
desuso. Cuando existe mayor confianza, se frecuen- 
ta la casa y no se hace una verdadera y solemne 
visita, pueden utilizarse desde luego perchas y bas- 
toneras de los recibimientos. 

Pasemos ahora al teatro. No, hijo mío; perma- 

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38 OSSORIO Y BERNARD 

necer cubiertos en los entreactos y descubrirnos 
cuando comienza la representación, no significa 
que nos merezcan mayor respeto actores que es- 
pectadores; es que al alzarse el telón, hay que sa- 
ludar lo que la producción escénica significa, que 
supone bastante más que el respeto debido á sus 
intérpretes; y al propio tiempo hay que contribuir 
á que los espectadores que están detrás de nos- 
otros, puedan disfrutar del espectáculo sin que lo 
impida el negro tubo de chimenea que llevamos 
en la cabeza. Ya me figuro oir la observación que 
has de hacer cuando llegues á este punto; obser- 
vación concerniente al sombrero de las señoras, 
harto más voluminoso que el nuestro; pero no te 
olvides de que tu consulta se refiere sólo al som- 
brero masculino. 

Dejemos, pues, á las señoras con sus sombre- 
ros, y quedémonos nosotros descubiertos mientras 
dura la representación teatral. Y luego, ¿qué de- 
bemos hacer cuando cae el telón? Mi criterio es 
cerrado: seguir también descubiertos mientras es- 
temos en la sala, que por algo se llama así, y cu- 
brirnos cuando salgamos al vestíbulo ó á los pa- 
sillos. 

Lo que me llena de verdadero asombro, es lo 
que me cuentas de la costumbre de entrar en el 
salón para las reuniones vespertinas sin dejar el 
bastón en la bastonera. 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



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Me permito suponer que eso podrá ser una ex- 
cepción, y que lo que has visto en casa de nuestra 
amiga, no es la regla general. De todos modos, y 
aún en la hipótesis de que esté yo equivocado, se- 
mejante costumbre no podrá meóos de ser efímera 
y haber nacido predestinada á muy breve exis- 
tencia. 

No la adoptes tú, áun á riesgo de llevar la 
peor parte en cualquier conflicto inesperado, aun- 
que no es de creer que en una reunión de personas 
"bien educadas, que olvidando las preocupaciones 
de la vida se entregan al descanso y al recreo, sur- 
jan conflictos de los que hacen útil, y á veces ne- 
cesario, el uso del bastón. 

El bastón y el sombrero deben quedar en la 
antesala ó entrar con su dueño en el salón, cuan- 
do, como te he dicho antes, se trata de una visita 
de cumplido. 

Basta por hoy: cuídate mucho, cumple tus de- 
beres y no vaciles en consultarme tus dudas, ya 
que el único inconveniente de esto es que no pue- 
da siempre disiparlas tu amante padre, — Mariano. 



DE LAS SEÑORAS. 



Madrid 18 de Enero de 1898. 

Querido padre: En su última carta, si bien de 
modo incidental, me pareció que se mostraba us- 
ted enemigo del sombrero de las señoras en el tea- 
tro; y francamente, me hubiera complacido en ex- 
tremo conocer su opinión más detallada, concreta 
y terminante, ya que la mía, como usted supone 
en la carta, no puede menos de ser completamen- 
te hostil á semejante moda. Claro es que buscando 
yo en su buen juicio autoridad y guía para mi 



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0SS0R10 Y B 



conducta, no habría de consultarle asunto tan ni- 
mio, y no hubiera vuelto á hablar de semejante 
cosa sin una consideración y un hecho posteriores 
á nuestra última correspondencia. La considera- 
ción no es otra que, según los vuelos que los som- 
breros van tomando, casi pueden motivar cuestio- 
nes por falta de cortesía en los hombres, y acaso- 
una cuestión de orden público. El hecho es que 
anoche asistí al teatro Lara á conocer las obritas- 
que se representaban; pero no pude ver más que Ios- 
sombreros de dos señoras que ocupaban las buta- 
cas anteriores á la mía. ¡Qué sombreros, querido 
padre! Su altura excedería cómodamente de 30 
centímetros, y en su composición habían entrado 
los tres reinos de la naturaleza y todos los prodi- 
gios de la industria: flores, frutas, pájaros, piedras- 
de colores, alfileres y broches, plumas y cintas; de 
todo tenían los citados sombreros en prodigiosa 
variedad. En algunos momentos, cuando las se- 
ñoras se inclinaban á diverso lado, aún quedaba, 
entre ellas algún pequeño resquicio que me per- 
mitía ver una cuarta parte del cuerpo de Balbina 
Yalverde ó la mitad del de Pepe Rubio; pero cuan- 
do las señoras conversaban entre sí, los adornos se 
entrelazaban y confundían, y yo me quedaba com- 
pletamente á oscuras. 

¿No sería justo, querido padre, que las señoras 
mujeres, tan exigentes con nosotros en materia de 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



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cortesía, dejasen de poner á prueba nuestra bon- 
dadosa paciencia con sus enormes sombreros? 
Le abraza su hijo,— Luis. 

Valencia 21 de Enero de 1898. 

Querido Luis: Tu hermana Elena abrió y me 
leyó tu última carta; es decir, no me la leyó por 
completo, porque se puso verdaderamente inco- 
modada por lo que dices en ella, hasta hacerla ex- 
clamar: «¡Si querrán esos muñecos que nos vista- 
mos y adornemos como ellos tengan por conve- 
niente! ¡Más valiera que no usaran gabanes, que 
parecen faldas nuestras, ni se pusieran hombreras 
en las mangas y grandes tacones en las botas para 
parecer mejores mozos!» 

Como eso de los muñecos era un ataque perso- 
nal á ti y un prejuicio respecto de mis opiniones,, 
me abstuve de emitir ninguna por el momento; 
calmé á Elena con algunos conceptos vagos, y por 
la noche ^hallándonos acompañados en la sala de 
casa por mosén Vicente, el virtuoso capellán que- 
conoces; el matrimonio Codorníu, el médico don 
Tadeo y el pollo Marino, á quien parece que le soy 
muy simpático, según lo que frecuenta nuestra 
casa, puse al debate tu dictamen, para que las aje- 
ñas opiniones ilustrasen la mía. 



21 



CSSORIO Y BERNARD 



Empezó actuando de oradora tu hermana Ele- 
na, acompañada de algunos monosílabos de apro- 
bación ó finales de concepto de Mariño, y consu- 
mió el primer turno por la benévola indicación de 
mosen Vicente. 

— El sombrero — dijo — es un complemento del 
peinado y del resto del traje, debiendo guardar 
armonía con éste: en materia de modas la única 
autoridad reside en los que se hallan consagrados 
á su estudio. Esos sombreros que disgustan á mi 
señor hermano, habrán costado grandes esfuerzos 
de imaginación á sus inventores, y no es cosa de 
que por dar gusto á los pollos... 

— A algunos, á algunos — interrumpió Mariño. 

—Por dar gusto á algunos pollos cortemos las 
alas á nuestros sombreros, reduzcamos su copa á 
una altura ridicula y prescindamos de los esprits 
ó los convirtamos en llorones... 

— ¡Oh! no... — acompañó el eco. 

— Mi señor hermano — continuó la oradora — si 
le estorbaban los sombreros de las señoras de las 
butacas, pudo haberse subido al paraíso, y nadie 
le habría impedido contemplar toda la figura de 
la actriz y el torso del actor. 

— ¡Bien dicho! — exclamó Mariño. 

— Pero observo — dijo el doctor— que Elenita no 
ha alegado grandes argumentos en favor de la 
moda. Ha invocado sólo la autoridad de los que 



LA VIDA EN SOC EDAD 



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rigen el mundo de la misma; y ésta, dicho sea sin 
ofenderles, es tan variable, que hoy deprime lo que- 
ayer ensalzaba, y mañana se burlará de lo que re- 
comienda hoy. ¿No le parece así á mosén Vicente? 
Expónganos su dictamen, de tanta autoridad para 
nosotros. 

—¿Mi dictamen en asuntos de modas y teatros, 
querido doctor? Yo podré decir, á lo sumo, que 
entre la costumbre de asistir las señoras á los es- 
pectáculos sin nada á la cabeza y la de llevar som- 
brero, me parece ésta última más aceptable, mo- 
desta y moral, y cuando la Iglesia ha transigido 
con el sombrero de las señoras en el templo, en vez 
del manto que impuso el Pontífice San Lino en los 
primeros tiempos del Cristianismo, época de per- 
secución y martirio, no es mucho que el teatro la 
acepte también. Por lo demás, y si ustedes me lo 
permiten, limitaré á esto mi dictamen, sin inves- 
tigar los milímetros de altura que se podrían re- 
bajar para dar gusto á todos ó el número y clase 
de adornos que deben llevar los sombreros. ¿No 
es verdad? — añadió dirigiéndose á Mariño. 

Pero éste discutía sin duda con Elena el mismo 
punto, porque no le dió inmediata respuesta. 

— Yo opino... — intentó decir Cadorníu. 

— Tú no opinas nada -le interrumpió su seño- 
ra doña Virtudes — la moda es el reino de la mujer, 
y en él no debe sufrir ninguna traba ni tolerar 



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OSSORIO Y BERNARD 



juicios atrevidos, ni menos cargos impertinen- 
tes. 

— Pero si yo trataba de decir. . . 

— Nada tratabas de decir. Si á los señores hom- 
bres no les gustamos con nuestros sombreros ac- 
tuales, que no nos miren. 

— Observa... 

— Y en último caso, ¿para qué nos adornamos 
y ponemos de punta en blanco sino por ellos y para 
ellos? Merecerían que no usáramos como vestido 
más que un saco de jerga con una aberturita para 
sacar por ella la cabeza. 

— No te acalores, Virtudes... Precisamente iba 
yo á decir, á decir... 

— Alguna inconveniencia; te conozco. 

— Y el doctor, ¿qué opina de todo esto? — pre- 
gunté yo, arrojando una tabla para que no nau- 
fragase el prestigio del pobre Codorníu. 

— Yo — dijo don Tadeo — consideraré el asunto 
bajo dos aspectos: el higiénico y el social. 

Pero lo haré en poquísimas palabras. La higie- 
ne proscribiría de buen grado el uso del sombrero 
para hombres y mujeres y más respecto de éstas, 
que tienen en su abundante cabellera defensa con- 
tra el frío; pero ya que la moda de la antigüedad 
ha desaparecido, conviene por lo menos que el 
sombrero no esté muy ajustado para que no pro- 
duzca en la cabeza una traspiración peligrosa por 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



27 



el aire enrarecido que origina, como ocurre con 
los sombreros de copa que gastamos los hombres; 
que no sean muy pesados para evitar los padeci- 
mientos á que esto puede dar lugar, y que carez- 
can de todo perfume fuerte. Higienistas hay que 
recomiendan como único sombrero aceptable en 
todas las estaciones, el de paja; y de esto deduzco 
que si el sombrero de las señoras es muy alto, ofre- 
cerá iguales peligros que el de copa, ó mayores 
aún por no poder aquéllas quitárselos frecuente- 
mente, y que si lo recargan con pájaros, plumas 
y piedras sobre el peso de la armadura y de los te- 
jidos, llevar dicho sombrero constituye una espe- 
cie de gimnasia y un ejercicio de fuerza. Esto en 
cuanto á la higiene. Bajo el punto de vista esté- 
tico y social, me atrevo á colocarme resueltamen- 
te en contra de Elenita y de mi señora doña Vir- 
tudes, recogiendo como un título de gloria todas 
las diatribas que se han lanzado ó se puedan lan- 
zar contra el pobre estudiante madrileño y todos 
los que piensen como él. En cambio, puedo con- 
tar indudablemente con el apoyo de los hombres 
de buena voluntad, y de seguro no me dejarán mal 
los señores Codorníu y Mariño; aunque el primero 
que está llamado á emitir su opinión es don Ma- 
riano, que es quien nos ha traído la manzana de 
la discordia que estamos saboreando. 

Entonces, comprendiendo que tanto el esposo 



28 



OSSORIO Y BRRNARD 



de doña Virtudes como el apreciable joven que 
asiduamente frecuenta nuestra casa, iban á verse 
algo apurados, recogí la alusión. 

— Verdaderamente— dije al doctor — me pone 
usted en un compromiso, designándome como juez 
«n un pleito que sostienen mi hija Elena y mi hijo 
Luis; pero procuraré decir algo, sólo como amiga- 
ble componedor. En esta contienda de los sombre- 
ros de las señoras, hay que distinguir entre el uso 
y el abuso. No formo, pues, entre los que piden 
enérgicas medidas, incluso la de hacer que se des- 
cubran las señoras y otras que recientemente he 
tenido ocasión de leer en los periódicos de Madrid. 
Creo que las señoras, que desde hace un siglo jus- 
to vienen tolerando nuestro sombrero de copa, tie- 
nen derecho y muy sobrado á que respetemos el 
suyo; y más aún, creo que sin la campaña empren- 
dida contra él, ya habría rebajado su altura y dis- 
minuido su adorno. Allá en mi juventud se em- 
prendió análoga campaña contra los miriñaques, 
y las señoras mujeres, sin duda por llevarnos la 
contraria, prolongaron más de lo justo y natural 
aquella moda. Hoy son las primeras en reirse de 
ella, y mi hija que tantos años tiene por delante, 
fe reirá con el tiempo del sombrero que tanto la 
agrada hoy. En estos asuntos, la caricatura nace 
por sí sola, como lo demuestran los éxitos que al- 
canzaba el bueno é inolvidable gracioso del teatro 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



29 



Español Mariano Fernández, con sólo utilizar para 
los saínetes los sombreros que en otros tiempos ha- 
bían sido el prototipo de la elegancia. Pero mien- 
tras que los modelos actuales no desaparezcan, de- 
ben ser respetados y llevar nosotros con paciencia 
la leve contrariedad de no ver bien el juego escé- 
nico. Otros espectáculos hay, los de los circos por 
ejemplo, en que los hombres conservan puestos los 
sombreros, seguramente con natural disgusto de 
las damas, quienes sin embargo no nos dicen na- 
da, por lo que es no sólo dificultad para que dis- 
fruten del espectáculo, sino manifiesta transgre- 
sión de las leyes de la cortesía. Conste, pues, que 
pareciéndome muy poco estéticos los sombreros 
del día, no creo lícito repetir el grito de ¡fuera 
los sombreros! entre otras razones, porque sería 
contraproducente, dado el carácter de las señoras 
en general y de las señoras españolas en parti- 
cular. 

Tales son, querido hijo, los argumentos en pro 
y en contra qne anoche se expusieron en nuestra 
modesta tertulia por unos y por otros. No creo que 
saques de todo ello mucha substancia; pero al me- 
nos, y por medio de esta especie de acta, podrás 
haber asistido en cierto modo á la sesión. Te abra- 
za tu padre,— Mariano. 

P. S. — Hoy he visto al amigo Codorníu en la- 



30 



OSSDRIO Y BERNARD 



calle de Caballeros con una venda negra en la 
cara. ¿Seguiría discutiendo con su esposa al reti- 
rarse anoche de casa? 






RENES, COCHES 

Y TRANVIAS 

Madrid 26 de Enero de 1898. 

Querido padre: Aquí tiene usted 
al pobre de todos los días; pero 
le ruego que no extrañe la frecuencia de mis con- 
sultas, porque el tiempo que invierto en escribir á 
usted es el que mejor y más gratamente empleo. 

Hoy, recordando algo de lo que hemos tratado 
respecto de nuestro último viaje, de la posibilidad 
de tener que acompañar algún día en su coche á 
la generala ó á otra señora de su clase, y de la fre- 
cuente necesidad de usar de los tranvías, impres- 



32 0SS0R10 Y BSRNARD 

cindibles por las distancias de Madrid, voy á diri- 
gir á usted unas cuantas preguntas concretas. 

¿Qué reglas de cortesía hay que guardar en los 
viajes, dadas las condiciones en que hoy se reali- 
zan éstos? 

¿Cuáles son las que deben observarse cuando 
ocupamos un carruaje particular por invitación 
de su dueño? 

¿Cuáles son esenciales en los tranvías? 

Esta última pregunta, sobre todo, tiene miga, 
como suele decirse. He visto en ellos, por ejemplo, 
que hay pasajeros desconsiderados que, á pesar de 
todas las prohibiciones reglamentarias, se empe- 
ñan en fumar y sostienen una batalla con el co- 
brador cuando éste les advierte que está prohibi- 
do. He visto á otros que, cruzando una pierna so- 
bre otra, llenan de barro ó de polvo á los que se 
sientan á su lado, señoras ó caballeros; alguno hay 
que pone los pies sobre el asiento de enfrente. Pues 
¡y las dudas que suscita la entrada de una señora 
cuando están ocupados todos los asientos! ¿Hay 
que cederla el puesto incondicionalmente? ¿Existe 
código pragmática ó algo que autorice á las seño- 
ras á querer que se convierta la galantería en de- 
recho? Historia al canto: hoy mismo iba yo desde 
la glorieta de Bilbao al barrio de Salamanca en un 
coche ocupado por diez personas, cinco á cada 
lado. Subieron dos señoras á la plataforma, y vien- 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



33 



do ocupado, al parecer, el interior, aunque aún 
podian entrar otras seis personas, según reza el le- 
trero que llevan los coches, aguardaron un mo- 
mento á ver si algún galán se levantaba, y al ad- 
vertir que no se daban á partido, dijo una de ellas, 
bastante alto para ser oída: 

— ¡Se conoce que los libros de educación cues- 
tan muy caros! 

¿Era justo y prudente semejante cargo? 

También he observado que algunos enamora- 
dos se olvidan fácilmente de que no van solos en 
el carruaje, y se entregan á confidencias y otras 
libertades que no dejan en el mejor lugar á los 
compañeros de expedición. Por último, es muy 
frecuente que algunas personas crean del mejor 
tono hablar en alta voz de sus asuntos, de su his- 
toria pasada, preocupaciones presentes y aspira- 
ciones para el porvenir. 

Ahí tiene usted, querido padre, tema bastante 
para llenar unas cuantas cuartillas, que serán para 
mí gratísimas, y obedecidas sus enseñanzas. No 
me las haga usted desear mucho tiempo, áun á 
riesgo de que se repita el caso aquel del muchacho 
que no quería decir la A del alfabeto como le man- 
daba su profesor, ante el temor de que inmediata- 
mente le obligasen á decir la B. 

Le abraza su hijo, — Luis. 



3 



Valencia 29 de Enero de 1898. 



Querido hijo: La lectura de tus cartas me pro- 
duce siempre verdadero contento, pues al darme 
motivo para la contestación que reclaman, me ha- 
cen creer que estoy á tu lado contribuyendo con 
mis pobres enseñanzas, hijas tan solo de la expe- 
riencia, á guiar los comienzos de tu vida. 

Y eso que algunas de tus consultas no dejan de 
preocuparme bastante, porque ni mis años ni mi 
voluntario retraimiento de la vida social, me dan 
gran aptitud para desempeñar el papel de conse- 
jero, sujeto siempre á muchas quiebras, como se- 
ría la de que, con el mejor deseo, te indujese á 
cometer errores. 

Si tú me preguntas, por ejemplo, cuál es el tra- 
je que recomienda la elegancia para el paseo en 
verano, y equivocando yo tiempos y lugares te 
digo que pantalón mahón con trabillas, chaleco 
de piqué rameado, frac azul con botones dorados 
y sombrero blanco de pelo largo, tú serás el pri- 
mero en tildarme de anticuado. Pues esto mismo 
puede ocurrir con tus consultas de otra índole. 
Pero como deseo complacerte, áun á riesgo de caer 
en el escollo que he señalado, paso á dar puntual 
contestación á cuanto deseas saber, aunque sobre 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



35 



algunos de los extremos preguntados seré muy 
breve. 

De la cortesía en los viajes, algo apunté ya en 
una de mis anteriores cartas sobre este interesante 
asunto. Allá en mis tiempos, desterradas las gale- 
ras aceleradas y en todo su apogeo las diligencias, 
los billetes de berlina, interior, imperial y rotonda 
se compraban con muchos días de anticipación al 
del viaje, y aun cuando esto nos diera derecho á un 
asiento de rincón, la cortesía nos obligaba á ofre- 
cer el cambio á las señoras si éstas iban peor colo- 
cadas que nosotros. En posadas, paradores y fon- 
das, la misma galantería nos dictaba el deber de 
velar por la comodidad de las señoras que viaja- 
ban en nuestra compañía, y se consideraba como 
lo más natural y correcto que les ofreciéramos 
mano ó brazo para subir ó bajar estribos ó escale- 
ras. El ferrocarril nos permite ahora hacer los via- 
jes de un tirón, comiendo en el restaurant de los 
trenes de lujo, llevando una cesta con preparati- 
vos culinarios ó bajándonos en aquellas estaciones 
donie se hace una regular parada. En los coches 
entran y salen viajeros en casi todos los puntos del 
tránsito, y esta frecuentísima renovación de per- 
sonas hace que sean más rápidas y de menor arrai- 
go nuestras relaciones con los compañeros de via- 
je. Esto no quita nada á las exigencias eternas de 
consideración y cortesía que lleva consigo el trato 



social y que nos obligan, por ejemplo, á no fumar 
delante de señoras sin su permiso, á no ocupar ex- 
cesivo terreno si esto redunda en molestia de aqué- 
llas, y á reportarnos en nuestra conducta y len- 
guaje. Y lo que te digo de las señoras, debes en- 
tenderlo también como extensivo á cualquier per- 
sona de respeto, especialmente los sacerdotes, los 
ancianos ó los impedidos. De todas maneras, el 
hombre de buenos sentimientos y esmerada edu- 
cación no necesita jamás de reglas fijas para amol- 
dar su conducta á lo bueno y lo justo: las circuns- 
tancias se las imponen dictándole las más conve- 
nientes. 

Segundo punto de tu consulta: el referente á la 
cortesía cuando alguna señora te invite á ir en su 
carruaje. En esto, me parece que de haber medi- 
tado la pregunta no la habrías hecho, pues seme- 
jante invitación determina desde luego un grado 
de confianza extraordinaria, mediante el cual te 
bastará cumplir los más elementales deberes de 
urbanidad respecto al puesto que debes ocupar 
en el carruaje. Después, y en semejantes oca- 
siones, la persona á quien acompañes será la en- 
cargada de señalarte la conducta que debas ob- 
servar. 

Pasemos, pues, al tercer punto, al punto más 
difícil y enredoso, al del tranvía. Símbolo éste de 
la sociedad presente, establece la igualdad de cía- 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



31 



■ses y la confusión de los dos sexos por breves mo- 
mentos. En el tranvía se reúnen y codean el noble 
y el menestral, el pobre y el rico, el anciano y el 
joven, creando un derecho igual que arranca de 
una base bien humilde y prosaica: la posesión de 
una moneda de diez céntimos. Bastan estas consi- 
deraciones para comprender que exige no pocas 
atenciones y miramientos el usufructo, llamémos- 
le así, de estos carruajes, á fin de que nuestro de- 
Techo no pueda ser nunca entorpecimiento ó ré- 
mora del de los demás. 

Me citas varios casos en tu carta; pero como me 
los citas sin método no te seguiré al pié de la le- 
tra, prefiriendo establecer tres grandes grupos: los 
•casos de mala educación; los de necedad manifies- 
ta y la conducta que se debe observar con las se- 
ñoras. Claro es que en el primero incluyo desde 
luego á los que empolvan ó manchan á sus compa- 
ñeros, ensucian el asiento de enfrente ú ocupan 
terreno que no les pertenece. 

En el segundo grupo, ó sea el de la necedad 
manifiesta, habrá que incluir á los enamorados 
que me citas y á los que á voz en grito refieren su 
vida y asuntos, siendo motivo de solaz para los 
demás oyentes. 

El medio de corregir á los transgresores de la 
buena crianza ó sea á los del primer grupo, lo tie- 
nen como un deber los dependientes de los tranvías 



38 



0SS0R10 Y BKRNARD 



y los agentes de la autoridad gubernativa. Para, 
castigar á los s°gundos ó sea á los enamorados y 
á los tontos, nada se me ocurre; tanto porque sus 
defectos son incorregibles, como porque el carác- 
ter de ellos es inofensivo. 

Queda por examinar la cuestión de las señoras, 
cuestión delicadísima como todas las que se refie- 
ren á esa hermosa mitad del género humano, que 
desde el Paraíso terrenal hasta nuestros días viene 
siendo la piedra... preciosa, que nos hace tropezar 
y caer. En otros países más adelantados, donde la 
mujer tiene pretensiones y costumbres más varo- 
niles que entre nosotros, la cuestión se resuelve 
por sí sola: primero, porque en los coches no se ad- 
mite nunca mayor número de personas que el que 
reglamentariamente corresponde; y segundo, por- 
que el pago de los céntimos establece igualdad 
absoluta entre mujeres y hombres. Aquí, enemigos 
irreconciliables de toda reglamentación, y más 
galantes, por punto general, la cortesía parece 
recomendarnos la cesión del asiento... cuando las 
señoras no pretendan imponernos este acto de ga- 
lantería con destempladas y agresivas formas. 
Claro es que si en cada lado del coche hay espacio 
para ocho personas y no van en él más que cinco, 
lo primero es que el número se complete, cosa que 
incumbe al cobrador. Si después suben al carrua- 
je otras señoras, principalmente si son ancianas, 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



39 



€stán enfermas, ó próximas á la maternidad, debe- 
mos levantarnos, siempre que nuestra edad ó acha- 
ques no constituyan para nosotros igual privile- 
gio. Este pequeño sacrificio queda sobradamente 
remunerado con un saludo ó unas breves sílabas 
de gratitud de la señora agraciada; algo que sig- 
nifique la aceptación de un derecho, respetable 
como todos, pero cedido con gusto por nosotros. 

Esto opino, y estas son las reglas que te acon- 
seja observes tu cariñoso padre, — Mariano. 




el teatro; era sábado, no tenía que madrugar 
hoy> y además existía en la opinión, y especial- 
mente en el círculo de mis amigos, verdadero afán 
de presenciar el estreno. Habíase anunciado que 
El anillo prodigioso excitaría profundamente el 
interés; que era una sátira política hecha con 
«nuevos moldes», y que su autor, en cuya historia 
existen á la vez que los mayores triunfos, las más 
ruidosas derrotas, había logrado realizar un em- 



42 



OSSORIO Y BKRNARD 



peño tan atrevido como plausible. Y cuente usted 
con que asistir á la función de anoche no era fácil 
empresa: desde hace ocho días en que se anunció y 
se suspendió la obra por falta de ensayos, las loca- 
lidades todas del teatro estaban vendidas á los re_ 
vendedores. ¿Verdad, querido padre, que esto es 
un escándalo y que merecen muy severa censura 
las empresas que lo hacen y las autoridades que lo 
consienten? 

Pero, en fin, mediante cuatro pesetas que pa- 
gué por una localidad que cuesta 75 céntimos en 
el despacho, conseguí ser de los que vieron satis- 
fecho el deseo de presenciar la representación. El 
estreno estaba anunciado para las nueve y media, 
pero lo menos hasta las diez y cuarto no tomó 
asiento en su sillón el director de orquesta. 

— ¡Qué escándalo! — decían unos. — ¡Esto es ju- 
gar con el público! 

— Hay la ventaja — contestaban otros — de que 
cuando salgamos del teatro empezará el servicio 
de los tranvías de la mañana. 

— ¡Salir! — exclamaba melancólicamente un se- 
ñor obeso. — Ahora mismo saldría yo, si eso fuera 
posible. 

—Pues, sin exageración — añadía otro— tenien- 
do la obra cinco cuadros, lo menos dura hasta las 
dos y media 

Como puede usted comprender por los diálogos 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



43 



que anteceden, el público que había acudido á 
divertirse, no se divertía mucho antes de comenzar 
la representación, por lo desusado de la hora, entre 
otras cosas, y esto me hizo pensar desde luego en 
dirigir á usted otra consulta: 

¿No sería del caso que se reglamentasen lo» 
espectáculos teatrales ó que se hicieran cumplir 
los reglamentos en el caso de que existan, para 
impedir que terminen de madrugada? 

Dije á usted antes que el director de orquesta 
había ocupado su sillón; pero no fui bastante exac- 
to en lo dicho. Lo ocurrido fué que trató de sen- 
tarse; pero siendo muy grueso de cuerpo y el sillón- 
poco sólido, crugió éste con signos de muerte, y 
el famoso músico cayó con inmensa pesadumbre 
sobre los primeros violines y el contrabajo. El pú- 
blico, que como colectividad es siempre poco ca- 
ritativo, acogió el fracaso con risas y chacota, y 
hasta de las alturas del paraíso bajó este grito, al 
que acompañaron generales aplausos: 

— ¡Que se repita! 

Desgraciadamente no era esto posible, porque 
el pobre maestro debió haberse lastimado, toda 
vez que se retiró trabajosamente y no volvió á su 
puesto. 

Nueva interrupción y nuevas quejas. Por fin, 
otro director y otro sillón suplieron á los lastima- 
dos, y se escucharon los primeros acordes de la 



orquesta. La alborotada muchedumbre trató de 
guardar silencio. Alzóse lentamente el telón, y se 
vió que la decoración representaba la estación de 
una vía férrea, á la cual llegaban varios viajeros 
jadeantes y conduciendo maletas y bultos. Un em- 
pleado de la línea les salía al encuentro, diciendo: 

— No hay que apresurarse, señores viajeros; el 
tren trae dos horas de retraso. 

— ¡Dos horas más! — rugió una voz desde el pa- 
raíso. 

—Pues nos vamos á aburrir aquí— decía la da- 
ma joven. 
—¡Y aquí! 

— ¡Y aquí! — repitieron en diferentes puntos de 
la sala. 

— En ese caso — objetó otro personaje — renun- 
cio al viaje. 

— Y que nos devuelvan el dinero de los billetes 
— añadió otro. 

—¡Sí! 

—¡Sí! 

— ¡Que noslo devuelvan! — cacareaba el público. 

Aquello iba poniéndose imponente. Por fortuna 
para la obra, el público sensato obligó á guardar 
silencio á los que alborotaban, y pudo continuar 
la representación. Un número musical gustó mu- 
cho, se aplaudió con justicia, y el público pidió 
que el autor se presentase en escena. 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



45 



Entonces uno de los actores, queriendo aprove- 
char la circunstancia para echárselas de gracioso r 
se adelantó al proscenio y dijo: 

— El maestro X... no puede salir, porque ha. 
habido que llevarle á la Casa de Socorro. 

•—Pues que lleven á la cárcel al empresario, 
para que tenga sillones más sólidos— exclamaron 
desde un palco. 

Nuevos y frenéticos aplausos; nuevo tumulto y 
nuevos gritos de todas clases. Los actores conti- 
nuaron la representación en medio de un ruido 
indescriptible, que duró diez minutos, y cuando 
se retiraron por haber terminado la escena, todo 
el mundo preguntaba á voces: 
— Pero, ¿qué han dicho? 
— ¡Cosas de ellos! 
— Pues no me he enterado. 
— ¡Que lo repitan! 
— ¡Que vuelva á empezar la obra! 
—¡No! 
—¡Sí! 

Entre semejantes aclamaciones, se alzó el pri- 
mer telón dando lugar á otro muy bien pintad<v 
que representaba á Madrid visto desde el puente de 
Toledo, con el fielato de consumos. Acto continuo 
entraron en escena varios guardias, y cantaron en 
coro la siguiente estrofa: 



46 



OSSORIO Y BERNARD 



«Doblad la vigilancia, 
tened mucho cuidado, 
que según confidencias 
aqui va d pasar algo.» 

¡Ya lo creo que pasó, querido padre! Una ho- 
rrorosa tormenta de aplausos, silbidos y taconeo... 
¡taconeo sobre todo! Parecía que los espectadores 
querían combatir el frío de las extremidades infe- 
riores golpeando el suelo. 

Y sin embargo, siguió la función, de cuyo ar- 
gumento nada me es posible decir á usted; la ver- 
dadera comedia, el verdadero drama, mejor dicho, 
-se representó en la sala; pues hubo numerosas dis- 
putas, Ja autoridad se vió obligada á intervenir, y 
algunos espectadores fueron á parar á la preven- 
ción. En una palabra, que nadie se enteró de lo 
que era El anillo prodigioso, y que cuando el pú- 
blico se retiró del teatro á las dos de la madruga- 
da, muchas butacas ofrecían elocuentes pruebas 
del temporal sufrido. 

— Pero no hemos visto el prodigio— decía un 
espectador. 

— ¿Le parece á usted que no es prodigio — con- 
testó otro — poder salir del teatro sanos y salvos? 

Ahora bien: ¿Es lícito que el público muestre 
su desaprobación á una obra de la -manera que 
anoche lo hizo, mediante procedimientos que tan- 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



47 



to pugnan con la cultura? Si el autor se equivocó, 
€ósa que no pudo apreciarse porque la obra no fué 
•escuchada, ¿debió sometérsele á los rigores de un 
jpateo general, como se dice en la gerga teatral? 

Me he entretenido más de lo que m* había pro- 
puesto, hablando á usted del estreno de anoche; 
tanto por darle cuenta exacta de lo ocurrido, como 
por mi deseo de que algunas de las dudas apunta- 
das me sirvan de ocasión para recibir de usted 
nuevas enseñanzas. 

Le abraza su hijo — Luis. 

Valencia 3 de Febrero de 1898. 

Querido hijo: La lectura de tu carta me ha pro- 
ducido un buen rato; y no seguramente porque 
me complazca el mal del prójimo, que prójimos 
nuestros son hasta muchos de los autores dramáti- 
cos que hoy se estilan, sino perqué tu gráfica y de- 
tallada pintura me ha hecho recordar otros suce- 
sos análogos de mi juventud pasada en Madrid, 
tales como los estrenos de El Corbonán, en Nove- 
dades; El lago de las serpientes, en la Zarzuela; 
Un cuadro, un melonar y dos bodas, en Varieda- 
des, y algunas otras que no recuerdo. Por más se- 
ñas que nuestro contertulio don Tadeo, después 
«de oir la lectura de tu carta, exclamó en honor 



48 



OSSORIO Y BERNARD 



tuyo: «Ese muchacho tiene verdaderas aptitudes 
literarias. Milagrito será que el día menos pensa- 
do no nos salga escribiendo artículos ó versos, co- 
medias ó novelas.». 

Yo le dije, como así lo creo, que no había mo- 
tivo para semejantes temores, y que estabas muy 
ocupado con tu Derecho canónico y tu Derecho in- 
ternacional para pensar en otras cosas. 

Y ahora paso á decir algunas palabras, pocas, 
por estar muy ocupado, respecto de tres particu- 
lares de ta epístola: primero, el de los revendedo- 
res; segundo, el de la hora en que termina el es- 
pectáculo en algunos teatros; tercero, el juicio crí- 
tico del público acerca de la obra que se repre- 
senta. 

En cuanto al primero, me ha parecido adver- 
tir que haces responsables á las autoridades de los 
abusos cometidos en la reventa; y aunque te ex- 
trañe, dadas mis ideas notoriamente conservado- 
ras, no he de ocultarte que mi opinión es comple- 
tamente opuesta á la tuya. Suprimidos en nues- 
tras leyes y costumbres los monopolios y la tasa, 
y establecida la libertad comercial, no veo motivo 
para hacer de peor condición al revendedor de bi- 
lletes que al almacenista de géneros ó á cualquier 
otro industrial. Nadie te obliga á que acudas á él, 
nadie pone límites al precio de tu capricho. Si 
quieres á todo trance acudir á ver El anillo prodi- 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



49 



gioso y otro individuo ha madrugado más que tú 
para tener igual derecho, paga dieciséis reales en 
vez de tres y aún resultas bien servido, pues indu- 
dablemente otros más ricos ó más caprichosos no 
vacilarían en dar veinte ó treinta. Puede exigirse 
que semejantes industrias no obstruyan la vía pú- 
blica, que los revendedores no se sitúen al lado del 
despacho de billetes; pero nada más. Comprende 
que sería una enorme contradicción que la autori- 
dad, después de cobrarles contribución por el ejer- 
cicio de su industria, les prohibiera ejercerla. Si el 
público explotado se cansa de serlo, en sus manos 
tiene el remedio no acudiendo á comprar localida- 
des á los revendedores. Puede aceptarse que en de- 
terminadas circunstancias y tratándose de produc- 
tos de imprescindible y primera necesidad, inter- 
vengan las autoridades para evitar un conflicto de 
orden público. Los acaparadores de pan en tiem- 
pos de hambre sufrirían los rigores de las leyes ex- 
cepcionales; pero ¿qué interés social ó de gobier- 
no existe para defender trece reales tuyos, cuando 
tú sólo tratas de satisfacer el pueril capricho de 
asistir al estreno de El anillo prodigioso^ 

Segundo punto, ó sea la hora en que terminan 
los espectáculos. Me parece desde luego una ver- 
dadera atrocidad, pero cuya culpa no es tampoco 
de la autoridad, sino del público, que á fuerza de 
repeticiones obliga á que las obras duren doble de 

4 



50 



OSSORIO Y BERNARD 



lo que deberían durar. En una zarzuela moderna, 
los dos couplets de uno de los actores llegaron á 
cantarse hasta veinte veces. Los concurrentes al 
espectáculo habían quedado muy satisfechos; pero 
en perjuicio de los que fe proponían asistir á la 
función siguiente. 

En una palabra, creo que las empresas estarían 
en su derecho anunciando que dan una función á 
las dos de la madrugada, por ejemplo, siempre que 
así lo expresasen los carteles y hubiera público 
que acudiese; pero no lo están, diciendo que una 
obra empezará á las nueve y media, cuando en 
realidad no sucede esto hasta una hora ú hora y 
media más tarde, pues hay muchos que han ad- 
quirido billetes y con ellos un derecho indiscutible 
á que se les dé lo anunciado á la hora precisa. Si 
la autoridad fuera inexorable para obligar á las 
empresas al cumplimiento estricto del compromi- 
so contraído en el cartel, la claque, ó sea los lla- 
mados alabarderos, templarían sus ardores y du- 
raría la representación de las obras lo que debe 
durar. 

El último punto es todavía más claro. El pú- 
blico puede demostrar su satisfacción ó su disgus- 
to por el mérito de una obra; lo que no puede, ó 
por lo menos no debe hacer, es juzgarla sin oiría, 
y menos aúu entregarse á manifestaciones que 
acusan una verdadera falta de educación y de 



LA. VIDA EN SOCIEDAD 



51 



-cortesía, no ya sólo para con los autores ó intér- 
pretes de una obra, sino para con el resto del pú- 
blico; porque si es malo sacar necedades de la ca- 
beza, peor todavía me parece castigarlas con los 
piés. Y en último resultado, el sistema de la pa- 
teadura llevado por los reventadores al teatro es, 
sobre vicioso, contraproducente: el silencio habría 
bastado para echar al foso El anillo prodigioso de 
que me hablas si efectivamente es malo; pero la pa- 
teadura injustificada, hará pensar y decir á su autor 
que envidias y malquerencias, cuando no cábalas 
-de otras empresas secundadas por espectadores 
asalariados, motivaron el naufragio. ¿Necesitas 
una prueba? 

En mi juventud escribí yo un juguete que se 
representó entre la glacial indiferencia y los bos- 
tezos del público: y aquel castigo bastó para cu- 
rarme de mis torcidas aficiones literarias. Si en 
Tez de semejante fracaso hubiera sufrido uno, pa- 
teadura, es más que probable que á estas horas si- 
guiera yo aburriendo al público de los teatros, y 
faciendo gemir las prensas con los disparates de 
mi pluma. 

Muchos abrazos de tu padre — Mariano. 



LA TERTULIA DE LA GENERALA 



Madrid 10 de Febrero de 1898. 

Querido padre: Ya recordará usted que tenía el 
compromiso de ir á ver á la generala en una de 
las tardes en que «se queda en casa» y ayer lo 
cumplí para no incurrir en la censura de usted que 
me supone poco aficionado al trato social. 

Cuando entré en su casa, á la caída de la 
tarde, el salón estaba completamente lleno de, per- 
sonas distinguidas y profusamente iluminado (por 



54 



OSSORIO Y BERNARD 



anochecer ahora muy temprano), lo mismo que el 
gabinete inmediato, donde habia dos mesas de tre- 
sillo. En éste reinaba el General, como su esposa, 
en la sala, y uno y otro me recibieron con marca- 
das muestras de benevolencia. Corresponde a mi 
lealtad declararlo así. 

— ¿Y su papá de usted — me preguntó el Gene- 
ral — sigue aficionado al billar? Cuando yo estuve 
en Burgos, jugábamos todas las tardes y siempre 
acabábamos disputando. 

— Pues, no comprendo... — me atreví á decir. 

— Hombre, sí. Figúrese usted que yo tengo una 
fuerza de taco atroz, y que, á pesar de eso, hacía 
muy pocas carambolas, y el bueno de su padre pa- 
recía que no tocaba á su bola y me hacía series de 
quince y de veinte. ¡Era cosa de no poderle sufrir! 

Yo me sonreí benévolamente, no creyéndome 
autorizado para otra cosa, y me alejé de los tre- 
sillistas para no presenciar los codillos que, según 
fama, dan todos los días al General. 

Su esposa, entretanto, era objeto de una ver- 
dadera corte en el salón, lo cual en un principió- 
me hizo formar un concepto del que no salía muy 
bien parado el General. Pero á poco, y mediante 
datos sueltos que fui recogiendo, pude convencer- 
me de que su amigo de usted podía estar tranqui- 
lo, ó poco menos, en su dicha conyugal. Los hom- 
bres que rodeaban á la Generala no eran adora- 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



55 



dores de su hermosura, algo pasada, aunque sí 
coi tésanos de su influencia, y entre los asuntos 
que pude sorprender había pendiente una elec- 
ción de diputado, un traslado de gobernador 
(echando tierra para ello á errores cometidos por 
el mismo), nombramientos para dos ó tres cargos 
menudos, buscando al efecto los medios de burlar 
no sé qué ley que favorece á los militares, protec- 
ción á un artista para obtener una pensión de gra- 
cia y ¡asómbrese usted! trabajos de zapa para que 
sea elegido miembro de una academia cierto indi- 
viduo cuyo nombre no citan nunca sin bromas, 
acaso inconvenientes, los periódicos festivos. En- 
tonces me expliqué satisfactoriamente que sólo 
una tarde en la semana se quedase en casa la Ge- 
nerala. ¡Como que el resto de su tiempo había de 
ser escaso para hacer visitas y seguir gestiones! 
Verdad es que no todos los concurrentes debían 
tener limitado el honor de las visitas á aquella 
casa, pues cuatro ó cinco veces, y al hablarse de 
tal ó cual asunto, la Generala había dicho á un 
individuo que se sentaba no lejos de ella: 

— «Cisneros, recuérdemelo usted esta noche.» 
O «Cisneros, hábleme usted de eso mañana.» 

Más tarde, hablando con un condiscípulo que 
se hallaba en la reunión, le pregunté: 

— ¿Quién es ese Cisneros? 

—Hombre, creo que hace años era ayudan- 



te del General, pero ahora lo es de la Generala. 

La frase |me resultaba un poco ambigua, pe- 
ro por lo mismo no quise profundizar su sen- 
tido. 

En un ángulo del salón charlaban cinco ó seis 
muchachas, de muy agradable aspecto, de asun- 
tos sin duda graves, á juzgar por la animación 
con que lo hacían. Como no se recataban mucho, 
áua sin acercarme, pude escuchar: 

— Pues no me negarás, Emilia, que Concha 
viste á la moda. 

— Siguiendo figurines de hace diez años. 

— Que siempre ha tenido ingenio... 

— El de azúcar, que le han quemado reciente- 
mente los insurrectos de Cuba. 

— Y que es muchacha de mucho partido: mira 
ahora mismo qué amartelado está con ella el te- 
niente Peláez. 

— ¡Qué inocentes sois! ¡Como le he dado yo ca- 
labazas, quiere causarme celos con ella! 

Instintivamente miré á otro de los ángulos de 
la sala, en que se veía á tres jóvenes hablando con 
un Teniente de Artillería. La que estaba en el 
uso de la palabra debía ser Concha, pues al pasar 
cerca del grupo oí que decía: 

— ¡Pobre Emilia! Ella es buena en el fondo, 

pero no se resigna con su desgracia. 

— ¿Qué desgracia?— preguntó el teniente. 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



— La de haber llegado un poco tarde cuando 
se hacía el reparto de la hermosura. 

—No tanto, Concha, no tanto — interrumpió 
una de las amigas; — precisamente Emilia ha teni- 
do y no sé si tiene aún bastantes adoradores. 

— Es que también hay muchos hombres que 
llegaron tarde cuando se repartían ojos. 

— ¿Es usted miope Peláez? — preguntó ino- 
centemente otra de las niñas. 

— He padecido algo de la vista, pero ya estoy 
curado. 

— Me alegro: que debe ser muy triste eso de es- 
tar siempre viendo visiones — añadió con plácida 
sonrisa Concha. 

Decididamente las niñas amigas de la Generala 
no se distinguen por su amor al prójimo, y es lás- 
tima, porque lealmente debo declarar que ningu- 
na es fea. 

Como en ninguno de ambos grupos tenía yo 
fácil acceso, me acerqué á otro de muchachos jó- 
venes, en el que figuraban mi condiscípulo y otros 
de los que sólo suelen verse por la Universidad en 
los primeros días de Junio. Allí la conversación 
versaba sobre otros asuntos de altísima importan- 
cia. 

— El smoking, el smoking... — decía uno de 
ellos. — Eso no va ya á ninguna parte, y debió in- 
ventarlo alguien que no debía tener tela bastante 



58 



0SS0R10 Y BERVARD 



para dejar crecer los faldones ó cruzarse las sola- 
pas. 

—También murmuran de él los que no lo gas- 
tan. 

— Pero gasto frac rojo, prenda que á ninguno 
de vosotros he visto. 

— Sí, y cuello de pajarita en la camisa — dijo 
riéndose otro. 

— Y pantalón sin doblez planchado— agregó 
un tercero. 

— Tenemos que educarte 

— Y presentarte á un buen sastre 

— Pero... ¿y qué sería entonces de los pobres 
comerciantes de la calle de la Cruz? — dijo otro. 

—¿Qué opinas tú? — me preguntó á boca de ja- 
rro mi condiscípulo. 

Aquella pregunta suponía para mí más que 
un examen de fin de curso, y conseguí evadir toda 
respuesta concreta dando la razón á todos, lo que 
era una empresa titánica. 

Por fortuna, la dueña de la casa impuso silen- 
cio, porque Emilia iba á cantar y se dirigía al pia- 
no, mientras Conchita decía á sus amigas: 

— Afortunadamente he traído algodones para 
los oídos ¿Queréis unos taponcitos? 



Confieso á usted, querido papá, que me encon- 
traba molesto en aquella reunión, por lo cual. 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



59 



despidiéndome en aparte, según impone la cos- 
tumbre de la Generala y el General, que me en- 
cargó dijera á usted «que le daba diez carambo- 
las para ciento», salí á la calle, sin grandes pro- 
pósitos de asistir mucho á aquellas recepciones 
vespertinas, en las que, cuando no se persiguen 
fines materiales de problemática bondad, hay que 
resignarse á escuchar la mutua murmuración dé- 
las muchachas, ó lo que es aún peor, el repertoria 
pobre y de mal gusto de los que se llaman á sí 
propios los hombres del porvenir. Triste sería el 
de la patria si enfrente de aquella juventud na 
pudiera recordarse á la que sigue carreras litera- 
rias, estudiando en bibliotecas públicas ó libros- 
prestados, gana en modestos empleos tiempo y di- 
nero para sus matrículas, ó asiste á las clases vis- 
tiendo el honroso uniforme de la milicia por na 
haberse podido redimir de prestar aquel servicio. — 
Luis. 

Valencia 14 de Febrero de 1898. 

Querido Luis: Me alegro de que hayas hecho la 
visita á la generala, aunque en ella no te hayas 
divertido mucho. A mí, en cambio, tu relato me 
ha hecho renovar pasadas memorias, pues la ge- 
nerala que hoy conoces en Madrid, recibiendo cor- 
te, repartiendo gracias y trabajando la concesión 



60 OSSORIO Y BERNARD 

de mercedes, es la misma que yo conocí en Bur- 
gos, cuando su esposo era Gobernador militar de 
aquella plaza. En dicha época, y á no haber sido 
por mi terminante negativa, de seguro habría ob- 
tenido un título del Reino y una gran Cruz, distin- 
ciones que no siendo bien ganadas, no deben ser 
admitidas, y resultan ridiculas. De su influencia 
no dudes un momento. Yo no sé, si gracias á ella, 
habrán cantado misa algunos presbíteros ó se sen- 
tará en el coro más de un canónigo; pero tengo la 
seguridad de que por ella ha habido lluvia de es- 
trellas en no pocos uniformes militares. Lo de las 
partidas de carambolas del General es perfecta- 
mente exacto: por señas que al citarme á Cisneros, 
me haces pensar en que también éste, ayudante 
que era del General en Burgos, jugaba algunas 
veces con nosotros, dándose la extraña circuns- 
tancia de que cuando Cisneros jugaba conmigo 
solía ganarme, y cuando jugaba con el General 
perdía siempre, quedándose en una inferioridad 
risible. ¡Quién sabe, no obstante, si esto le habrá 
servido para ascender en unos diez años desde te- 
niente á teniente coronel! 

De los coros de ángeles de la tertulia, nada de 
-cuanto refieres me choca. Esa guerra femenina ha 
existido, existe y existirá siempre. Lo que ya me 
parece modernista y absurdo á más no poder es 
esa juventud masculina que me retratas discutien- 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



61 



do la forma y clase de pantalones y hechura de ca- 
misas. Me complazco en creer, como tú, que Ios- 
tipos en cuestión serán excepcionales, y que no 
faltarán ahora, como en mis tiempos, otros que, 
llevados de más nobles ambiciones, organicen so- 
ciedades científicas, den conferencias literarias ó 
funden periódicos semanales, empeñando el reloj 
para pagar el papel del comerciante ó la tirada 
del impresor. ¡Locuras y genialidades juveniles 
más dignas de quienes, andando el tiempo, han de 
hacer con seriedad cosas análogas! 

Muchos abrazos de todos, y especialmente de 
Tu padre. 



cortesía conyugal 

Madrid 25 de Febrero de 1898. 

Queridísimo padre: Si en una de mis últimas 
cartas pude, bien á pesar mío, motivar el enojo de 
mi hermana Elena, tengo la seguridad de que con 
la que ahora dirijo á usted, obtendré desde luego 
la aprobación de aquéra, por ser toda en defensa 
de los prestigios y fueres de la mujer. Y esto le de- 
mostrará que carezco de todo prejuicio en mis 



64 



0SS0R10 Y BERNARD 



consaltas, y que si en ocasiones pueden mis ob- 
servaciones parecer inspiradas en sentimientos que 
* no agraden al bello sexo, aprovecho muy gustoso 
cualquiera coyuntura para mostrarme campeón 
decidido de la más bella mitad del género huma- 
no. ¡Me parece que esto es ser galante! 

Soltero y poco dado por mi vida y circunstan- 
cias á estudiar á fondo los problemas matrimo- 
niales, mi trato con varios jóvenes casados y mi 
asistencia á espectáculos y otros sitios públicos, 
me han permitido observar algunos detalles que 
suponen marcadísima falta de cortesía en muchos 
maridos respecto de sus consortes. Al menos lo 
creo así, y modestamente someto mis observacio- 
nes á usted, en la seguridad completa de que su 
buen juicio ilustrará mi inexperiencia en este 
asunto. 

Va, por ejemplo, al café á que ordinariamente 
concurro un matrimonio que ocupa una de las 
mesas desde las nueve de la noche hasta las once. 
Durante este tiempo, el marido y la mujer no cam- 
bian una sola palabra entre sí: él lee varios perió- 
dicos, bosteza y á veces se duerme; ella, sin que 
por asomo piense yo mal, suele cambiar cortas 
frases con algunos de los parroquianos que se sien- 
tan cerca. No creo, como dejo insinuado, que la 
esposa observe una conducta equívoca; pero el 
sueño de su marido puede autorizar ajenos atreví- 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



65 



mientos, y todos los parroquianos se dicen: «Si en 
un paraje público hace el esposo gala de semejan- 
te indiferencia, ¿no es de suponer que en su hogar 
ocurra lo mismo? 

Por las noches veo al retirarme en el tranvía á 
otro matrimonio, más jóven que el del café, que 
debe vivir cerca de mi casa. Aun cuando al subir 
esté el coche desocupado, marido y mujer se sien- 
tan el uno enfrente del otro; él se emboza hasta los 
ojos y permanece indiferente y extraño á las mira- 
das y observaciones de que ella pueda ser objeto. 

De los varios amigos casados que asisten con- 
migo á cafés y teatros, uno se retira siempre des- 
pués de las dos de la madrugada. 

— Me voy — suele decir — para que pueda acos- 
tarse aquélla. 

— Pero ¿consientes que te aguarde? — exclama 
otro. — ¡Qué crueldad! 

—Pues tú ¿qué haces? 

— Como yo no tengo criados, deja mi mujer la 
llave debajo de la puerta del cuarto, de modo que 
esté á mi alcance, y entro como Pedro por su casa 
sin que se despierte mi costilla. 

— Eso es más peligroso ¿No temes que se 

equivoque de cuarto algún vecino que tenga la 
misma costumbre que tú? 

—No es probable, y en todo caso pronto se 
desharía el error. 

5 



66 



OSSORIO Y BERNARD 



— ¿Y si entrasen ladrones? 

— ¡Para lo que pueden robarme! 

En todo esto descubro una prueba de verdade- 
ra descortesía hacia la mujer propia, aún descon- 
tando los riesgos apuntados y otros muchos que 
usted sin duda advertirá. 

Por las calles, el espectáculo que dan algunos 
maridos no es menos edificante, ya dejando que 
sus respectivas señoras vayan por el lado de las 
piedras á riesgo de tener que ceder la acera á los 
transeúntes, ya mirando atrevidamente ó dirigien- 
do requiebros á otras mujeres. 

Y llego con esto á otra costumbre, que sancio- 
nada por el uso y admitida por muchísima gente, 
paréceme de un ridículo espantoso. Me refiero á 
que !os maridos vayan apoyados en el brazo de 
sus mujeres, y no éstas en el de aquéllos; dándose 
el caso de que hombres atléticos y barbudos pa- 
rezcan buscar apoyo en sus débiles y delicadas 
compañeras. 

Hasta ahora creía yo que ir de bracero supo- 
nía y representaba algo, y que este algo no podía 
ser otra cosa que la protección y el amparo del 
fuerte al débil. Por 3o visto, estaba equivocado, y 
tienen razón, por su número al menos, los que 
proceden de distinta manera. 

Me explicaría que en ciertos matrimonios, co- 
mo en alguno que usted conoce y trata, se esta- 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



"bleciera semejante costumbre, por ser muy proble- 
mático averiguar quién de los dos cónyuges es el 
que representa el sexo débil, cuál es el protector 
y cuál el protegido; pero los que juzgamos que la 
debilidad corresponde á la mujer, no podemos 
aceptar sin protesta la nueva costumbre, que será 
muy elegante y muy chic; pero que arranca, en 
mi humilde opinión, de un verdadero absurdo. 

Espero conocer la de usted respecto de los pun- 
tos que someto á su buen juicio. 

Un abrazo á Elenita, si no sigue enfadada to- 
davía por lo de los sombreros, y otro para usted 
de su hijo — Litis. 

Valencia 27 de Febrero de 1898. 

Tu carta, querido hijo, ha encontrado como es- 
perabas y era de suponer, un gran defensor en tu 
hermana Elena, la cual ha llegado á declarar que 
«generalmente» discurres bien, sobre todo cuando 
no hablas de la altura del sombrero de las señoras. 
Por este lado tienes ya dos votos en tu favor, por- 
que sabido es que la. opinión de tu hermana supo- 
ne indefectiblemente otra: la del pollo Marino, 
nuestro contertulio. Por razones que se te alcanza- 
rán fácilmente, no he querido que conozcan tu 
consulta los señores de Codorníu; pero en cambio 



68 OSSORIO Y BERNARD 

he hablado de ella á mosén Vicente y al médico- 
don Tadeo, y uno y otro están de acuerdo con tu 
manera de apreciar las cosas. 

— No extraño nada de lo que dice Luisito — ex- 
clamaba el bondadoso sacerdote — las costumbres 
están perdidas; y aunque haya matrimonios por lo 
eclesiástico, por lo civil... y por lo criminal, pare- 
ce en ocasiones que todos pertenecen á esta última 
rama. La hermosísima epístola de San Pablo no es 
observada por casi nadie en los diversos puntos- 
que toca; y mujeres y maridos, áun habiendo an- 
helado conocerla, se apresuran por punto general 
á olvidarla. Las obligaciones contraídas y sancio- 
nadas por un juramento caen en breve en comple- 
to desuso, y así vemos tantos y tantos matrimo- 
nios desgraciados. Mucho podría ilustrar este pun- 
to; pero no lo haré porque sería en perjuicio del 
secreto del confesonario. De todas maneras, Luisi- 
to tiene ¿azón: la mujer merece todo género de 
consideraciones y respetos por parte de su marido, 
y los casos que contiene la carta no son segura- 
mente de los más honrosos para los caballeros. 

— En la antigua familia española— añadió el 
doctor — no se necesitaban códigos á que ajustar 
la conducta de los cónyuges. Ellos, como ellas, co- 
nocían los respetos recíprocos que se debían, y así 
lo demostraban en los asuntos de tocador, en los 
cuidados personales que pueden entrañar ideas de 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



69 



•disgusto, en el decoro de las conversaciones, en 
omitir todo género de libertades de pensamiento 
y de lenguaje, en proscribir la excesiva familiari- 
dad, en respetar cada uno de los consortes cuanto 
el otro quería mantener secreto, en evitar por leve 
motivo toda índole de revertas, y más aún delante 
de gentes extrañas. En lo antiguo se recomendaba 
también que los esposos evitaran en público seña- 
Jes demasiado vivas de ternura ó atenciones des- 
medidas, siendo, por ejemplo, de mal gusto, que 
en las tertulias se sentaran juntos, conversaran 
mucho entre sí ó bailaran uno con otro; pero por 
lo que Luisito nos refiere en su carta, lo hoy perti- 
nente sería recomendar lo que antes se proscribía. 

Nuestros citados amigos han examinado, como 
Tes, el asunto de una manera general, por lo que 
yo habré de recoger algunas otras de las indica- 
ciones que me haces. 

El matrimonio del café, la escena en que él 
bosteza y se duerme y ella habla con otras perso- 
nas al descuido, me ha hecho recordar el conocido 
cuento del que decía al ser sorprendido por su es- 
posa en un bostezo: 

— ¡Hija mía, el marido y la mujer forman, co- 
mo ya sabes, una sola persona, y cuando estoy 
solo me aburro horriblemente! 

Lo grave en el caso que me citas y otros mu- 
chos que habrá, es que la mujer se aburra también 



"O OSSORIO Y BERNARD 

al encontrarse sola. Tal vez el origen de todo ello- 
no sea otro que la vida de café, tan impropia de 
toda señora, pues aunque no llevo yo mi intransi- 
gencia al extremo que se observa en la mayoría, 
de las capitales de provincia, de no estar bien vis- 
to que aquéllas entren en un café, aceptando que 
pueden entrar á tomar un refresco, creo impropio- 
que pasen horas y horas en aquella atmósfera vi- 
ciada y viciosa. La escena de los cónyuges en el 
tranvía me recuerda también otro conocido chas- 
carrillo. 

— ¿Vas bien en ese sitio? — preguntaba á su mu- 
jer un marido que viajaba con ella en un vagón de- 
primera clase. 

— Sí, voy perfectamente. 

— ¿Te molesta el humo de la máquina? 

— Nada. 

— ¿No te entra frío por la ventanilla? 
—No. 

— Pues entonces cambiemos de puesto, porque 
yo voy aquí muy mal. 

Lo del marido que retirándose á altas horas de 
la madrugada consiente que su esposa le aguarde; 
lo del que confía su tranquilidad, su hacienda y 
acaso su honor á una llave vulgar; lo del que va 
por la acera de la calle consintiendo que su mujer 
tenga que andar por el arroyo ó poco menos, 
todo ello supone peligrosas descortesías que no 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



merece ni tolerará en muchas ocasiones la mujer. 

Lo que conceptúo novísimo y excepcionalmen- 
te absurdo es lo que me dices que los esposos an- 
den por esas calles y paseos de la corte apoyados 
en el brazo de sus señoras. ¡Qué imperdonable ol- 
vido de los más rudimentarios deberes! Sabido es 
que el brazo, en el sentido figurado de la palabra, 
significa fuerza, poder, protección, ayuda, coope- 
ración, apoyo; que siempre, y en todas las ocasio- 
nes de la vida, el brazo se ofrece en tal concepto, 
y que el hombre, al presentarlo á la compañera de 
su vida, parece decir: «Aquí tienes tu amparo y 
tu escudo; afiánzate cuando vaciles, cuando temas 
recurre á su defensa.» Y cuando así no lo dijera 
aquel lenguaje mudo, diríalo elocuentemente el 
tíecho de ser el hombre, por regla general, más 
alto y más robusto que la mujer. 

Ese cambio entre protegidos y protectores, esa 
costumbre en cuyo conocimiento me inicias, me 
parece sencillamente un absurdo, y como todos 
los absurdos, no logrará muy larga vida. Si hoy 
se respeta por una consideración mal entendida, 
ya verás, cuando desaparezca, los epitafios que se 
consagran por la pluma de los escritores festivos 
y el lápiz de los caricaturistas. Y bien merece tales 
burlas eso que puede reputarse hoy como un nuevo 
cuadro para las aleluyas de «El mundo al revés.» 

Afortunadamente, ese cuadro no ha llegado á 



72 



0SS0R10 Y BERNARD 



nuestra capital... Hasta doña Virtudes, cuando sale 
en público, se apoya en el brazo de su marido. 

Cuídate, estudia y diviértete, que para todo 
hay tiempo en la vida sabiendo aprovecharlo, y 
recibe muchos abrazos de tu hermana y tu padre, 
Mariano. 



TARJETAS, SOLICITUDES 

Y CARTAS 



Madrid 19 de Marzo de 1898. 

Querido padre: Devuélvame usted mi buena 
fama si, fundado en mi silencio, pudo llegar á po- 
nerla en duda. Quería, como es justo y razonable, 
dar á usted cuenta de mis gestiones en el asunto 
del expediente de privilegio de invención que me 
había conferido. 

Nuevo por completo en estos trámites oficines- 
cos, y teniendo en cuenta la indicación que usted 
me había hecho previamente, fuf hasta tres veces 
á casa de don Hermógenes, el director general ju- 



14: OSSORIO Y BERNARD 

hilado, para que con su práctica en todas las co- 
sas del ramo de Fomento, me sirviese de guía en 
las gestiones que haya que realizar. Pero don Her- 
mógenes tiene sin duda domicilio por un exceso 
de lujo; porque si acudía en su busca por la ma- 
ñana, almorzaba fuera de casa, según los criados; 
y si por la tarde, estaba convidado á comer y no 
volvería hasta muy entrada la noche. Afortunada- 
mente, si no se le encuentra en casa, nadie hay- 
más de sobra que él en las calles, y hoy le he ha- 
llado en la de Carretas. 

Fingió ó experimentó verdadero asombro ai 
verme, diciendo: 

— Pero, ¿usted en Madrid, Luisito?.. No sabía... 

— Sí, señor — le contesté; — y me extraña que no 
le hayan dicho á usted que he estado tres veces en 
su casa. 

— Distingamos, señor legista, distingamos. He 
recibido tres tarjetas con el nombre de usted; pero 
sin el menor signo ni doblez. ¿Sabía yo si alguien 
había tomado su nombre? La única autenticidad en 
materia de tarjetas, consiste en que aparezcan 
exactamente dobladas por la mitad. 

— Yo creí que esa operación podía hacerla tam- 
bién cualquiera. De todos modos, agradezco á us- 
ted la advertencia, y la tendré muy en cuenta en 
lo sucesivo. 

—¿Y qué objeto grato y faustísimo para mí, le 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



75 



llevó á mi domicilio? ¿En qué puede mi insignifi- 
cancia ocuparse joro amicitia? 

— Pues deseaba saber, por encargo de mi pa- 
dre, qué pasos hay que dar en solicitud de un pri- 
vilegio de invención. 

— ¡Olí! ¡Sencillísimo... sencillísimo!... Primero 
se redacta una exposición al ministro de Fomen- 
to, á cuyas manos se eleva por conducto del Go- 
bierno civil... Ya sabe usted, 60 milímetros de cor- 
tesía, 120 de lectura, y otros 80 milímetros en 
blanco, á la cabeza. 

— Lo apuntaré, porque mi memoria es muy 
frágil. 

-—Perfectamente. Después un poder en debida 
forma á favor del firmante. 

— Pero firmando mi padre... 

— No importa; la ley es la ley, y cuando dice 
que el inventor ha de hacer un poder en favor del 
que firme la solicitud, no hemos de enmendarla 
nosotros. 

— Bueno; un poder de mi padre á favor de mi 
padre... 

— Acompañar dos ejemplares de la Memoria 
descriptiva del invento, con los modelos dibujados 
en tela. 

— Ya está eso hecho. 

— Un pliego de papel sellado para que el mi- 
nistro dé la certificación, satisfacer los derechos 



16 



OSSORIO Y BEHNARD 



correspondientes en papel de pagos al Estado 

— ¿Y después? 

— Después, aunque esto no lo indica la ley, 
buscar las necesarias influencias para el pronto 
despacho... Quia humanum est. 

— Es verdad; pero yo creo que como el minis- 
tro fué amigo de mi padre, poniéndole yo dos le- 
tras podemos ganar algún tiempo... 

— ¡Hum! no sé... no sé si está usted autorizado, 
púber aún y escolástico, á dirigirse per se á un 
consejero de la corona. Muy relajadas se hallan 
las leyes de la cortesía; p*ro no creo que tanto. 
En fin, si se resuelve usted á escribirle, cosa que 
yo no haría, no olvide que las cartas se escriben 
hoy desdoblando el plieguecillo de papel y em- 
pleando sólo, en sentido apaisado, las dos carillas 
interiores como si fueran una sola, y cuidando 
muy especialmente de que el tratamiento, nombre 
y cargo de la persona á quien se dirigen ocupe el 
primer tercio de la carta. Y perdóneme usted, 
amigo Luis, si me permito estas advertencias; pe- 
ro el suum cuique tribnere, necesario en el Dere- 
cho, lo es doblemente más en el mundo de las re- 
laciones sociales, y además sus tarjetitas sin do- 
blar me indican que no están de sobra mis amis- 
tosas indicaciones... 

— Que yo le agradezco en cuanto valen, señor 
don Hermógenes; pues conforme voy entrando 



LA. VIDA EN SOCIEDAD 



11 



más y más en el mundo social de usted, me per- 
suado de que no soy digno de semejante honor. 

Me despedí con esto del bueno de su amigo, y 
desde entonces no ceso de preguntarme: ¿Será, 
efectivamente, tan gran delito dejar una tarjeta 
sin doblar? ¿Habrá necesidad de prescindir de dos 
carillas de las cuatro que tiene el papel para car- 
tas, y habrán de llenarse las primeras en sentido 
diametralmente opuesto al que su configuración 
parece recomendar? ¿No será admisible una ins- 
tancia cuando el recurrente se corra un par de mi- 
límetros, destruyendo involuntariamente el cálcu- 
lo del tercio exacto? 

Cuando tenga usted algún rato que perder, 
conteste á mis dudas, pues no acaban de conven- 
cerme las observaciones de don Hermógenes. co- 
mo no me convence su erudición problemática de 
que tanto alardea, ni el verle á los setenta y cinco 
años luciendo un ramito de flores en el ojal, boti- 
nes blancos, corbata roja y blandiendo un junco, 
más propio para sustituir el latiguillo de un jinete 
que para apoyo de la ancianidad que no quiere 
rendirse, á pesar de las apremiantes indicaciones 
del reuma. 

Muchos abrazos á mamá y á Elena, y usted re- 
ciba el cariño de su hijo. — Luis. 



•78 



OSSORIO Y BERNARD 



Valencia, 24 de Marzo de 1898. 

Querido hijo: Al encargarte el asunto de mi 
solicitud, no tuve presente, y de ello me acuso, lo 
que es la Administración española; y como no 
quiero que mis negocios te aparten de tus estudios, 
ni aun de tus distracciones, he resuelto comisionar 
á un amigo, agente de negocios en esa, para que 
gestione lo del privilegio. Relevado, pues, de las 
mil y mil preguntas, visitas, recomendaciones y 
apremios que llevan consigo estos expedientes, sin 
necesidad de visitar al bueno de Hermógenes ni de 
escribir al ministro, tu participación en mi pleito 
queda reducida á la lección que has recibido en la 
calle de Carretas y al complemento que ha de te- 
ner en estos párrafos. Pero tranquilízate, pues ni 
en ellos he de recurrir á citas latinas, ni he de em- 
plear siquiera los giros grandilocuentes de Hermó- 
genes; á quien en los años del 60 al 64 llamábamos 
en esa «el hijo de Moratín,» por lo que su nombre 
y carácter encajaban en el personaje creado por 
aquel poeta cómico. 

Lo de las tarjetas me demuestra que mi hom- 
bre no ha cambiado y que sigue esclavo de la Mo- 
da, conceptuando pecaminoso todo lo que sea 
apartarse de ella. Pero no ha tenido en cuenta que 
con arreglo á las modas hay que someterse á tan 
"bruscos cambios, que muchas veces no sabe uno á 
qué atenerse. Hace algún tiempo hubiera sido, por 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



79 



ejemplo, de muy mal gusto entregar una tarjeta 
doblada, 3 en cambio el doblez que hoy se exige 
estuvo también en gran predicamento hace bas- 
tantes años. Multa renascentur, como diría Her- 
mógenes... y perdona si su solo recuerdo ha bas- 
tado á contagiarme. En los comienzos del siglo 
usábanse unas, impresas con más ó menos lujo, y 
que valederas por todo un año, comprendían feli- 
citaciones p r el santo, el empleo, la herencia ó la 
inesperada fortuna, á la vez que pésame por todas 
las contrariedades y desgracias que pudieran ocu- 
rrir á la persona amiga. Después fué obligatoria 
una tarjeta para cada uno de los mencionados 
acontecimientos, prósperos ó adversos, siendo en 
ocasiones una obra artística grabada en dulce ó 
en relieve, con retrato algunas veces, y en otras 
ee limitó con exagerada modestia á un tercio de 
naipe ó un pedazo de cartulina con el nombre ma- 
nuscrito. El desarrollo del arte litográfico aumen- 
tó el tarjeteo. El invento de las máquinas para 
hacer tarjetas al minuto y por exiguo precio, hizo 
mayor su generalización. Hoy se realiza verdade- 
ro derroche de ellas, y aunque la fotografía y la 
fototipia han intentado volver á la tarjeta retrato, 
la Moda no ha llegado á prosperar. En cambio las 
-de litografía y tipografía abundan tanto, se repar- 
ten de tal modo, ya personalmente, ya por encar- 
go, que no me extraña el deseo de buscar alguna 



80 



OSSORIO Y BERNARD 



garantía de que ha sido entregada por la misma 
persona á quien representa. Pero, ¿basta para ello 
el doblez, ya sea del pico izquierdo inferior, como 
hace treinta años, ya de un cuarto ó quinto á lo 
alto, como hace veinte, ya por el centro, como pa- 
rece que ahora se estila? No, en manera alguna: 
yo envío á un criado con una tarjeta á casa ex- 
traña; se entera de que no está el dueño, dobla mi 
tarjeta y la entrega. Si el visitado fuera don Her- 
mógenes quedaría plenamente convencido de que 
había estado yo en su casa; pero otro cualquiera 
abrigaría la misma duda que si la tarjeta hubiera 
llegado á sus manos sin doblar. Para dar, pues, á 
la tarjeta, cierta autenticidad no encuentro nada 
mejor que la adición con lápiz de alguna frase 
amable, demostrando el sentimiento de no haber 
encontrado á quien se iba á buscar, prometiendo 
volver ú otra cosa análogn. Excuso decirte que 
estoes una opinión personalísima y que no trato 
de influir en tu ánimo con ella. Por el contrario, 
si observas que son muchos los Hermógenes, sigue 
la corriente, reservando mi procedimiento para 
las personas de confianza. 

La cuestión de las cartas no me ofrece tampoco 
los inconvenientes que te ha dicho el director ju- 
bilado. Siendo quien eres tú, y siendo yo quien 
soy, nada se opone á que te dirijas á un ministro 
que ha sido condiscípulo y amigo mío. Claro es- 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



81 



que no debes abusar, obligándole á perder en la 
contestación un tiempo que la patria le reclama 
para más graves asuntos. 

Respecto á lo de escribir apaisadamente en las 
dos carillas interiores de un pliego, no me coge 
de nuevas. Ya había observado que desde hace al- 
gunos años las cartas y aún los periódicos comien- 
zan en la plana segunda, siguen en la tercera y 
cuarta y acaban en la primera. Desconozco el al- 
cance filosófico de la reforma y me pregunto cu- 
riosamente cómo se encuadernarán los diarios que 
siguen el sistema. Y si esto tiene escasa expli- 
cación, no la tiene mucho mayor lo de escribir 
en forma apaisada y pasando por el doblez del 
liego. 

Lo de la cortesía en las solicitudes lo sabía tam- 
bién; es decir, sabía que para el Monarca hay que 
doblar el papel por el centro; para las autoridades 
superiores en cosa de un tercio, sin precisar tanto 
los milímetros; y que sólo para otros casos puede 
aceptarse el dejar solo un par de dedos de corte- 
sía. Pero en este punto te aconsejo que sigas cie- 
gamente la lección de Hermógenes; pues conozco 
sobradamente la Administración española y sé que 
puede bastar un milímetro de más ó de menos para 
que el derecho más claro aparezca turbio y la ra- 
zón más incontestable sea puesta en duda. Mucho 
podría decir respecto de la cuestión del tratamien- 

6 



82 



OSSORIO Y BERNARD 



to; pero, como hemos convenido en apartarte de 
toda índole de gestiones burocráticas, renuncio á 
ello por el momento. En cambio, y como quiera 
que dentro de la vida social necesitarás escribir 
no pocas cartas, te advertiré no ya los dobleces y 
milímetros de cortesía, como haría Hermógenes, 
sino algo más fundamental y digno de ser tenido 
en cuenta. 

Si en la conversación es necesario atender á 
tantas y tsntas conveniencias, en la literatura 
epistolar lo es más, por constituir un documento 
de carácter permanente. Débese también aspirar á 
tener un estilo propio, en el cual resulten la clari- 
dad y la cortesía; evitar repeticiones, tachaduras 
y llamadas, para lo cual será recomendable, cuan- 
do ha de dirigirse uno á persona de respeto y no 
tiene el necesario dominio del idioma, escribir pre- 
viamente un borrador de la carta; cuidar la sinta- 
xis y más aún la ortografía; no olvidar nunca que 
una carta recibida requiere contestación pronta, 
para no tener que disculparse del pecado de des- 
cortesía ó de tardanza. La brevedad en la carta; la 
concisa exposición del asunto; la separación de 
temas dentro de una misma epístola para facilitar 
su lectura; los respetos cuando sean de rigor; la 
naturalidad, sin que degenere nunca en lo chaba- 
cano, cuando haya confianza... he ahí unas cuan- 
tas> reglas que no debes olvidar jamás. En cuanto 



LA VIDA EN SOCIEDAD 83 

á la forma y clase del papel, te supongo dotado 
<lel buen sentido necesario para no recomendarte 
impertinencias, como hacen algunos autores, ta- 
les como la de no escribir cartas de asuntos gra- 
Tes en papel con calados, encajes ni cenefas; no 
usar, ni aun para la familia, otro papel en que apa- 
rezca como membrete un corazón atravesado por 
una flecha ó un soldado de caballería al cromo, ni 
Ja de que dobles tus cartas en forma de lazo cuan- 
do la industria de los sobres te ofrece un millar de 
ellos hasta por el ínfimo precio de siste reales. 

Ahora, sin que lo oiga nadie, ni siquiera el 
hijo de Moratín, ni siquiera los fabricantes y ven- 
dedores de efectos de escritorio, te diré que no soy 
muy amigo del sistema del sobre suelto^ y que me 
parece mucho mejor la costumbre de comienzos 
<lel siglo que era cerrar la carta con el mismo pa- 
pel en que se escribía, pues de esta suerte su últi- 
ma página unida á las anteriores llevaba siempre 
como prendas de autenticidad el nombre y señas 
«leí destinatario y los sellos de procedencia, trán- 
sito y llegada con sus correspondientes fechas. 
Pero repito que de esto no quiero que se entere na- 
die; pues el sufragio universal me pondría de ig- 
norante que no habría por doude cogerme. 

Muchos abrazos de toda la familia y especial- 
mente de tu padre- -Mariano. 




LAS PRESENTACIONES 

Madrid 28 de Marzo de 1898. 

Querido padre: Entre los escritores de costum- 
bres de nuestra patria, tantos y tan notables, desde 
Fígaro, Mesonero Romanos y Antonio Flores, has- 
ta los que hoy siguen más ó menos acertadamente 
sus huellas, ninguno ha trasladado á sus cuarti- 
llas, que yo sepa, el tipo de que mi amigo Floren- 
cio es la personificación más completa y acabada 
que puede darse. Cualquiera creería al oirle que 



86 



OSS^RIO Y BERNARD 



no ha traido á este mundo otra misión que la de 
estrechar los vínculos entre todos sus semejantes 
y fomentar las relaciones universales. 

Un breve rato á su lado en cualquier sitio pú- 
blico basta para que Florencio nos ponga en rela- 
ciones con la mitad de los habitantes de Madrid- 
Anoche tuve yo esa, no sé si fortuna ó desgracia, 
en el vestíbulo del teatro de la Comedia. Apenas- 
habíamos llegado á él se acercó á saludarle un 
amigo, y Florencio se apresuró á decirme con toda 
la solemnidad propia del caso: 

— Don Isalio Ezquerra, bravo comandante de 
Caballería, que tiene la modestia de no usar nunca 
las numerosas condecoraciones que ha ganado en. 
los campos de batalla. 

Y después, dirigiéndose á él: 

— Don Luis X..., estudiante de Derecho. 

Confieso á usted, querido padre, que después- 
de cambiar las cortesías de ordenanza quedé con. 
cierto disgusto, meditando las frases de presenta- 
ción, pues no me parecía bien figurar yo sólo como 
estudiante, cuando el señor Ezquerra se me presen- 
taba con todos los prestigios de una gloriosa his- 
toria militar. Pero no pude pensar mucho tiempo 
en ello, pues se acercó á saludar á Florencio otro 
caballero y mi amigo se apresuró á repetir diri- 
giéndose á mí: 

— Don Pedro Fuertes y Figueredo, pintor de 



LA VIDA. EN SOCIEDAD 



87 



historia, laureado en varias exposiciones, retratis- 
ta eminente, profesor de la Escuela Superior... 

Y después, dirigiéndose á él: 

—Mi amigo don Luis X..., estudiante de De- 
recho. 

Más tarde fuimos nosotros los que nos acerca- 
mos á un grupo, y mi amigo Florencio volvió á> 
las andadas: 

— Don Ezequiel Smith, secretario de Legación; 
don Diego Garcés y Villalaín, jefe de negociado en 
Gracia y Justicia y jurisconsulto muy acreditado; 
don Próspero Diez, propietario y banquero; den 
Enrique Téllez, catedrático de Medicina... 

Y después de aquel chaparrón, el consabido 
sonsonete: 

— Mi amigo don Luis X..., estudiante de De- 
recho. 

Pero no paró aquí su prurito de presentaciones,, 
sino que habiéndole saludado al paso una señora 
con dos hijas jóvenes, cuando se disponían á subir 
la escalera de los palcos, Florencio las obligó á, 
detenerse, y después de decirme que eran la seño- 
ra y las hijas del brigadier Campuzano, acabó de 
enfadarme con la consabida canción de: 

— Mi amigo don Luis X..., estudiante de De- 
recho. 

Aquello llenó la medida de mi paciencia, y 
cuando las señoras se alejaron, expuse á Florencio» 



88 



OSSORIO Y BERNARD 



que no me parecía bien aquel derroche de presen- 
taciones; que yo, de posición modesta y muy ata- 
reado, no podía cultivar las muchas y buenas re- 
laciones suyas, y que me hiciera la singular mer- 
ced de no presentarme á nadie más. No agradaron 
mis escrúpulos al bueno de Florencio, y hasta se 
me mostró enojado, y no sé si me motejó de ingra- 
to ó cosa así. En lo que estoy seguro, lo que n< 
admite duda, es que Florencio creía cumplir u 
deber al hacer las presentaciones, y que mis prr 
testas y distingos le produjeron una mala impr 
sión, que él tradujo diciendo: 

—Bueno, bueno... limítate al trato con tu pa- 
trona y con los huéspedes de á tres pesetas que vi- 
ven en tu compañía. Veo que no sabes estimar el 
favor que he querido dispensarte, presentándote á 
mis amigos. 

Esta queja me causó mayor efecto que si el 
presentador se hubiera mostrado irascible, pues 
con ella demostraba lo que yo no había puesto 
nunca en duda y dije antes á usted: su buena vo- 
luntad. Y me pregunto desde anoche: ¿Seré yo el 
equivocado en eso de las presentaciones? Si lo soy, 
dígamelo usted en su primera carta y buscaré á 
Florencio para entonar el yo pecador. 

Muchos abrazos entre tanto para toda la fami- 
lia del desterrado — Luis. 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



89 



Valencia 31 de Marzo de 1898. 

Querido Luis: Si hubieran de estar encerrados 
en los manicomios y casas de salud cuantos ofre- 
cen con su conducta motivos para ello, necesita- 
rían multiplicarse de tal suerte dichos estableci- 
mientos, que acaso bastarían los que ahora exis- 
para los individuos que disfrutasen de sana ra- 
, Y digo esto, en vista de lo que me escribes 
rea de tu amigo Florencio, pues su afán de pre- 
. taciones, aunque inofensivo, constituye una 
ladera monomanía, que está pidiendo á gritos 
el tratamiento de algún reputado alienista antes 
que el estudio del escritor festivo. Cierto es que su 
buena intención le disculpa en parte; pero según 
frase vulgar y que debes conocer, de buenas inten- 
ciones se halla empedrado el infierno. 

Algo veo en tus quejas que tampoco me pare- 
ce bien, y ese algo, que no debo pasar en silencio, 
es que creo advertir que no te ha molestado tanto 
en las escenas del vestíbulo de la Comedia el pru- 
rito de presentaciones de tu amigo, como el no po- 
der ostentar en ellas más que el título de «estu- 
diante de Derecho,» y eso que semejante envidia- 
ble condición representa juventud aprovechada y 
probable porvenir. ¡Qué mayores ni mejores títu- 
los, hoy que todas las carreras y altas posiciones 



90 



OSS0R1O Y B3RNARD 



del Estado se hallan abiertas al talento y á la apli- 
cación! 

Conste, pues, que en este punto concreto no 
evidencias tu buen juicio proverbial, y que así lo 
irás comprendiendo conforme crezcas en años. 
¡Cuántas eminencias ilustres se despoiarían gusto- 
sas de todos sus actuales prestigios, con tal de que 
les devolvieran sus veinte años, su bigote incipien- 
te y la calidad de estudiante^! 

En lo esencial de tu carta tienes muchísima ra- 
zón. Las presentaciones en los sitios públicos de 
dos personas desconocidas por una tercera, obli- 
gan á aquéllas á un cambio de cortesías y de ofre- 
cimientos que acaso no entran en sus propósitos; 
y por eso no deben prodigarse, sobre todo cuando 
no son á petición de parte. La espontaneidad y la 
iniciativa podrán ser lícitas solamente: cuando sea 
mucha la autoridad del que presenta, cuando los 
presentados huyan de pasar mucho tiempo juntos, 
como por ejemplo en una larga navegación, y 
otros casos aná'ogos; ó por fin, cuando las cir- 
cunstancias del momento lo impongan. 

La diplomacia, entre las muchas inutilidades 
que encierran sus usos, puede ofrecernos en este 
punto algo bueno que imitar. Trata un Gobierno 
de nombrar un representante cerca del jefe de otro 
país, y no se satisface con estar convencido de que 
su candidato reúne para ello las condiciones ape- 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



91 



tecibles, sino que consulta al Gobierno de la na- 
ción en donde va á ejercer el cargo si le será agra- 
dable su nombramiento. Si tu amigo Florencio ob- 
servara esta costumbre, es seguro que habría de 
reducir mucho el número de sus presentaciones. 
Y menos mal cuando éstas se hacen en la calle, 
pues los mútuamente presentados pueden olvidar- 
las y proceder como si no se hubieran conocido. 
Pero lo que no tiene disculpa es realizar seme- 
jtes imposiciones en domicilio ajeno; presentar 
i casa extraña al amigo ó al compañero sin ha- 
ber obtenido previamente el beneplácito del jefe 
ue la familia que la habita. Me atrevo á suponer 
piadosamente que tu amigo no llevará tan lejos 
su afán de que te conozcan y traten las personas 
á quienes él conoce, áun cuando tu presentación 
no solicitada á la señora é hijas del brigadier Cam- 
puzano me da muy mala espina, pues si merece 
. respetos el domicilio ajeno, no los reclama meno- 
res el trato con las señoras, si no ha de ser tradu- 
cido por el mundo con la falta de caridad que sue- 
le caracterizarle. De seguro que dichas señoras 
quedarían tan admiradas como tú de la salida de 
tono de tu amigo, y que procurarían eludir aque- 
lla difícil situación con cualquier frase de rúbrica: 
«Mucho celebro...» «Tenemos gran placer...,» et- 
cétera; pero, á que no te ofrecieron su casa ni mu- 
cho menos? 



92 



0SS0R10 Y BERNARD 



Eso de las presentaciones injustificadas ó atre- 
vidas, me recuerda la del guardia de Corps, que 
apiadado de un amante que no podía penetrar en 
casa de su amada una noche en la que se celebra- 
ba un baile, se ofreció á presentarle. Entró, efecti- 
vamente, con él en la casa, y dirigiéndose al due- 
ño le dijo: 

— Tengo el gusto de presentar á usted á mi 
amigo el alférez don Fulano de Tal. 

— Sea bien venido; pero á usted ¿quién le pre- 
senta? 

— ¿A mí? Nadie. Y por eso tomo ahora mismo 
la puerta. 

En los tiempos de mi juventud frecuentábamos 
numerosas tertulias muchos jóvenes, realizando 
las presentaciones casi casi en las mismas condi- 
ciones que el guardia de Corps, y aún recuerdo al 
dueño de una casa que me decía confidencial- 
mente: 

— ¿Querrá usted creerlo? De los veintitantos 
muchachos que están bailando, sólo sé de dos ó 
tres cómo se llaman y quiénes son. 

Hoy , la costumbre de pedir licencia para toda 
presentación es observada con mucho mayor es- 
mero, y ejemplares como el de tu amigo Floren- 
cio no abundan por fortuna. 

En mi época de estudiante traté yo á otro indi- 
viduo que, si no se llamaba como tu amigo, tenía 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



93 



con él algunos puntos de semejanza. Saludaba, co- 
nocía y trataba á todo el mundo; y una mañana, 
en el café de la Concepción, que ya ha desapareci- 
do, le preguntamos: 

— ¿Conoces á ese señor que se sienta siempre 
solo enfrente del mostrador y que no ha venido 
hoy? 

— Mucho. Es gran amigo mío. 

— ¿Sabes cómo se llama? 

— En este momento no lo recuerdo á punto 
fijo... Es un apellido vulgar... Pérez... Martínez... 
González... 

— ¿Y qué profesión es la suya? 

— No se lo he preguntado nunca. 

— Pues bien. Ya que es amigo tuyo, te lo dire- 
mos: es el verdugo de la Audiencia de Madrid. 

Bien merecía tu amigo Florencio tropezar en 
alguna de sus presentaciones con un personaje- 
como el del café de la Concepción, para ver si es- 
carmentaba. 

Recibe el cariño de todos nosotros y un abraza 
de tu padre— Mariano. 



DEBERES RELIGIOSOS 



Valencia 5 de Abril de 1898. 



Querido hijo de mi alma: Seguramente habrá 
de extrañarte el ver letra mí?», sabiendo lo poco 
aficionada que soy á estas cosas de pluma y el cor- 
to espacio que para ellas me dejan los quehaceres 
de la casa. Pero unas frases de tu última carta me 



96 OSSORÍO Y BERNA HD 

han alarmado, y no puedo prescindir de comuni- 
carte mis temores, sin que tu padre se entere de 
que lo hago, porque acaso me habría hecho desis- 
tir de mi propósito. 

En la carta á que aludo, hablas de tus compa- 
ñeros de habitación, de tu hospedaje de tres pese- 
tas... ¿Es que has dejado de habitar en casa de 
doña Prisca y doña Mónica? Ya me había extraña- 
do el cambio de dirección en las cartas que se te 
envían; pero suponía que dichas señoras se ha- 
brían mudado de casa y tú con ellas. Hoy sospe- 
cho que no es así, y esto me tiene muy preocupa- 
da, recordando que fuiste recomendado á esas se- 
ñoras por el Deán de esta catedral, y que yo esta- 
ba muy tranquila sabiendo que te harían rezar el 
rosario todas las noches, santificar las fiestas y ob- 
servar los ayunos y vigilias, cuando lo manda la 
Santa Madre Iglesia. 

¿Será posible, hijo de mi corazón, que hayas 
olvidado nuestras religiosas enseñanzas y que en 
ese centro de corrupción en donde vives, ausente 
de nosotros, no hayas podido resistir al contagio? 
Escríbeme, por Dios, y sácame de esta ansiedad, 
pues si tu título de abogado ha de servir para 
amortiguar tus sentimientos religiosos, friejor vi- 
virás sin él, sirviendo á Dios y escuchando los con- 
sejos de tus padres. Algunos de estos escrúpulos 
he consultado con mosén Vicente, y aunque este 



LA VIDA EN SOCIEDAD £7 

señor ha querido tranquilizarme, creo que no sal- 
dré de mis dudas y temores hasta recibir carta 
tuya. Dios nuestro Señor te libre de todo mal y no 
nos abandone á nosotros. 

Recibe mil besos de tu madre— Luisa. 

Madrid 10 de Abril de 1898. 

Querida madre: He besado repetidas veces la 
carta que me ha escrito usted, para recoger los 
besos que en ella me manda, y esto demostrará k 
usted que soy digno de ellos. Tranquilícese, pues, 
que, por hoy al menos, no creo estar en pecado, ni 
quiera Dios que lo esté nunca. 

Y ahora, con la dulce intimidad á que, tanto 
usted como mi querido padre me han acostum- 
brado, paso á referir los motivos bien fundados 
que he tenido para dejar la compañía de doña 
Prisca y doña Mónica. 

Usted, madre de mi alma, es tan buena, que 
juzgando á los demás por sí misma, no cree nada 
malo de nadie; y de aquí que sabiendo que doña 
Prisca y doña Mónica rezan el rosario todas las 
tardes, no necesite usted más para conceptuarlas 
modelos de virtudes y señoras que en cuanto dejen 
la vida terrenal entrarán vestidas y calzadss en el 
reino de los cielos. 

7 



98 OSS0R1O Y BERNARD 

¿Pero sabe usted cómo rezan? Pues oiga usted 
y no crea que exagero, ni mucho menos que ca- 
lumnio: Dios le salve, María (¿pusiste la comida 
al loro?) llena eres de gracia, el Señor es contigo 
(por señas que al sacarle hoy al balcón vi á la ton- 
ta del entresuelo hablando con el cadete. ¡Qué fal- 
ta de aprensión) bendita tú eres (va á ser cosa de 
mudarnos de aquí para que no nos confundan con 
esa coquetuela) y bendito es el fruto... (¿Has pues- 
to en remojo el bacalao?) 

Así rezan, querida mamá, así rezan doña Pris- 
ca y doña Mónica; pero no crea usted que esto ha 
sido la causa de mi resolución de mudar de domi- 
cilio. Podría referir á usted muchos pormenor 
para demostrarle que esas dos señoras, que par 
cen á usted tan buenas, son unas hipócritas, con 1 
suficiente travesura para engañar, no sólo á 1 
simples mortales, sino á eclesiásticos tan santos 
tan inteligentes como el virtuoso señor Deán, q 
me recomendó como la menos peligrosa para 
la compañía de esas pobres señoras, que no deb 
pasar á los ojos de usted como modelos de virtu 
Pero esté usted tranquila, querida madre, puesl 
religiosas enseñanzas que á usted debo continrt 
sirviéndome de guía. Diariamente, al levantar 
y al acostarme, repito las oraciones que usted 
enseñó cuando era niño, y cumplo todos mis de 
res de católico sin mezclar, como mis antiguas 



LA. VIDA EN SOCIEDAD 



99 



tronas, la práctica religiosa y la murmuración 
mundana. En los días festivos asisto á algún tem- 
plo de los barrios extremos y poco frecuentados, 
-evitando hacerlo á los del centro de la ciudad, en 
•cuyos atrios ó pórticos se sitúan muchos jóvenes 
de mi edad para ver entrar y salir á las mucha- 
chas. No busco ocasiones de aproximarme á éstas, 
•como tantos otros, aprovechando la oferta del 
agua bendita, ó el acto de alzar un portier ó abrir 
una puerta; no convierto la casa del Señor en irre- 
verente lugar de cita ó conversación. Ni me agra- 
da el bullicio producido por algunas devotas arras- 
trando las sillas de uno á otro lado, ni las murmu- 
raciones de algunas beatas viejas, ni las reyertas 
que arman por lograr mejor sitio. Oigo la misa 
con devoción, cumplo mis demás deberes de cató- 
lico sin alardes y observo como norma de conduc- 
ta, no la que puedan seguir hipócritas como doña 
Prisca y doña Mónica, sino la que observa usted, 
que ha sido, es y será siempre para mí código in- 
discutible y ejemplo que he de seguir ciegamente. 

Creo que con estas explicaciones quedará usted 
tranquila en lo que se refiere á mi mudanza de do- 
micilio. 

Queda aún un punto por aclarar: la inversión 
que doy á la peseta diaria que resulta de diferen- 
cia entre las cuatro que me cobraban doña Mónica 
y doña Prisca y las tres que pago ahora, Esta pe- 



100 



OSSORIO Y BERNARD 



seta me permite comprar algunos periódicos ilus- 
trados, dar algunos reales de Tez en cuando á va- 
rias Sociedades que me son simpáticas, como La 
Protectora de los Niños y la de Accidentes del tra- 
bajo de la clase odrera; hacer algunas limosnas, 
ocas pero bien dirigidas; y, por último, aumen- 
tar al mes algunas tazas de café á mi antiguo con- 
sumo, é ir al teatro algún domingo que otro. Sé- 
que podría invertir todavía mejor estos fondos;, 
pero en materia d^ periódicos y teatros me decla- 
ro derrochador. Ríñame usted por ello, que tengo- 
la esperanza de que no será mucho ni muy fuerte. 

Y ahora, hechas las paces, devuelve á usted Ios- 
mil besos de su carta, con un millón más de inte- 
reses, su hijo que la adora— Luis- 



PRELUDIOS 



DE BODA 

Valencia 16 de Abril de 1898. 

Querido hermano Luis: Te escribo á escondi- 
das de papá y de mamá; pero no creas por eso que 
se trata de algo que no deban saber. Lo que voy 
á confiarte lo sabrán de un momento á otro: y 
hasta presumo que se lo figuran ya, sin que yo se 
lo haya manifestado. 



102 



OSSOKIO Y BERNARD 



Si me dirijo á ti es por la mayor confianza que 
como hermanos debemos tener, y por la posibili- 
dad de que ocurra en mi vida algún suceso de 
esos que con razón calificamos de trascendenta- 
les. 

Vamos á ver; si yo tratara de casarme, ¿qué 
te parecería Pepe Marino como cuñado? Juntos- 
estudiasteis la segunda enseñanza en esta pobla- 
ción, separándoos luego por tu marcha á Madrid 
para seguir la carrera de abogado. El había obte- 
nido, como sabes, mediante oposición una plaza 
en la sucursal de este Banco, j como domina la 
contabilidad, lleva también los libros en una im- 
portante casa de comercio. Creo, pues, que con 
sus ingresos y lo que papá me dé, puede resolver- 
se el problema económico de la vida, y por esta, 
parte no tengo cuidado. 

En cuanto á otro* particulares, sólo puedo de- 
cirte que creo que Pepe me quiere mucho; que 
siempre está pendiente de mi voluntad, y que 
evita cuidadosamente darme motivos de enojo. 

A mí, para serte del todo franca, tampoco me 
es indiferente; creo que seré dichosa con él; pero 
no sería mi felicidad completa si mi elección »no 
fuese aprobada por nuestros padres, por ti y por 
todas las personas que me quieren bien. 

Te pido, pues, una opinión terminante acerca 
de mi elección; y si fuera ésta favorable y en vir- 



LA VIDA EN í 1 OCIEDAD 



103 



tud de ella el proyectado matrimonio se realizase, 
deseo además que me aconsejes y alecciones; tan- 
to respecto del vínculo matrimonial en sí mismo, 
como acerca de los mil detalles sociales que pre- 
ceden y siguen á este solemne acto. 

Ya te avisaré cuando se verifique la petición de 
«mi blanca mano», que creo será mañana ó pa- 
sado. 

Recibe entre tanto muchos abrazos de tu her- 
mana, — Elena. 

Madrid 18 de Abril de 1898. 

«Queridísima hermana: Recuerdo haber leído, 
no sé dónde, un chascarrillo, en el que llevaba la, 
palabra una muchacha, diciendo á su padre: 

— Papá, cumpliré tu voluntad y me casaré con 
quien tú dispongas... siempre que el elegido sea 
mi primo Arturo. 

Sustituye á Arturo por Pepe Marino, y la situa- 
ción resulta en un todo análoga: pues si ya el 
asunto está resuelto y tu mano habrá sido pedida 
probablemente cuando recibas estos párrafos, no 
sé yo cómo podría influir mi opinión para torcer 
el curso de los acontecimientos. 

— Caballero — decía un barbero á un parroquia- 
no, después de cortarle el pelo al rape — ¿está á 



104 



OSSORIO Y BERNARD 



gusto de usted? ¿Quiere usted alguna reforma? 

—Sí— contestó el parroquiano— déjemelo us- 
ted... un poquito más largo. 

Quiero darte á entender con esto, que tu con- 
sulta, como tal consulta, me parece un poco tar- 
día. Afortunadamente, tus relaciones con Marino 
no eran un secreto para ninguno de nosotros; pa- 
pá, que en este asunto es la primera é indiscutible 
autoridad, las ha aprobado con su tolerancia, y 
aunque en alguna ocasión ha solido expresarse 
con ciertas maliciosas reticencias al hablar de las 
visitas de tu pretendiente á nuestra casa, lo positi- 
vo es que las aprueba, y que después de su opi- 
nión y de la de mamá, la mía carece de todo valor. 
Sin embargo, como quieres conocerla, estoy en el 
deber de complacerte; pero para ello habré de ser 
algo extenso, dividiendo mis trabajos en tres par- 
tes, que pueden titularse: «El pretendiente,» «El 
matrimonio,» «Detalles complementarios.» 

¿Mi opinión sobre Pepe Marino? Le creo un mu- 
chacho excelente, lleno de laboriosidad, no escaso 
de talento, y que, desde el momento en que te quie- 
re, tiene muchísimo adelantado para que le quera- 
mos todos nosotros. 

Ahora, el reverso de la medalla, porque todas 
ellas tienen dos caras. Hay algo en él que á ti te 
satisface y que á mí no me gusta; y ese algo es la 
completa anulación de su voluntad al lado tuyo, 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



105 



su personalidad borrosa, su escaso carácter. Na 
basta, á mi entender, para la felicidad, el mutuo 
cariño de los cónyuges: el matrimonio es una so- 
ciedad á la que debe aportarse algo más, ó sean 
los prestigios públicos del marido y las virtudes 
privadas de la mujer. 

Yo de mí sé decirte que no me resignaría á ser 
nunca el marido de dona Fulana, pues aspiro á 
que ella sea la esposa de don Mengano. 

No quiero insistir sobre este asunto por temor 
de molestarte, y hasta te ruego que leas mis opi- 
niones y rompas el papel en que las consigno. 

Ahora bien, como tú eres una muchacha de ta- 
lento, quieres á Pepe, te conviene la boda y el 
problema del porvenir lo tienes asegurado con los 
ingresos del futuro y la dote de la futura, que pue- 
den constituir unidos, si no la riqueza, por lo me- 
nos el bienestar; aún podéis llegar á la perfección 
matrimonial con un poquito de trabajo que te to- 
mes tú, procurando eclipsarte para que luzca tu 
esposo, y haciendo que recaigan sobre él todos los 
prestigios que debe tener para querealice mi ideal. 

Por ejemplo, elogian en el mundo un vestido 
tuyo. 

—Lo ha elegido Pepe — contestarás. 
Tienes hijos traviesos. 

— Pues no pueden ustedes figurarse lo que tra- 
baja Pepe para corregirlos. 



106 OSSORIO Y BERNARD 

Que son excelentes. 

— Es natural... Han salido en todo y por todo 
á su padre. 

Si vuestra fortuna aumenta, atribuyeselo á 
Pepe; si tenéis un fracaso, cúlpate á ti ó á las cir- 
cunstancias, nunca á tu marido; y haz de modo 
(que para esto las mujeres os pintáis solas) de que 
llevando tú el timón aparezca que no es así, y que 
tu marido llegue á creer lo mismo que el mundo. 

Está escrito, querida Elena, que en la socie- 
dad conyugal la voluntad de la mujer predomine 
siempre sobre la del marido; no es mucho pediros 
que nos engañéis un poquito, permitiéndonos de- 
cir en voz alta: 

— ¡En mi casa no manda nadie más que yo! — 
Y esto, aunque os sonriáis hacia dentro para que 
no nos enteremos. 

Tu discrección suplirá lo mucho que podría 
añadir, si no me lo vedasen los límites que debe 
tener una carta. Por la misma razón no examino 
el punto segundo que me había propuesto tratar, 
y que tampoco sería muy pertinente mientras no 
me anuncies que el proyecto de que se trata está 
en camino de próxima realización. 

Te abraza tu hermano — Luis. 



EL GOBIERNO 



DEL HOGAR 

Valencia 25 de Abril de 1898. 

Querido hermano Luis: ¡Qué contenta estoy! El 
suceso que te indicaba en mi carta anterior mar- 
cha perfectamente, y tu aprobación y la de papá 
y mamá han venido á desvanecer todas mis dudas 
y vacilaciones. Permíteme que hoy por hoy haga 
caso omiso de algunos de tus consejos, lo cual no 



IOS 



CSSORIO Y BERNARD 



quiere decir que no los estime en lo mucho que 
Talen, ni que renuncie á seguirlos; todo lo contra- 
rio, los tendré muy en cuenta para que me sirvan 
de guía en la vida, y me prometo los mejores re- 
sultados de ellos. Pero no adelantemos los sucesos, 
como dicen los novelistas. 

Ayer, seis días después de recibir tu carta, lle- 
garon á casa los padres de Pepe y se encerraron 
en el gabinete con los nuestros. Muchos deseos se 
me pasaron de escuchar su con versación; pero no 
fué posible. Ya sabes que el gabinete no tiene más 
comunicación que con la sala, y entrar en ésta me 
pareció una imprudencia. Porñn, después de un 
cuarto de hora (un siglo para mí) tocó papá el tim- 
bre, y me avisó por medio de la doncella que los 
señores de Marino deseaban verme. Entré en el ga- 
binete palpitante y encendida, y no sé decirte cuá- 
les fueron los saludos de presentación. Sólo recuer- 
do que papá dijo, con el tonillo irónico que le es 
peculiar: 

—Hija mía, los señores de Mariño nos han dado 
á tu mamá y á mí una verdadera sorpresa 



— La de que su hijo José siente hacia ti cierta 
inclinación, y la de que tú no eres insensible á la 
misma. Yo hubiera debido sospechar algo, vista la 
insistencia de sus visitas; pero mi falta de mundo 
me ha tenido ciego. ¿Qué dices tú á esto'? 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



109 



Yo tenía los ojos llenos de lágrimas; pero aún 
así me pareció ver que los padres de Mariño se 
sonreían, y oí que mamá decía á papá en un 
aparte: 

— ¡Vamos, hombre... no Feas cruel! 

Y como no acertaba yo á coordinar mis ideas 
ni á pronunciar una palabra, siguió papá diciendo: 

— Yo he manifestado á estos señores lo mucho 
que nos honra su hijo aspirando á unir su suerte á. 
la tuya; he adelantado la opinión de que tú eres 
una niña muy obediente é incapaz de negarte á 
una unión que á todos nos satisface; pero también 
he dicho que en nuestra familia, apegada á las 
rancias tradiciones españolas, no nos parece que 
debemos proceder á nada sin conocer la opinión 
de tu hermano, ausente de casa por estar siguien- 
do sus estudios en Madrid. 

— No hace falta, papá— me atreví á decir en- 
tonces—Luis aprueba mi elección 

— ¡Ah! ¿El te ha dicho espontáneamente?.... 

—No, papá; yo se lo había consultado. 

La risa de los padres de Pepe se unió entonces 
á la de los nuestros, y pasado un momento dijo el 
señor Mariño: 

— Creo que Elenita ha contestado ya á la pre- 
gunta que antes se le ha dirigido, y ha satisfecho 
á la vez el escrúpulo del señor don Mariano. Esto 
me autoriza á ofrecerle un pequeño recuelo, que 



110 



OSSORIO Y BERNARD 



si en sí mismo carece de todo valor, puede tenerlo 
y muy grande en el porvenir. 

Y sacando del bolsillo un estuche, lo abrió, y 
me entregó una pulsera de muchísimo gusto y 
gran sencillez, aunque labrada artísticamente, en 
■cuya parte interior se leía la fecha de ayer: 24 de 
Abkil de 1898. 

Me abrazaron los padres de Pepe, y levantán- 
dose se dispusieron á retirarse. 

Papá dijo entonces al señor Mariño: 

— No detengo á ustedes, porque comprendo 
que estas visitas solemnes no deben prolongarse... 
sobre todo cuando es posible que haya alguien 
impaciente por conocer su resultado. Yo iré ma- 
ñana á ver á usted, y hablaremos de una porción 
<le insignificantes detalles en que para nada nece- 
sitan intervenir los muchachos. A Pepe, después 
que le echen ustedes un sermón por la reserva que 
ha venido observando con nosotros, añádanle que 
no le guardamos rencor, y que puede venir por 
aquí si tiene que comunicar á Elena alguna im- 
presión que se relacione con la fecha grabada en 
ese brazalete. 

Tal fué, á grandes rasgos, la escena de ayer, 
-á la cual siguieron muchos abrazos y lágrimas de 
mamá, que no cesaron hasta que papá dijo: 

— No es ninguna desgracia, mujer; los mucha- 
chos se quieren como nosotros nos queríamos hace 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



111 



treinta años, y siguen la ley natural de la emanci- 
pación. Además, esas lágrimas son ofensivas para 
mí, pues pudieran interpretarse como una decla- 
ración de que no has sido feliz en tu matrimonio. 

Mamá estrechó cariñosamente la mano de papá, 
enjugó sus lágrimas y dijo con su dulce resig- 
nación: 

— ¡Hágase la voluntad de Dios y la vuestra! 

Hoy han estado juntos el padre de Pepe y el 
nuestro; creo que han decidido que el matrimonio 
se verifique dentro de un par de meses lo más 
pronto, y que papá nos asigne por ahora, para 
ayudarnos, una cantidad igual en un todo á la que 
te consagra á ti para la carrera, dándonos gratis 
habitación en una casa suya, sin contar los gastos 
necesarios para ponerla y para que entre yo con- 
venientemente equipada en mi nuevo estado. 

Pepe está loco de alegría, yo lo mismo, y 
nuestros buenos amigos, el médico y el sacerdote, 
me han hecho ya indicaciones de importancia. El 
primero, como hombre práctico, me ha dicho que 
tiene que buscar por su ca*a unas cuantas onzas 
viejas «para ver si puedo pasarlas ahora que ten- 
dré que hacer varias compras;» y el segundo me 
ha indicado que «cree recordar que conserva un 
medio aderezo de brillantes de su madre, que, 
aunque muy antiguo, aún tiene buena vista.» 

En fin, querido hermano, que la fecha de ayer 



112 



OSSORIO Y BERNARD 



ha de ser de<nsiva para la felicidad de toda mi 
vida. A Pepe le dejé leer... las dos primeras hojas 
de tu carta; pero no la tercera... porque tuve la 
desgracia de perderla. Pero puedes estar seguro 
de que tus consejos no seguirán la suerte del pa- 
pel. 

Te abraza tu hermana — Elena. 



EL GOBIERNO 

DEL HOGAR. 



II 

Madrid 30 de Abril de 1898. 

Queridísima Elena: Ya habrás podido compro- 
bar, conforme te indiqué y de acuerdo con lo su- 
cedido, que no se puede recomendar al peluquero, 
después de habernos cortado el cabello, que nos lo 
deje un poquito más largo. 

Afortunadamente en este caso no hay motivo 

8 



114 OSSORIO Y BI5RNARD 

para reformar nada de lo hecho. Pepe y tú os que- 
réis, nuestros padres y los suyos están satisfechos, 
y las lagrimitas de mamá son el tributo obligado 
en estos trances. 

Me parece perfectamente fonografiada y foto- 
grafiada la escena en el gabinete de casa, tanto 
que al leer tu carta me parecía que la presenciaba; 
creo también muy natural y muy prudente el 
auxilio material de papá para vuestro matrimonio 
y la forma en que os lo presta; celebro los anun- 
cios de los regalitos y en una palabra, participo 
de vuestra alegría. ¡Cómo no, si os quiero tanto á 
todos! 

Lo que sí celebraría es que no se verificase la 
boda hasta que yo pueda volver á Valencia para 
presenciarla y para que al salir tú de casa no se 
quede tan sola por el momento nuestra pobre ma- 
má. Los enamorados sois un poco egoístas, y es- 
to^" seguro de que ni tú ni Pepe habéis pensado en 
esto. 

A punto, pues, de ser un hecho tu boda no me 
parecerían inoportunas algunas de las observacio- 
nes que te indicaba en mi carta anterior. 

No sé dónde he leído que la familia es una es- 
pecie de pequeño estado y que en ella debe haber 
una organización gubernamental análoga á la de 
las naciones, aunque sin elecciones ni diputados á 
Cortes. Poder ejecutivo exclusivamente, en el que 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



115 



marido y mujer se repartan los distintos ministe- 
rios, excepción hecha de los de Guerra y Marina, 
-que no tienen en el hogar una gran representa- 
ción. No me refiero, como supondrás, al matri- 
monio Codorníu, que si no vive en perpetua gue- 
rra sostiene la paz armada como cualquier poten- 
cia europea. 

El esposo tendrá á su cargo el Ministerio de 
Negocios Extranjeros, representando á su casa en 
el exterior; hará tratados de amistad y de comer- 
cio, tendrá como obligación preferente la defensa 
del honor y del prestigio de la familia y cerrará 
las fronteras cuando lo tenga por conveniente. 

También le corresponde en el ramo de Hacien- 
da velar por los ingresos; pero una vez obtenidos 
éstos, la mujer, y aquí entras tú, tendrá á su car- 
go la casi totalidad de los demás servicios: el cui- 
dado de hacer unos buenos presupuestos para que 
los gastos no excedan nunca de los ingresos, con- 
tando sólo con los de carácter permanente y no 
con los eventuales; evitando los empréstitos, que 
son la ruina de los estados y de las familias; pro- 
curando crear un fondo de reserva para los queri- 
dos acreedores que en el porvenir te pidan pan, 
vestidos é instrucción; reduciendo á lo puramente 
preciso la plantilla del personal á vuestro servicio, 
que deberá ser inamovible; ejerciendo de tribunal 
-en el examen de todas las cuentas, áun las meno- 



116 OSSORIO Y BERNARD 

res, y procurando evitar todas las filtraciones é 
irregularidades de tus criados ; haciendo las ad- 
quisiciones por el sistema que resulten más bara- 
tas y concurriendo, en lo que dependa de ti, ái 
perpetuar y áun á acrecentar el crédito de tu casa. 

Como encargada de los ramos de Gobernación r 
velarás por la policía y por la higiene; sostendrás 
el orden público, para lo cual es muy recomenda- 
ble el sistema preventivo, y evitarás que tu casa 
sea espectáculo público ó lugar de recreo al que 
acudan varios desocupados y murmuradores. 

Como encargada de la cartera de Fomento, 
protegerás las artes y las letras en la medida pru- 
dente que tus recursos bien administrados lo per- 
mitan, teniendo pocos, pero buenos cuadros para, 
no convertir tu casa en prendería, y cuidando mu- 
cho la elección de los libros que hayan de consti- 
tuir tu biblioteca, á fin de que sean por sus condi- 
cionas de los que, proporcionándote ahora honesto 
esparcimiento, puedan en lo futuro ser consulta- | 
dos sin peligro por los mariñitos y las marmitas \ 
que indudablemente te harán compañía, cuando, 
pasados los primeros años de tu juventud, entres 
serenamente en otra categoría social que ha de \ 
proporcionarte nuevos y sagrados deberes. 

En el ramo de Gracia y Justicia, que compren- 
de, como sabes, lo religioso y lo jurídico, mamá te 
dirá mejor que nadie, acaso mejor que mosén Vi- i 



LA VIDA EN SOCIEDAD 117 

cente, cuáles son los deberes religiosos de una es- 
posa y de una madre; yo sólo te recomendaré que 
«n las cuestiones de derecho sostengas siempre el 
-que te asista, pero evitando á la vez todo pleito 
imprudente y temerario. 

Nada te digo del ministerio de Ultramar por- 
que al hablar de tus adquisiciones y compras, que- 
dan incluidas en ellas las de los géneros ultrama- 
rinos, único aspecto que tiene para ti semejante 
departamento. 

Esto es cuanto, en líneas generales, se me ocu- 
rre acerca del gobierno de tu casa; ahora, si quie- 
res más completo estudio, apúntame en una cuar- 
tilla todas las dudas, objeciones y consultas que 
quieras hacerme; que si ellas no son muchas po- 
drán motivar la contestación en una sola carta y 
si lo reclamasen iré contestándolas á medida que 
mis ocupaciones me lo permitan. 

Te reitera la enhorabuena y te abraza tu her- 
mano — Luis. 



MÁS SOBRE LA BODA 

LLUEVEN CONSULTAS 

Valencia 28- de Marzo de 1898. 

No puedes figurarte, querido hermano Luis,, 
qué efecto produjo en nuestro hogar tu última 



120 



OSSORIO Y BERNARD 



carta referente al gobierno de una casa. Papá la 
leyó muy detenidamente y dijo que nada tenía 
que oponer á tus observaciones, haciendo con este 
motivo cumplido elogio de tu seriedad y juicio: 
mamá se adhirió á dicha opinión, aunque protes- 
tando de lo que dices respecto á que tenga mayor 
autoridad que mosén Vicente en los asuntos de ín- 
dole religiosa, quedando convenido que no se lee- 
rá tu carta delante de él ni de nuestro amigo el 
médico. A mi prometido Pepe, por considerarle ya 
como de la familia, se le autorizó para que la le- 
yera y estuvo de acuerdo en todo, aunque añadien-» 
do modestamente que en sus funciones de Ministro 
de Relaciones Exteriores y de Hacienda para los 
ingresos, sólo echaba de menos un cuerpo consul- 
tivo que deberían constituirlo, yo en primer tér- 
mino y después sus padres y los nuestros, según 
los casos. Como la variante es de poca importan- 
cia y beneficiosa en último resultado para mí, fué 
tomada en consideración y figurará como artículo 
adicional en la constitución de nuestra casa. 

Pero apenas habíamos discutido y acordado 
este punto, entró de visita el matrimonio Codor- 
níu, y papá, dirigiéndose á doña Virtudes, yo creo 
que con no buena intención, la leyó tu carta; pero 
después quedó pesaroso de lo que había hecho, por- 
que no puedes figurarte las exclamaciones, protes- 
tas y gritos de la buena señora. 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



121 



Nada le parecía bien. El marido para ella, no 
debe ser más que el ejecutor de las sentencias de 
la esposa, y en el orden de las relaciones exterio- 
res ésta debe ser la que haga y deshaga, acuerde 
y mande cuáles son las amistades que deben sos- 
tenerse y cuáles las que deben proscribirse, y en 
cuanto al decoro y prestigio de la entidad matri- 
monial, el esposo no debe hacer más que obedecer 
cuanto la esposa le mande: «Presenta excusas á 
Fulano» ó «pega un palo á Mengano.» 

¡Suprimir el Ministerio de la Guerra!.... ¡Pues 
si es el más necesario en el hogar!.... Por de conta- 
do que desempeñándolo la mujer. 

Decididamente tú eres una criatura sin mundo 
ni reflexión, y acaso influido desfavorablemente 
por esa atmósfera de Madrid, en donde no se pien- 
san ni se hacen más que locuras. La culpa, sin 
embargo, no es tuya, sino mía, que soy una tonta 

que te consulto semejantes nimiedades Cosa 

poco menos punible que si se las consultara á mi 
prometido Pepito, que no tiene más deber que 
obedecer ciegameute cuanto yo le mande. 

— Observa, mujer, intentaba decir el pobre es- 
poso..... . . ,. . . 

— Aquí no tienes tú voz ni voto, como no sea 
para apoyar ciegamente lo que yo diga. ¡Cómo es- 
taría la sociedad si cundieran las doctrinas del 
estudiantito madrileño! 



122 0SS0R1O Y BERNARD 

— Luis— dijo tu futuro cuñado — es un mucha- 
cho muy juicioso, cuyas opiniones no sólo respeto, 
sino que las hago mías. 

— ¡Ah! Usted tiene todavía opinión.... 

— Y la tendré en lo sucesivo, señora mía— dijo 
Pepe con una entereza á que no nos tiene acos- 
tumbrados y que creo te agradará. — La mujer me- 
rece todos nuestros respetos y todas nuestras defe 
rencias; cuantas atenciones se la guarden me pa- 
recerán escasas, pero siempre que la mujer lo sea 
de veras y ejerza su legítimo dominio con el in- 
flujo de su dulce persuasión. No de otra suerte. El 
cambio de sexos sólo me parece aceptable en Car- 
naval; pero no en la normalidad de la existencia 
común en el matrimonio. 

—Pues Codorníu es completamente feliz con- 
migo áun no rigiendo en mi casa ese código no- 
vísimo. ¿No es verdad? 

El interpelado se puso de mil colores, y sólo 
acertó á responder: 

— Ciertamente que sí... pero... los casos... las. 
circunstancias... hay opiniones..... 

— Sí que habrá opiniones; pero tú no pueden 
tener, ni yo te permito que tengas, más que la 
mía. La debilidad ha perdido á muchas mujeres y 
no quiero yo formar en ese número..... 

— Tranquilícese usted, doña Virtudes— dijo mí 
padre;— las ideas de Luis, como las de usted, son 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



123 



muy respetables aunque sean encontradas, y cada 
uno busca y puede hallar la felicidad por diferen- 
tes caminos. Mi hijo expone una opinión; pero no- 
trata de imponerla, y usted, más intransigente, 
quiere hacer que prevalezca la suya no sólo en su 
hogar, sino en los ajenos. 

— Ya, ya, usted con tal de defender á su hijo..» 

— Es usted injusta, amiga mía, pues no se 
trata ahora de mi hijo, sino de mi hija, y creo que 
su felicidad consistirá principalmente en lo que 
usted conceptúa como abdicación. 

— ¿A que piensa como yo la mamá Luisa? 

Figúrate, hermano mío, el terrible compromiso 
en que se vió mamá, toda amor y dulzura, al in- 
vocarse su testimonio y pedirse su auxilio por 
doña Virtudes. Creo que se limitó á decir que se- 
mejantes asuntos eran muy árduos para una po- 
bre vieja, concretada toda su vida á obedecer las 
recomendaciones de la epístola de San Pablo. 

Afortunadamente la llegada de otra familia 
hizo que la conversación tomara nuevos rumbos, 
y á poco se levantó el matrimonio Codorníu para 
marcharse. 

— ¿Adónde van ustedes? — preguntó papá al ma- 
rido. 

— Pues á donde ésta disponga Creo que 

quiere que veamos la nueva colección zoológica 
que ha llegado á Valencia. 



124 GSSORIO Y BERNARD 

— Pues cuidado — añadió papá en voz baja — no 
trate el domador de aumentarla 

— No — no me caerá esa ganga — contestó con 
triste resignación Codorníu. 

— ¿Pero vienes ó no? — gritó ya desde la escale- 
ra la señora. 

— Espera, mujer — estoy buscando el bastón. 

— No lo busques — que lo llevo yo. 

Codorníu miró al cielo y empezó á bajar la es- 
calera sin mucha prisa, mientras doña Virtudes le 
decía desde el portal: 

— ¡Ah! Tráeme la sombrilla, que me la he de- 
jado arriba. 

Ya ves, querido Luis, los resultados de tus con- 
sejos. Ahora te diré que la boda no se verificará 
efectivamente hasta que llegues tú á casa; pero 
como antes necesito saber una porción de cosas, y 
aquí en provincias estamos muy atrasados, te 
pongo á continuación varios de los muchísimos 
problemas que deseo resolver acertadamente. En- 
térate bien de lo que más se acostumbre y dime: 

¿Cómo pondrías tú la casa si fueras á casarte? 

¿Qué habitaciones tendrías y qué muebles en 
ella*? 

¿Qué servidumbre emplearías, dada nuestra po- 
sición? 

¿Cuándo debe darse parte á las personas ami- 
gas, de la próxima boda? 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



125 



¿A quiénes debe invitarse al acto civil, y á 
quiénes al religioso? 

¿Debe haber boda, ó sea banquete, recepción, 
etcétera? 

El traje de boda, ¿cómo debe ser? ¿Deben re- 
tratarse los novios con el traje de boda? 

¿Sigue siendo de moda el viaje de novios? 

¿Cuándo se debe dar parte del efectuado enlace 
y hacerse el ofrecimiento de casa? 

¿Cuándo deben hacerse las visitas de novios? 

Contesta á las preguntas anteriores cuando 
puedas; por lo menos á las de carácter más urgen- 
te, para ajustar nuestros actos, en lo posible, á. 
tus indicaciones. 

Muchos recuerdos de todos y un abrazo de tu 
hermana— Elena. 



■■naqpuúM ■ 



Madrid 1.° de Abril. 



¿Sabes, querida Elena, que para formular con- 
sultas te pintas sola? Ante la vista tengo tu última 
carta, que si en su primera parte me entretuvo 
con lo que se refiere al matrimonio Codorníu, en 
la segunda no he podido menos de sentir verdade- 
ro terror, porque no sé cómo satisfacer tus dudas 
acerca de los muchos detalles que deseas conocer. 

Resuelto á poner en prensa mi magín para 
complacerte, procuraré preceder con método para 
comunicarte los datos que he podido adquirir en 
casa de unas señoras amigas mías, y conversando 



128 



0SS0R10 Y BERNARD 



con varios compañeros, algo versados en las cos- 
tumbres de la buena sociedad. 

También quise conocer, antes de darte contes- 
tación, un voto de gran autoridad: el del amigo 
de papá, don Hermógenes, ó sea el llamado hijo 
de Moratin; pero el pobre señor lleva una larga 
temporada muy enfermo, y ya comprenderás que 
no era cosa de interrumpir su descanso ó acompa- 
ñar sus dolores con mis consultas para tus juveni- 
les conveniencias. 

Empiezas preguntándome cómo pondría yo la 
casa si tratara de casarme, qué habitaciones ten- 
dría y qué muebles en ellas. Si la pregunta hubie- 
ra sido más genérica, ó sea, cómo se pone una 
casa moderna, me hubieras dado ocasión de lucir- 
me citándote gran número de obras inglesas, ale- 
manas y francesas que tratan este asunto, y hasta 
te habría recomendado con particularidad que vie- 
ras La casa donde habitamos, uno de los más inte- 
resantes suplementos que ha publicado La Ultima 
M$da. Pero como tu pregunta es mucho más con- 
creta, también tiene que serlo la respuesta. 

En la primera mitad del siglo actual, lo pri- 
mero en que pensaban los que trataban de esta- 
blecerse era en la sala de recibo ó estrado, llevan- 
do á ella ricas alfombras, artísticas colgaduras y 
lujosos muebles. Después se cerraba la sala, para 
que no se deteriorasen los muebles y adornos, y si 



LA VIDA EN SOCIEDAD 129 

no se tenía gran trato social, aquella habita ción, 
la mejor de la casa, quedaba anulada, reduciéndo- 
se entre tanto la familia á vivir en otras, inferio- 
res siempre, incómodas en muchas ocasiones y k 
veces interiores. Más discretos los modernos, sobre 
todo en nuestra modesta esfera, han empezado por 
suprimir la sala, y han hecho bien. Nosotros tene- 
mos las visitas de negocios y las visitas de la inti- 
midad, y sería ridículo llevarlas á un salón impe- 
rio ó Renacimiento; por el contrario, lo natural y 
prudente es contar con un despacho para el mari- 
do y un gabinete para la señora. En el primero, 
que debe respirar seriedad, son indispensables una 
mesa-escritorio, alguna otra suplementaria para 
papeles, armarios de libros y cómodos sillones. En 
los grandes almacenes de Madrid se ven todos es- 
tos muebles construidos con maderas de diferentes 
clases y tonos. El chapeado de caoba va desapa- 
reciendo; pero en cambio el roble me parece que 
no pasará tan fácilmente de moda. Esto, en cuan- 
to á las primeras materias, pues en lo que hace al 
trabajo, ya industrial ya eminentemente artístico, 
no debes consultarme; consultadlo Pepe y tú con 
vuestro bolsillo, que éste será vuestro mejor con- 
sejero. Yo, por mi gusto, tendría un despacho con 
alfombra, empapelado y cortinajes rojos; armario 
corrido en uno ó dos frentes de la habitación; 
mesa ministro y un velador á la moderna para al- 

9 



130 OSSORIO Y BERNARD 

gún escribiente ó auxiliar y otro para albums y 
periódicos. Cubiertas en gran parte las paredes 
por los armarios, claro es que no habrían de pre- 
ocuparme mucho los cuadros y otros adornos aná- 
logos, lo cual no me serviría de contrariedad, por 
creer que en esta habitación huelgan semejantes 
filigranas del arte y de la moda. Algún título aca- 
démico, algún plano ó mapa, algo relacionado 
con la profesión del dueño de la casa; he ahí, á lo 
sumo, lo que yo pondría en mi despacho y lo que 
aconsejaría á Pepe que pusiera en el suyo. 

El gabinete de la señora de la casa (¡date tono, 
Elenita!) se presta, por el contrario, á más alegres 
combinaciones. Admítense en él caprichosos mue- 
bles de tapicería, en los que la comodidad y el 
buen gusto deben imperar preferentemente; ar- 
maritos y vitrinas, ménsulas llenas de bibelots, 
cuadros y retratos, mesillas con periódicos de mo- 
das y publicaciones ilustradas; el piano, cuando 
la señora cultive la música, y alguna labor de 
lujo... de esas que siempre aparecen empezadas y 
no se terminan nunca. Las telas más ricas, los co- 
lores más vivos, nada disuena en estos gabinetes, 
cuando lo ha organizado el buen gusto de la 
mujer. 

Siguen á estas habitaciones otras no menos im- 
portantes, como el dormitorio y el comedor. En el 
primero, que ha de procurarle tenga ventilación 



LA VIDA EN SOCIEDAD '31 

directa y buenas luces, la cama ó las camas pue- 
den constituir un problema, pues después del lar- 
go período en que imperaron las de acero ó hierro 
dorado, han vuelto las de madera; pero no aque- 
llas de caoba maciza que pesaban un par de quin- 
tales, sino de otras maderas más ligeras y elegan- 
tes. En este punto, como en los accesorios del le- 
cho, conviene huir de todo lo recargado, que suele 
resultar de pésimo gusto. Y como complemento 
del dormitorio, yo tendría dos tocadores: uno sen- 
cillo, cómodo y severo, para el marido, y otro para 
la mujer, sin olvidar el armario de luna y otros 
accesorios no menos indispensables. 

Para el servicio y adorno del comedor deben 
elegirse una mesa á la moderna, construida con 
"buenas maderas, aparadores y trincheros que fa- 
ciliten el servicio, sillas de gran comodidad, una 
gran lámpara y paredes entarimadas, adornadas 
con sobriedad y discreción. Como el comedor pue- 
de y ha de ser en ocasiones pieza de recibo y de 
visitas para las personas de confianza, convendrá 
■que reine en él una natural elegancia, y que sus 
muebles sean cómodos y de buen gusto, para que, 
una vez alzados los manteles, puedan la familia y 
los amigos seguir allí sin tener que trasladarse á 
otras habitaciones. 

De las demás, como cuarto de costura, cuarto 
de plancha, baño, lavadero, cuarto de armarios y 



132 



OSSORIO Y BERNARD 



baúles, cocina, etc., nada te digo, porque en este- 
capítulo todas las mujeres sois maestras. 

Lo esencial en una casa es que refleje perfecta- 
mente el carácter y condición de sus dueños; de 
tal modo, que visitada por cualquiera persona es- 
tando éstos ausentes, ó siéndole desconocidos, ten- 
ga forzosamente que decir: 

— ¡Aquí debe vivir un hombre muy trabajador 
y muy ordenado, según revela el despacho...! Y 
una mujer joven y de buen gusto, pues el gabine- 
te, dormitorio y tocador así lo revelan... ¡Y qué 
buen trato saben darse! No falta requisito alguno 
en las habitaciones... Tenedlo todo arreglado así.... 
por ahora, pues, andando el tiempo, el mismo visi- 
tante tendría acaso que añadir: 

— Lo malo es que aquí hay huellas inequívo- 
cas de las manos destructoras de los muchachos... 
Este caballo de cartón sin cabeza y esta muñeca 
sin brazos ni piernas, colocados en medio de la al- 
coba ó sobre la mesa del comedor, son elocuentí- 
simo testimonio de ello. 

Lo que me preguntas respecto de la servidum- 
bre es bastante fácil de contestar hoy por hoy. 
Siendo los criados un mal necesario, todo lo que 
sea disminuir este mal me parecerá bien. No lle- 
garé á la exageración de aquel que se ponía una 
librea para servirse á sí mismo, persuadido de que 
nadie se sirve como uno propio, ni quiero verte 



LA. VIDA EN SOCIEDAD 



133 



•constantemente en la cocina y abriendo la puerta 
de la escalera; pero creo que si puedes pasar con 
nina cocinera y una doncella harás muy bien en no 
tener tres criadas. Y cuenta que te aconsejo dos 
•criadas, suponiendo que una haya de encargarse 
•del lavado y planchado de la ropa... y sino, no. 

Al llegar á este punto veo que llevo escritos 
dos pliegos de papel, y que sólo he contestado á 
tus tres primeras preguntas. 

Pondré pues, como en los antiguos folletines, 
Se continuará, enviándote un cariñoso abrazo. Tu 
hermano — Luis. 



ANUNCIOS 

"» Í S¿**^' 

É INVITACIONES. 

TRAJE DE LA DESPOSADA-— RETRATOS- 



Madrid 5 de Abril. 



— Debe darse parte de la concertada boda á las- 
personas amigas?— me preguntas — y suponiendo r 
con excesiva ligereza una contestación que aún nc* 
conoces, sigues interrogando: ¿Con ó sin dulces? 

No caminaré yo tan de prisa con la pluma en» 
la mano como tú con la imaginación, aunque pro- 
curaré no ser muy lato ni muy latoso, como ahora 
se dice. 

El matrimonio es un suceso de carácter ínti- 
mo y familiar; y así como no acostumbramos, por 



136 0SS0RI0 Y BERNARD 

ejemplo, á ir pregonando nuestros gastos y nues- 
tros ingresos, no me parece tampoco oportuno 
anunciar el cambio de estado. Claro es que esto no 
reza con la familia ni con las amistades íntimas y 
verdaderas, que puedan conceptuarse como for- 
mando parte de aquélla, con derecho á compartir 
con nosotros alegrías y penas, y así me parece muy 
bien que hayan conocido desde luego el proyecto 
que á ti se refiere nuestros pocos pero buenos ami- 
gos de Valencia, y aplaudo y celebro los regalos 
anunciados por el médico y el sacerdote, por lo 
mismo que el uno y el otro te obsequian paternal- 
mente con alhajas que fueron de su familia y dine- 
ro para que compres lo que quieras. Ese dinero lo 
recibirás sin sentir molestado tu amor propio, como 
podrías recibirlo de papá; pero ¿qué dirías si una 
persona con la que no hubiere intimidad te remi- 
tiera un ciento de pesetas? Pues á eso y más expo- 
nen las participaciones de boda, con dulces ó sin 
-ellos. 

¿Sabes, por otra parte, el efecto que produci- 
rían inmediatamente aquellos regalos indirectos? 
Pues sin gran esfuerzo de imaginación puedes adi- 
vinarlo. 

— ¡Hombre! Se casa Elena — exclamará alguna 
amiga cariñosa. — Hace bien en aprovechar la oca- 
sión, porque los treinta no ha de cumplirlos ya. (Y 
tienes veintidós. ^ 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



137 



— Para la ganga que se lleva — dirá otra;— si 
una fuera á hacer caso de semejantes proporcio- 
nes ¡Pobre Pepe! 

— Y nos envía dulces — añadiría una tercera. — 
Claro, con veinticinco cajas, á duro la pieza, que- 
rrá que entre todos la pongamos casa. 

— Y buenos que son los dulces... Yo sospecho 
que han debido utilizar los que cobraron cuando la 
boda de sus padres doña Luisa y don Mariano. ¡Son 
tan económicos ambos! 

— ¡En qué momento llega la advertencia! — 
gruñiría un avaro— cuando todos los negocios es- 
tán perdidos. En fin, buscaré cualquier menuden- 
cia en las tiendas de saldos, y... ¡Así se le prenda 
en seguida fuego á la casa! 

— ¿Qué la regalo yo? — murmurará un vacilan- 
te.— ¿Joyas? No puedo. ¿Vestidos? No es correcto. 
¿Muebles? Esa es incumbencia de los padres. 

Y acabará regalándote una lámpara de petróleo 
cuando tú tienes luz eléctrica y un cajón de ciga- 
rros á Pepe... que no fuma. 

En una palabra, los anuncios de boda futura 
me parecen un compromiso innecesario, que con 
razón va desapareciendo. Si, á pesar de no anun- 
ciarla, circula la noticia de la boda, y las personas 
que de veras te aprecian te envían regalos, pobres 
ó ricos, acéptalos con gratitud, y corresponde á 
ellos en cuanto se te presente una oportunidad de 



138 



0SS0R10 Y BERNARD 



hacerlo. Así, pues, nada de avisos directos, y mu- 
cho menos acompañados de dulces. Los confiteros 
de Madrid luchan desesperadamente por mantener 
semejantes regalos, y diariamente inventan capri- 
chos artísticos, pero á pesar de todo la costumbre 
se va perdiendo, y á lo sumo pueden quedar las 
cajas, platos, cestos, sacos y carteritas para des- 
pués de la boda, como recuerdo del fausto aconte- 
cimiento. 

La misma parsimonia que te recomiendo en 
las participaciones, la hago extensiva á las invita- 
ciones para la ceremonia matrimonial, que se ve- 
rifica generalmente en la parroquia y siempre con 
asistencia de una representación del Juzgado Mu- 
nicipal. Y te lo digo, porque una pregunta tuya me 
hace suponer que ignorabas esto, cuando separa- 
bas el contrato civil del acto religioso. Procura que 
sea el matrimonio en capilla reservada, para evi- 
tar necias curiosidades, y no convidar expresamen- 
te más que á las personas de quienes te conste la 
buena amistad. Por las mismas causas apuntadas 
soy enemigo de toda gran recepción el día de la 
boda, y sólo acepto un banquete, almuerzo con pre- 
ferencia, para el corto número de privilegiados. 
Pero de todo esto, papá y mamá saben mucho más 
que nosotros lo que conviene hacer. 

En tu afán de preguntar, quieres conocer mi 
opinión respecto al traje para la ceremonia nup- 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



139 



cial; deseo que me ha hecho reir por lo completa- 
mente ajeno que soy á ese negociado de trapos y 
adornos. 

De todas maneras, y para darte nueva mues- 
tra de mi cortesía, te recordaré que el citado tra- 
je debe tener, como esencial condición, la blancu- 
ra, símbolo de pureza y castidad. En Madrid no 
se cumple este requisito con mucho rigor, y áun 
entre personas pudientes, el negro ha reemplazado 
no pocas veces al blanco, acaso porque el traje ne- 
gro se utiliza después para calle y visitas, y va 
pregonando largo tiempo la luna de miel. Repito 
que, no habiendo joven que deje de hacerse un 
traje para una reunión ó concierto, juzgo incom- 
prensible é injustificada economía no hacérselo 
para la boda. 

Y antes de que colguemos el traje, terminada 
la ceremonia, pasemos k otro punto relacionado 
con él. El de si debes retratarte con el traje de 
novia. 

Siendo una transición tan decisiva y grave en 
la vida el matrimonio, natural es que andando el 
tiempo guste poder considerar cómo era uno el 
día de la ceremonia nupcial, y de aquí que me 
parezca muy disculpable el deseo del retrato; pe- 
ro no sin ciertas limitaciones. 

Primera y principal: á ser posible no acudas á 
la fotografía, y haz que el fotógrafo vaya á tu ca- 



140 OSSf)RlO Y BERNARD 

sa, porque eso de pasear por las calles el traje de 
boda, aunque vayas en coche, no me parece bien. 
Te diré para tu gobierno, que aquí hay muchos 
jóvenes de buen humor, que recorren las calles 
para ver los muestrarios de las fotografías y fijar- 
se muy especialmente en las parejas matrimonia- 
les. Además, os aconsejo que después de haceros 
los retratos mandéis destruyan la placa para que 
no os pongan á la vergüenza en los escaparates ni 
en los albums. 

Nuevamente me advierte el número de cuarti- 
llas que no puedo terminar en esta carta la reso- 
lución de todos los problemas que has planteado. 
Y es que, preocupada tú con el suceso que tanto 
te interesa, te convertiste al preguntarme en una 
especie de método Ollendorff. En mi próxima car- 
ta terminaré el examen de los puntos pendientes, 
y ¡cosa extraña! hasta daré contestación á algo 
que no me preguntabas, y que considero esencia- 
lísimo. 

Abraza á todos; di á papá que tengo mucho 
deseo de escribirle; pero que ya comprenderá que 
ahora estoy muy ocupado ejerciendo de conseje- 
ro contigo y preparándome para los exámenes. 

Tu hermano — Luis. 



A 




VIAJE DE NOVIOS 

PARTICIPACIONES Y VISITAS. 

¿Y EL TROUSSEAU? 

Madrid 10 de Abril. 

Querida hermana: No son muchos los puntos 
que me faltan contestar del extenso cuestionario 
que me dirigiste; pero si no muchos, son por lo 
menos muy importantes, como que el primero 
que me salta á la vista es el del viaje de novios. 



142 



OSSOttlO Y BEUNARD 



¿Tiene éste razón de ser? ¿Debes seguir la co- 
rriente? 

Muy respetables son las costumbres sanciona- 
das por la moda, y me guardaré mucho de opo- 
nerme á la corriente general; pero áun aceptán- 
dola condicionalmente, me has de permitir que te 
diga que no la creo muy lógica. Ocúpanse y es- 
méranse los novios en el período que precede á su 
matrimonio en poner su casa con todo el confort 
y todas las comodidades apetecibles; la previsión 
maternal, el desprendimiento paterno, la genero- 
sa amistad, llevan á la misma primores del arte y 
refinamientos de la industria; y en cuanto el sa- 
cerdote da su bendición á los amantes, éstos aban- 
donan el anhelado hogar, se meten en un deterio- 
rado carruaje, ocupan después un miserable cuar- 
to en incómoda fonda de las provincias ó del ex- 
tranjero, y queriendo huir de la curiosidad del 
prójimo se convierten voluntariamente en exclu- 
sivo objeto de ella. 

— ¿Cómo haremos para no parecer recién casa- 
dos? — decía una joven á su esposo durante el via- 
je de novios. 

— Es muy sencillo— contestaba éste— carga tú 
con la maleta y ven detrás de mí. Así parecerá 
que llevamos aJgunos años de matrimonio. 

Claro que el cuento no puede tener práctica 
aplicación, pero es bastante elocuente por sí mis 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



143 



mo para que comprendas lo injustificado del via- 
je de novios en la mayoría de los casos. 

Por otra parte, supongo yo que en semejantes 
momentos de la vida, viendo los novios realizado 
un ideal acariciado acaso durante mucho tiempo, 
vivirán sólo para sí mismos y no utilizarán gran 
cosa las enseñanzas de los viajes, aunque éstos les 
ofrezcan las mayores maravillas de la naturaleza 
y de las artes. 

Es posible que esté yo en un error, y por lo 
mismo renuncio á insistir sobre el particular. Es- 
tudia tú el punto, trátalo con papá y con tu futu- 
ro, y no te olvides de un matrimonio provinciano 
que en Junio de 1866 vino á Madrid á pasar la lu- 
na de miel y que, llegando el 22 del mes citado, 
no pudo entrar en la población, donde se libraba 
cruento combate, y hubo de pasar la noche en lo 
que hoy es paseo de Atocha y entonces se llamaba 
sólo el cerrillo de San Blas; teniéndose por afor- 
tunado porque pudo al día siguiente aprovechar el 
primer tren y regresar á su tranquilo hogar sin 
haber recibido algún balazo en la ya citada con- 
tienda. 

Pasemos á otra de tus preguntas que dice así: 
¿Cuándo se debe dar parte del efectuado enla- 
ce y ofrecimiento de casa? 

A eso te contestaré que la moda, exagerada 
siempre, las hacía distribuir en lo antiguo inme- 



144 



OSSORÍO Y BKRN-ARD 



diatamente después de la boda, y que hoy, con 
viaje de novios ó sin él, tarda en hacerlo tres ó 
cuatro meses, período todo este en que no se sa- 
bría cuál era el estado civil de una muchacha si 
los periódicos no suplieran la deficiencia dando 
cuenta detallada de las bodas, publicidad que en 
último caso hace de mejor condición á los lectores 
en general que á las amistados de la familia. Un po- 
quito más que se exagere la moda, y podrá anun- 
ciarse, á la vez que el matrimonio de los amantes, 
el nacimiento de su primer hijo. No incurras tú en 
semejantes exageraciones, y si haces y repartes 
papeletas, procura que sea dentro del primer mes 
de tu boda y esto te resolverá de paso la duda de 
las visitas, pues una vez recibidas las de las amis- 
tades, podréis devolverlas en el término breve que 
reclama la cortesía general, no la diplomática, 
que incurre en exageración no menor. Yo no sé lo 
que el embajador ó el ministro de una nación que 
recibe una visita por la mañana, podrá decir por 
]a tarde cuando la devuelva; pero de seguro que 
ni él ni su interlocutor empezarán su conversa- 
ción, exclamando: 

— ¡Cuánto tiempo sin vernos! 

Creo que con esto quedan contestadas todas 
tus preguntas, y ahora, yo á mi vez, debo hacerte 
otras. ¿Y el trousseaift ¿Cómo no me has pregun- 
tado ni dicho una sola palabra de él? Pero no te 



LA TIDA EN SOCIEDAD H5 

molestes en darme una contestación que adivino. 
En tu boda, como en la inmensa mayoría de las 
demás, la imprevisión suele ser un factor impor- 
tantísimo. Durante uno ó dos años frecuenta un 
joven una casa y todo el mundo está en el secreto, 
lo cual nada tiene de extraordinario sabiendo que 
en aquella casa hay una joven en estado de mere- 
cer. Es decir, todo el mundo no; los padres no sa- 
ben una palabra. A lo sumo dicen como el nues- 
tro, con su tonillo irónico: «¡Pero qué simpático 
debo ser al pollo Marino! Ni una sola noche deja 
de venir á temos. » 

De esta completa ignorancia se pasa á la so- 
lemne petición de la mano de la doncella, y una 
vez otorgada la misma, todo se vuelven prisas pa- 
ra abreviar los términos naturales. Entonces aca- 
so se cae en la cuenta de que durante uno ó dos 
años se ha podido ir preparando el trousseau en 
vez de tenerlo que improvisar de prisa y corrien- 
do, y se nota la imposibilidad de que tenga el ca- 
rácter distintivo que más le avalora; el de estar 
preparado por la misma novia. 

¿No es esto lo que te ha ocurrido? Pero, en fin, 
como no hay que volver la vista atrás, sino acep- 
tar los hechos consumados, y como toda medalla 
tiene dos caras, no hay mal que por bien no ven- 
ga, y las imprevisiones de las hijas de familias 
acomodadas, cuando no ricas, pueden redundar en 

10 



146 



OSSORIO Y BERNARD 



provecho de otras jóvenes que acaso no tendrán 
novio, ni facilidad de cambiar de estado, y para 
quienes la dicha consiste en ganar el pan de cada 
día con su trabajo personal. Esas jóvenes te saca- 
rán de tu actual apuro improvisando cosidos y 
bordados, trajes y galas, consumiendo su vista en 
obsequio tuyo ó acompañando con sus canciones 
el incesante movimiento de su máquina Singer. 
Muestra con ellas desprendimiento y largueza, y 
de este modo conseguirás que los anuncios de tu 
boda alegren otros hogares, y que la felicidad que 
te espera suponga desde luego algunos días de pan 
para niños desvalidos, muchachas enfermizas ó an- 
cianos imposibilitados. 

Será el medio mejor de que tu imprevisión ó el 
falso concepto de las conveniencias sociales te sean 
perdonados, y de salir de la situación en que hoy 
estás. 

Y una vez preparado el trousseau surge natu- 
ralmente otra duda: ¿debe hacerse solemne exhi- 
bición de él? Y aunque mi opinión suponga muy 
poco, quiero dártela terminante y... negativa. Pue- 
de ser admisible, dado que la Moda lo autoriza y 
la vanidad lo aconseja, la exposición de los trajes, 
de las alhajas y de los regalas que reciben unos 
novios; pero no lo es la de las prendas que consti- 
tuyen el trousseau propiamente dicho: ó sea las 
ropas interiores de la desposada, trajes caseros, ro- 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



147 



pas de cama, mantelerías, etc. Semejante exposi- 
ción da con frecuencia origen á maliciosos comen- 
tarios. 

Voy á citarte en prueba de ello, una conver- 
sación que escuché ayer mismo en casa de un ami- 
go á sus hermanas y otras amiguitas, comunicán- 
dose impresiones de una visita que acababan de 
bacer. 

—¿Y habéis visto el trousseau de Laura? 

— ¡Ya lo creo! Parecía aquello el saldo de una 
tienda de la calle de Toledo. 

— Buena colección de malinées. 

— Los usarán ellas y sus criadas indistinta- 
mente. 

— ;Qué lujo de corsés! 

— Pero todos incompletos... Si los usara así, 
-quedarían en hueco. 

— De medias no me ha parecido en cambio muy 
abundante. 

— ¡Cómo que no! Lo menos una docena; y como 
Laura se las muda muy de tarde en tarde, tendrá 
para mucho tiempo... 

IN'o conozco á la joven aludida; pero sería una 
obra de caridad decirle: «Señorita, declare usted 
terminada la exposición del trousseau si estima en 
algo su piel, que por él se la están sacando á tiras.» 

Sírvate de ejemplo, y recibe un estrecho abra- 
zo de— Tu hermano. 




EL TROUSSEAU-— ALGUNOS ENVIDIOSOS Y 
ALGUNOS AGRADECIDOS 

Valencia ^15 de Abril. 

Querido hermano Luis: El cariñoso detenimien- 
to con que has contestado á mis numerosas y aca- 
so impertinentes preguntas, demostrándome tu 
gran amor hacia mí, evidencia á la vez el buen 
juicio que te caracteriza y que nos tiene encanta- 
dos á todos, y muy principalmente á papá y ma- 
má. Tan acertados nos han parecido tus consejos 



150 



OSSORIO Y BERNARD 



á Pepe y á mí, que, con muy cortas alteraciones, 
estamos dispuestos á seguir el programa que los- 
mismos constituyen. 

En lo que no tienes razón es en la serie de supo- 
siciones que has hecho, figurándote que la petición 
de mi mano fué una sorpresa y que por ello debo 
estar sin ¿roussean á estas fechas, ni en las censu- 
ras que lanzas contra las costumbres modernas y 
por lo que se refiere á los noviazgos formales. En 
este punto, querido Luis, no te ofendas si te digo 
que la más torpe de las muchachas sabe más que el 
más avisado de los hombres, porque éstos suelen 
pasarse de listos, como te ha sucedido á ti. 

Cierto que la formalización de las relaciones 
con Pepe es muy reciente; pero hace ya mucho 
tiempo que yo estaba en el secreto del paso que 
iban á dar mis futuros suegros, y que si no hablé 
de ello á papá, temerosa de sus bromitas — nunca 
de su oposición — me confié en absoluto á mamá, 
como debe hacer toda buena hija, y mamá me ha 
facilitado los medios de ir preparando mi ajuar. 
Tengo, por lo tanto, bordadas numerosas piezas 
de ropa, y sólo habré de pensar en vestidos y pren- 
das mayores. Con decirte que he hecho varios jue- 
gos de cortinas bordadas, tapetes y telas de sille- 
ría, podrás formar idea de que no he cometido pe- 
cado alguno de imprevisión. La labor que debo en- 
cargar fuera de casa será, por lo tanto, casi en 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



151 



absoluto, la que yo no había de hacer de todas 
maneras, por falta de la necesaria habilidad. En 
semejantes labores mostraré la generosidad que 
me recomiendas para con las modistas que me au- 
xilien, haciéndolas así partícipes, en cierto modo, 
de mi felicidad. 

¡Imprevisora yo, cuando desde hace dos años 
vengo ocupándome en preparar el tromseau\ Lo 
que ocurre es que nunca lo hice con ostentación 
como otras muchachas, y que tú mismo ¡admira 
mi prudencia! tú mismo me has visto trabajar en 
él sin darte cuenta de lo que hacía . Verdad que 
tampoco te habías hecho cargo de mis relaciones 
con Pepe Mariño, prueba del decoro de las mismas 
y de la cautela de ambos. 

Ahora, al ser pública la petición de mi mano, 
hemos tenido pequeños disgustos, pues Pepe ha 
recibido algunos anónimos diciéndole horrores de 
mí, y yo otros en que me le presentan como un 
mónstruo. No sé quiénes serán las almas piadosas 
que se consagran á tan lucida tarea, pero como 
comprenderás, no han logrado el efecto apetecido. 
Pepe y yo nos hemos comunicado dichos escritos, 
y después unos y otros han sido hechos pedazos. 
El único efecto que han producido los anónimos 
ha sido demostrar la prudencia de uno de tus con- 
sejos, pues como semejante maniobra tiene que 
ser debida á algún «amigo», ó mejor aún, á alguna 



152 



OSSORIO Y BERNARD 



«amiga», hemos resuelto limitar mucho todo cuan- 
to se refiere á participaciones y convites. 

Ayer, una amiguita, al felicitarme por mi pró- 
xima boda, me dijo inocentemente: 

— ¡Y yo que creía casado á Mariño por haberle 
visto varias veces con una Dodriza y un niño de 
pecho!... 

Otra señora, ya de edad, dijo también á mamá 
con inocencia no menor: 

—Es una boda excelente, porque ese muchacho 
entiende mucho de cuentas y será un administra- 
dor inmejorable de vuestra riqueza. Siempre su- 
puse yo que acabaría por casarse con alguna rica. 

Todos estos datos nos harán, como te he dicho, 
reducir mucho la solemnidad de la ceremonia, 
prescindir en absoluto de las participaciones pre- 
vias y limitar á lo imprescindible los ofrecimien- 
tos de casa. Pero ¡Dios mío! ¿por qué ha de haber 
tantos que padecen con el bien ajeno? La Provi- 
dencia me ha hecho á mí de muy diferente mane- 
ra, y jamás he sentido envidia cuando se ha casa- 
do alguna de mis amigas, por muy brillante que 
fuera el partido; y ahora ha bastado que se sepa 
que voy á contraer matrimonio con un joven de 
modesta condición, para que se me supongan ri- 
quezas que no tengo, con el fin nada caritativo de 
constituirle á él en interesado. 

Pepe se disgustó tanto, que habló á papá ro- 



LA. VIDA. EN SOCIEDAD 



153 



gándole que no me dé nada, ni siquiera la corta 
pensión que trata de asignarme, ni un ajuar hu- 
milde; pero papá le contestó que no está dispuesto 
á sacrificarme por complacer á los envidiosos, y 
que hará en todo y por todo lo ya convenido. Tam- 
bién á mí, le dijo, me acusaron de interesado cuan- 
do me casé con Luisa, á quien llamaban en su pue- 
blo la millonario,, y ¿sabe usted los millones que 
aportó? Pues dos ó tres casucas de pueblo y unas 
tierras de labor, cuyos colonos pagaban antigua- 
mente hasta sus cincuenta ó sesenta duros al año. 
Y digo pagaban porque hace muchísimo tiempo 
que no pagan nada, y hasta me disputan, como 
otros muchos colonos de Valencia, la propiedad, 
alegando que la tierra es del que la labra y no del 
que la hereda, y como esto para ser aclarado re- 
queriría un largo procedimiento judicial y un des- 
ahucio, la ruina y el hambre para algunas fami- 
lias y un beneficio bien escaso para mí, aquí tie- 
ne usted á la millonaria Luisa reducida á los ga- 
nanciales de casa y con un vestido de lana de á 
peseta el metro. 

Pepe pareció convencido, pero nadie le ha qui- 
tado el disgustazo de suponerle movido por el in- 
terés, cuando seguramente el pobre muchacho 
no ha tenido nada más lejos de su ánimo que una 
boda de conveniencia. 

Si me contestas á ésta, aunque seguramente 



1Ó4 



OSSORIO Y BERNA RD 



no exige contestación, no te des por entendido de 
nada de lo que á este asunto se reñere; pues tanto 
papá y mamá como Pepe y yo creemos que cuan- 
tD menos se hable del particular será mejor. 

En compensación de este disgusto te añadiré, 
para terminar, que hemos recibido algunos rega- 
los dignos del mayor agradecimiento. Los criados\ 
de casa me han surtido de servilletas y toallas^ 
para toda la vida; los dependientes de la fábrica 
de papá me han obsequiado con una caja de cu- 
biertos de plata; el tendero que nos surte de co- 1 
mestibles me ha enviado seis enormes sacos de 
arroz, y una pobre vieja, á la que damos en casa 
la comida sobrante, me ha traído dos jicaras de 
loza ordinaria para chocolate (un regalo que po- 
drá valer dos pesetas, pero que acaso supone para 
la infeliz algunos días de mayores privaciones que 
las de costumbre). Puedes creer que aunque reciba 
luego muchos y muy valiosos obsequios, pocos ha- 
brá que me satisfagan tanto como éste, por demos- 
trar que también existe en la humanidad la virtud 
del agradecimiento. 

Pepe ha recibido de sus compañeros de oficina 
un reloj de oro, encerrado dentro de un estuche, en 
cuya tapa se lee la siguiente redondilla, que según 
papá no tiene mérito literario, pero que á mí me 
ha parecido muy bien, como comprenderás. 

Dice así: 



LA VIDA EN SOCIEDAD 155 

tTe vamos un don á hacer 
Que la amistad avalora: 
Un reloj que da la hora... 
Lo mismo que tu mujer.» 

Te supongo muy ocupado con tus preparativos 
de examen, y renuncio á seguir dándote cuenta, 
de estas pequeñeces que, siendo de seguro poco 
importantes para otro cualquiera, tengo la evi- 
dencia de que habrán de interesarte. 

«Te abraza tu hermana — Elena.» 




Madrid 15 de Mayo. 



Querido padre: Durante los últimos meses y á, 
fuerza de ejercer de consejero de mi hermana, 
casi había llegado á olvidar que también necesito 
yo consejos. La realidad de la vida se ha impues- 
to ahora, como tantas otras veces, advirtiéndome 
lo muchísimo que ignoro. 

— ¿Consulta tenemos? — preguntará usted al 
leer las anteriores líneas. 

Sí, querido padre; consulta de grandísima ne- 
cesidad y urgencia. En la mañana de hoy fui á sa- 
ludar al insigne abogado señor Haro. 

Su amigo de usted me recibió afectuosísima- 
meüte, y al despedirme me dijo: * 



158 



OSSORIO Y BERNARD 



— Mañana y pasado tengo quehaceres urgentes 
en Alcalá. Le espero á usted el sábado, á las ocho 
de la noche, para comer... Comida de confianza 
con mi esposa y los pasantes. 

Agradecí mucho al señor Haro su amable invi- 
tación, por lo que supone hoy su amistad y por lo 
que pueden suponer sus lecciones para el día de 
mañana; pero apenas salí de su casa empezaron á 
asaltarme preocupaciones, y no he querido perder 
un minuto sin consultar á usted, porque en este 
asunto de banquete estoy completamente á os- 
curas. 

¿Cómo debo vestir? ¿Debo acudir á hora preci- 
sa? ¿Qué debo hablar? ¿Debo servir á los demás, ó 
servirme á mí solo? 

Contésteme usted, querido padre; pero pronto, 
porque el asunto urge. Ya ve usted, hoy es miér- 
coles y la comida está señalada para el sábado. 

Muchos besos á mamá y mis cariñosos recuer- 
dos al futuro matrimonio. 

«Su hijo — Luis.» 

Valencia 17 de Mayo. 

Querido Luisito: A buena parte vienes con tus 
consultas. Pero mi deseo de que no quedes mal es 
grande, y he de procurar satisfacer tus dudas y 
escrúpulos. 

¿Cómo debes vestir? Para mí no ofrece este 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



punto dificultad alguna; no siendo un banquete 
diplomático ni oficial, que requiere frac, ni comi- 
da en fonda y con amigos, para la que basta el 
traje ordinario, se impone el término medio, y por 
lo tanto el traje que caracteriza á nuestra clase: de- 
bes ir de levita. Sin embargo, éste no es un pre- 
cepto cerrado Como antes de la fiesta podrás ha- 
blar con alguno de tus -amigos, él te indicará me- 
jor que yo lo que debes hacer y lo que sea costum- 
bre en esas casas. 

¿A. qué hora debes acudir? Ni tan temprano 
que tu presencia pueda ser molesta, ni tan tarde 
que hayas de pasar del recibimiento al comedor. 
Quince ó veinte minutos antes de la hora oficial" 7 "; 
me parece la necesaria y conveniente cortesía. Hay 
quien sostiene, en contra de este dictamen mío, 
que el convidado debe llegar á la hora exacta de la 
cita; pero tratándose de una comida particular, es 
necesario que la dueña y la servidumbre tengan 
algún tiempo para los preparativos. Por otra parte, 
si fuéramos á aceptar la exactitud cronométrica de 
los convidados, habría que recomendarla también 
al anfitrión, y si al dar la primera campanada de 
las ocho se sentasen todos á la mesa, una leve dife- 
rencia de relojes podría ocasionar la llegada de un 
convidado cuando ya se hubiera retirado el primer 
servicio, lo cual crearía una situación muy difícil 
á todos los comensales. 



160 OSSORIO Y BERNARD 

¿Qué debo hablar? dices; y en esto creo que 
tu natural discreción debió hacerte omitir la 
pregunta. Sería ridículo que, llevando tú la pa- 
labra, impidieras la general conversación, como 
lo sería que te encerrases en tan solemne silencio 
que no se te pudiera arrancar una frase. Debe ha- 
blarse con las personas más próximas, sin que esta 
conversación interrumpa ni perturbe la general, 
y atender muy especialmente á las señoras y á los 
dueños de la casa, que deben ser los que promue- 
van las conversaciones. Sobre este asunto y en 
cuanto se refiera á otros puntos de conducta, mi- 
ra, observa é imita á los que por su edad y cir- 
cunstancias puedan servir de ejemplo, no perdien- 
do jamás de vista que en este género de fiestas, 
como en tantos otros actos de la vida, hay que 
hacer abstracción de nuestros gustos para atender 
á los de los demás. 

Antiguamente, la dueña de la casa tenía, entre 
otras obligaciones, la de trinchar, sirviendo á los 
convidados, trabajo ímprobo y difícil, para el 
cual obligaba la galantería á los comensales á 
ofrecer y prestar su concurso. Y aquí de los apu- 
ros de los que ignoraban que el cordero tiene que 
ser partido en cuartos iguales, abriéndolo desde 
el pescuezo á la cola, para subdividir luego cada 
parte separando las costillas; que al lechoncillo 
hay que quitarle la cabeza y costado formando 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



161 



cuadrados; que para trinchar el pavo hay que le- 
vantar un alón y un anca de un lado y luego el 
alón y anca opuestos; que para trinchar la trucha 
hay que trazar una línea desde debajo de la cabe- 
za hasta la cola, después otra línea transversal y 
volver el pez para hacer por la otra cara la misma 
operación, etc., etc. 

Estas prolijas y difíciles operaciones, con las 
cuales si no se disponía de gran habilidad se co- 
rría el peligro de hacer volar un capón de un ex- 
remo á otro de la mesa, han pasado de moda, y 
e puede llegar á ser persona distinguida sin do- 
miuar el arte cisoria. Los platos llegan al come- 
or en forma adecuada para su distribución, y de 
ta se encargan los criados. 

De otros detalles, tales como el lugar que ha 
e ocuparse en la mesa, nada te digo, porque el 
anfitrión es el encargado de señalarlos, y respecto 
á levantar el campo, á la señora de la casa corres - 
onde dar la señal, lo cual hará una vez termina- 
da la comida, sobre todo si ha de tomarse café ó 
té en habitación distinta. Yo creo que en casa de 
i amigo Haro lo tomaréis de sobremesa. 
Si la prudente cortesía exige, como ya te indi- 
qué, que no se acuda al banquete al minuto seña- 
lado para su comienzo, con doble razón reclama 
que no se alejen en seguida los convidados. La 
sobremesa ó la tertulia acompañan siempre á estas 

11 



162 



OSSORIO Y BKRNARD 



fiestas, y sería de deplorable gusto iniciar la reti- 
rada inmediatamente después de los postres. 

No sé si asistirán señoras además de la dueña 
de la casa á la comida que me anuncias; en caso 
afirmativo, la cortesía recomienda que se les 
ofrezca el brazo para pasar al comedor y para sa- 
lir de él, sin que presida á este acto verdadera 
elección, sino el deseo de cumplir un deber de 
consideración y galantería. 

Creo que dejo contestadas, en parte, algunas de 
tus dudas, y siento no tener á mano un Código céle- 
bre de urbanidad que leí en mi juventud, en el 
cual se recomendaba que no se tirasen al vecino 
los huesos de las aceitunas, que no se hicieran pe- 
lotillas con la miga del pan, ni se sorbiera el 
caldo en la sopera, ni se tomaran cucharadas de 
eopa del plato de la persona sentada enfrente, 
porque semejante Código, imitación burlesca de 
un libro del Barón de Andilla, no te será nece- 
sario seguramente. 

Muchos abrazos de tu padre— Mariano. 




Madrid 28 de Junio de 1898. 



Querido padre: nuevamente en Madrid, desde 
"hace unas horas, me apresuro á escribir á usted, 
no tanto para noticiarle mi llegada, pues que lo 
hice esto telegráficamente, sino por otro suceso 
sensible y acompañado de circunstancias que ten- 
go precisión de especificar. 

Ante todo, recordaré las muchas cosas que han 
pasado en esta segunda quincena de Junio; mi 
-examen de cinco asignaturas que me aproxima 



164 OSSORíO Y BERNARD 

á lograr el título de Abogado; mi marcha inme- 
diata á Valencia para asistir á la boda de Elenita^. 
los ocho días que he pasado con ustedes, mientras- 
los novios, desatendiendo en parte mis consejos,, 
visitaban á Barcelona; la decisión tomada por mí,, 
con el beneplácito de usted, de volverme á Ma- 
drid á practicar en el bufete de su amigo, el ilus- 
tre jurisconsulto señor Haro, y prepararme á la 
vez para sufrir nuevos exámenes de otras asigna- 
turas en Septiembre, utilizando el régimen de la 
libertad de enseñanza; el regreso de los felices 
novios á Valencia y mi viaje á Madrid, hechos to- 
dos que se han sucedido con rapidez grandísima,, 
y no diré que vertiginosa, porque empieza á abu- 
sarse bastante del adjetivo y porque no habría-, 
gran propiedad en calificar de vértigo nada de- 
cuanto se relaciona con el metódico desarrollo- 
de nuestras vidas. 

Cuando llegué á la madrileña casa de huéspe- 
des me encontré con un sobre enlutado á mi nom- 
bre, y debajo de éste otra línea que decía: «Estu- 
diante de Derecho. Universidad de Madrid». 

Mis relaciones con los bedeles habían hecho» 
posible la llegada de aquel sobre á mis manos. 

La letra que había estampado la dirección no- 
podía serme desconocida, pues aunque algo tem- 
blona, era del sistema Iturzaeta más puro, tan 
característica de su amigo don Hermógenes Gar- 



LA VIDA EN SOCIEDAD 1*35 

'Cía, el llamado por ustedes/ «Hijo de Moratín». 

Juzgue usted de mi asombro cuando, una vez 
-abierto el sobre, vi que el muerto era ¡el mismo 
que me mandaba la invitación al entierro! 

La papeleta decía textualmente: 

EL ILMO. SEÑOR 
DON HEBMÓGENES GARGlA Y GARCIA 

JE KB DE ADMINISTRACIÓN JUBILADO 

Comendador de la Real y distinguida orden de Carlos III, Caballe- 
ro de Cristo de t ortuga!., de San Juan de Jerusalem, vocal de 
la Asamblea de la Cruz Roja, consiliario de la Ar chico f radia 
de Nuestra Señora de la Merced, Turincio Guadalavieríse entre 
los Arcades de Roma, miembro de la Scuola Dantesca de Ñapó- 
les, del Centro promotor dos melhor amentos das clases laborio- 
sas de Lisboa, de la Aca.lemia malacitana, de la Sociedad econó- 
mica matritense: 

II i fallecido, ele, 

La cita para la traslación del cadáver se había 
hecho para las once del día de hoy, y cuando re- 
cibí la invitación eran ya las once y media... Me 
apresuré, sin embargo, á acudir á la casa mor- 
tuoria, y aunque supe que el cadáver habría reci- 
bido ya sagrada sepultura, subí al aposento que 
había ocupado en vida, donde encontré llorosa al 
ama de llaves que le había prestado sus servicios 



166 0SS0R10 y bernard! 

durante treinta años, circunstancia que justifica 
la confianza con que le recordaba, repitiendo: 
I Pobre Hermógenes! 

La buena señora agradeció mucho mi visita; 
comprendió la imposibilidad material en que me 
había visto de concurrir al entierro y añadió: 
¡Cuánto lo habría sentido... si viviera! 

— Me ha extrañado, me atreví á indicar, que 
el sobre de la papeleta mortuoria estuviera escri- 
to por él. 

— Es verdad. Durante los tres ó cuatro últi- 
mos días se dedicaba, cuando el asma se lo per- 
mitía, á poner las direcciones, lamentando sólo 
tener que hacerlo en sobres sueltos, pues ahora la 
moda impone que sean las papeletas en forma de 
cartera; pero no era posible hacer la tirada lito- 
gráfica sin saber el día y la hora en que había de 
ocurrir el fallecimiento. Por eso me encargó que 
me disculpara con todos los que hablasen del 
asunto. De tal modo estuvo siempre en su caba) 
juicio, que también hizo venir á los representan- 
tes de todas las funerarias de Madrid para que le 
presentasen pliegos cerrados de las condiciones en 
que realizarían el entierro, y firmó el contrato 
más ventajoso, haciendo que le trajeran modelos 
de todo el material empleado por aquellas empre- 
sas. Para recibir el sagrado Viático, se hizo vestir 
de frac y colocar todas sus condecoraciones, y 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



167 



expuso al sacerdote en un verdadero discurso que r 
sólo la imposibilidad de moverse le obligaba á no 
salir á recibirle y despedirle, como hubiera sida 
su deber y su gusto, y dijo una y más veces que, 
como él no había tenido nunca enemigos, perdo- 
naba de todo corazón á sus amigos. 

— ¿Y no tenía parientes? 

— Uno solo, muy lejano. 

—Pues yo creía que tenía un hermano... 

— Sí, pero está en Filipinas... Por eso decía 
Hermógenes que era pariente lejano. A ese le lega 
todos sus títulos y papeles, una bellota de oro que 
le dieron en unos Juegos florales y el original de 
un libro inédito. 

— ¡Ahí Deja un libro... 

—Sí: un Manual del hombre correcto en la 
vida social. El decía que si cada español que ne- 
cesita la obra comprase un ejemplar, el editor 
se haría millonario. Por eso ha hecho heredero del 
original á su hermano, y sólo ha dispuesto, á fa- 
vor mío, del resto de sus. rentas y economías. ¡Po- 
bre Hermógenes! 

— ¿Y en qué cementerio descansa? 

— En el de San Justo, patio segundo. Allí verá 
usted dentro de poco su lápida... Es decir, ahora 
mismo se la puedo enseñar, pues en su despacho- 
la tenía guardada. 

Y me enseñó, con efecto, una lápida en relieve 



168 



OSSORIO Y BERNARD 



con el busto del finado, al que un ángel coloca 
una corona de laurel, y debajo: 

TURINCIO GUADALAVIENSE 

ARCADE ROMANO 

E. I P. 

Tal ha sido, querido padre, mi primera impre- 
sión al llegar á Madrid, encontrando en todo lo 
hecho por don HermógeDes una extraña mezcla 
de piedad cristiana y de vanidad, que no me pue- 
do explicar. Lo que yo no sabía es que hubiera 
sido poeta, y mucho menos que mereciera las co- 
ronas de laurel que para su losa sepulcral encargó 
á un escultor. 

A mamá un estrecho abrazo de mi parte; otro 
■á los novios, y ciento para usted de su hijo — 
Luis, 

Valencia 2 de Julio. 

Querido Luis: cuando recibí ayer tu carta aca- 
baba de ver en los periódicos la papeleta mortuo- 
ria del pobre Hermógenes García, buen empleado 
durante muchos años, amigo consecuente, siem- 
pre que la amistad no le reclamase sacrificios ex- 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



169 



cesivos, y poeta á ratos, aunque bajo este aspecto 
creo que la única persona que sabía apreciar sus 
merecimientos era.. . .él mismo. ¡Vaya si recuerdo 
lo de la bellota de oro, que conquistó en un certa- 
men y que hoy lega á su hermano! Como que du- 
Tante muchos días y áun meses, aquel premio fué 
el motivo, casi único, de nuestras conversaciones 
en el café, y lo que motivó que varios de sus com- 
pañeros le obsequiásemos con un celemín de 
bellotas é hiciéramos la maliciosa observación 
de que en los tiempos que siguieron á nuestro re- 
galo, tanto él como su ama de llaves habían en- 
gordado mucho. Por entonces también, fué nom- 
brado Pastor arcade de Roma, y eligió un nombre 
que quería recordar algo de su origen valenciano 
(Turincio, de Turia; Guadalaviense, de Guadala- 
viar). Respecto á su producción literaria, ni con su 
nombre prosáico ni con su sobrenombre poético, 
se le ha conocido nunca, y hasta la poesía premia- 
da con la bellota de oro creyó la malicia que no 
era suya, fundándose en que por entonces le acom- 
pañaba mucho un desdichado joven, medio muer- 
to de hambre, y que, si no gran poeta, era muy 
aceptable versificador, capaz de escribir una oda 
por un plato de callos, siempre que éste fuera 
acompañado de un par de botellas de peleón. 

Lo que está más en carácter es la obra que ha 
dejado inédita y á beneficio de su hermano, pues 



170 



OSSORIO Y BERNARD 



Dadie como él para los asuntos de cortesía; pero á 
pesar de los pesares, creo que el heredero cedería 
gustoso aquel original por los prosáicos depósitos 
del Banco y de la Caja de Ahorros y el papel del 
Estado que disfrutará en lo sucesivo el ama de 
gobierno... ó lo que haya sido, que no hemos de 
meternos en estos asuntos de conciencia. 

Comprendo las dudas que te causan los últi- 
mos actos de la vida de mi amigo; pero si medi- 
tas un poco, le verás retratado de cuerpo entero 
en la lápida. Olvídase en ella de los nombres que 
llevó en la vida, impuestos por su nacimiento y 
confirmados por la Iglesia, y sólo piensa en el 
sobrenombre literario-pastoril. De esta suerte, y 
cuando mañana cubra sus restos húmanosla lápi- 
da mandada hacer por su cuidado, en vez de la 
cristiana oración que surgiría del recuerdo del 
hombre honrado, solamente logrará promover la 
risa de los que se paren ante aquel jeroglífico de 
su coronación como poeta de la Arcadia. 

Repitamos con el ama de llaves, pero más des- 
interesadamente que ella: ¡Pobre Hermógenes! y 
pidamos que el Supremo dispensador de la verda- 
dera gloria no le tome en cuenta el pecado de va- 
nidad, si ha de disfrutar su alma del eterno des- 
canso que le deseo. 

Con independencia de todos los detalles, ya la- 
mentables, ya ridículos, de este asunto, puedes- 



LA VIDA EN SACIEDAD 



>71 



creer que la muerte de García me ha impresiona- 
do vivamente. 

Uno más de los amigos de la juventud que han 
desfilado antes que uno, mostrándonos el camino 
que todos hemos de seguir. Aún eres tú muy jo- 
ven para conocer todo lo que conmueve esa conti- 
nua desaparición de lo que formaba parte de nues- 
tra vida hace treinta años. Y ¡si vieras qué pocos 
vamos quedando de los que obsequiamos con las 
bellotas t\ pobre H^rmógenes! 

Tu madre, tus hermanos y los demás amigos 
de casa, me encargan muchos y muy afectuosos 
recuerdos para tí. Te abraza tu padre — Mariano. 



nasos ¿jrp oí ofxtf tóoao-;» a^"" 

tV^t'J Y .iiOíJíí ¿Vi £{;'">":•. 5 t'jtÚ bilí*} ckí 




Madrid 14 de Julio. 



Querido padre: En mi última carta, y aten- 
diendo á las dimensiones que la misma había ad- 
quirido por el asunto principal, ó sea la muerte de 
don Hermógenes,. dejé de exponer á usted algunas 
observaciones que me había sugerido mi entrevista 
con el ama de llaves del difunto. Hoy, ya con má& 
despacio, no creo inoportuno formular ciertas re- 
flexiones que, seguramente no le extrañarán. 

Es la primera, la lucha que entablan los esta- 
blecimientos encargados de servicios fúnebres, el 



174 



OSS'JRIO Y BERNARD 



combate de intereses que sostienen junto á la ca- 
becera del moribundo ó interrumpiendo el dolor 
de la familia del muerto. 

En el caso de don Hermó genes, semejante lu- 
cha no fué iniciada por dichas empresas, pues el 
enfermo se complacía en adjudicar en vida las par- 
ticularidades de su entierro, con pliegos de condi- 
ciones de subasta y otros detalles que denuncia- 
ban al hombre de administración; pero me pare- 
cen altamente inmorales algunos prospectos que 
he visto, ofreciendo rebajas á las familias muy 
numerosas, ó cuando haya más de un muerto en 
una casa. Estos prospectos, como la exposición de 
objetos mortuorios en lujosas tiendas del cen- 
tro de Madrid, como los comisionados que acuden 
á domicilio cuando una persona se encuentra gra- 
vemente enferma, y otras manifestaciones análo- 
gas, podrán demostrar un progreso; pero pugnan 
con muchos respetables sentimientos. 

Otra de las costumbres del día, observada des- 
de que el nuevo cementerio municipal se encuen- 
tra á gran distancia de Madrid, es la que se refie- 
re á la despedida del duelo, muchísimo antes de 
llegar al último recinto. Apena verdaderamente el 
ánimo que después de rendir tributo al cariño ó 
á la vanidad, acompañando á un carro fúnebre 
por las calles céntricas de la población, llegue la 
comitiva á la estatua del general Espartero, en la 



LA VIDA, KN SOCIEDAD 



175 



calle de Alcalá, ó á la cuesta de la Vega, si se 
trata de otros cementerios, y allí rompa filas y se 
marche cada cual en sentido distinto, dejando el 
coche mortuorio— sólo muchas veces — caminar 
por el también desierto campo hasta el cemente- 
rio que ha de ofrecer sagrada tierra al cadáver. 
La costumbre podrá ser cómoda, pero me parece 
poco piadosa. 

Tercera observación: la que se refiere á las vi- 
sitas á la casa mortuoria. ¿Debe ser una é inme- 
diata al acto de acompañar al cadáver? ¿Debe re- 
petirse todos los días del novenariu? ¿De qué debe 
hablarse en semejantes visitas?... Y no crea usted 
que lo pregunto sin fundamento, sino porque re- 
cientemente asistí varias veces á 1 a casa de un ami- 
go en que se había sufrido pérdida muy dolorosa, y 
pude observar, primero con extrañeza y después 
con hastío, que, cumplido á la ligera el deber de 
intentar algún consuelo, la conversación se gene- 
ralizaba encaminada á la política, alas modas, y 
áun á las diversiones públicas. 

Por último, usted ha visto en los periódicos la 
papeleta mortuoria de don Hermógenes, y yo re- 
cibí la papeleta litografía del mismo. ¿No es esto 
un doble é inútil gasto y una costumbre que obli- 
ga á familias visitadas por la desgracia á ocupar- 
se en asuntos molestos, por lo menos, (n tan tris- 
tes circustancias? 



176 



OSSORIO Y BERNA RD 



Expongo á usted todas estas reflexiones, segu- 
ro de que han de motivar una de sus agradables 
é instructivas contestaciones. 

Muchos abrazos de su hijo — Luis. 



Valencia 20 de Julio. 

Querido Luisito: Cuando me anunciaste en tu 
carta anterior alguna* observaciones relacionadas 
con asuntos fúnebres, supuse desde luego cuáles 
habían de ser varias de ellas. 

Nada me choca, por lo tanto, tu justa extrañeza 
por la lucha de las empresas funerarias: desgracia- 
damente, aún podría profundizarse algo más en el 
tema é incluir á algunas cofradías y sacramenta- 
les, más atentas á sus fines de provecho humano, 
que á la realización de los puramente religiosos. 
No lo haré por respetos que comprenderás perfec- 
tamente, y porque con repetición ha tratado de 
este particular la prensa periódica. 

La competencia de las empresas funerarias no 
es de hoy: los anuncios, ofertas, prospectos y ex- 
posiciones fúnebres han llegado en ocasiones has- 
ta el límite del abuso, y aún recuerdo que hace 
años tuvo que prohibir la autoridad que una de 
dichas empresas expusiera en su domicilio á puer- 



LA VIDA EN SOCIEDAD 177 

ta de calle una lujosa cámara mortuoria con cama 
imperial y féretro alumbrado por blandones. Pero 
¿qué más que lo ocurrido á mi amigo el pintor y 
académico Martínez Espinosa? Hallábase éste ata- 
cado de una enfermedad mortal; pero que no le 
obligaba á guardar cama. 

Una mañana llamaron á su puerta y, no hallán- 
dose en ella á la sazón ningún criado, acudió él 
mismo á abrir, presentándosele un desconocido. 

— ¿Vive aquí — preguntó éste — el señor Martí- 
nez Espinosa? 

— Sí, señor — aquí vive. — ¿Qué deseaba usted? 

—Pues yo soy empleado en la funeraria... tal; 
y como dicho señor está muriéndose, venía á pre- 
sentar á la familia proposiciones muy ventajosas 
para el entierro. 

Como el ilustre pintor no se parecía nada al 
difunto Hermógenes, puedes figurarte la impre- 
sión que aquello le causaría; acaso influyó en pre- 
cipitar su muerte, ocurrida pocos días después. 

La despedida del duelo es otro de los puntos 
que tratas en tu carta y á ello habré de oponer, 
como disculpa de la costumbre actual, la enorme 
distancia que hay desde el casco de Madrid al nue- 
vo cementerio municipal. 

En lo antiguo, la familia disponía y preparaba 
coches para la comitiva; más tarde «suplicó el co- 
che» á los que asistían, yendo á pié únicamente y 

12 



178 



0SS0R10 Y BríRNARD 



con velas encendidas los pobres niños asilados en 
el Hospicio, obligados á recorrer enormes distan- 
cias, sufriendo todos los rigores de la estación, ya 
los crudos fríos, ya los abrumadores y asfixiantes 
calores del verano en Madrid. La prensa, que no 
siempre hace cosas buenas, la hizo en aquella oca- 
sión, realizando una piadosa y levantada campaña 
que dió como resultado la terminante prohibición 
de aquella explotación á que se veían sometidas las 
pobres criaturas, á la sombra de la problemática 
caridad que con ellas ejercían las corporaciones 
populares. De aquellas largas comitivas de ca- 
rruajes dispuestos por la familia del muerto ó cos- 
teados por los que los ocupaban, filas de pobres 
de San Bernardino, niños del Hospicio, clero pa- 
rroquial, servidumbre del finado, etc., ya va que- 
dando muy poco. Nunca supuse, no obstante, que 
fuera tan poco como me indicas, y que la carroza 
fúnebre llegase á seguir sola su peregrinación por 
la senda que conduce á la última mansión. 

De todas maneras, esto probará sólo que la mi- 
sión niveladora de la muerte comienza un poco 
antes, haciendo que el elegante carruaje de em- 
penachados caballos vaya también solo durante 
algún trayecto, ni más ni menos que el coche que 
conduce la humilde caja de tablas mal pintadas 
de negro, llevando á tantos infelices anónimos, 
cuyos nombres no se dieron nunca á la publicidad, 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



1*79 



hasta el día en que llenaron una línea en la esta- 
dística demográfica de La Gaceta. 

Las visitas á la casa mortuoria deben subordi- 
narse á las relaciones que se tengan con la afligi- 
da familia. El hacerlas inmediatamente después 
del entierro ha caído en desuso; el repetirlas du- 
rante el novenario tampoco es costumbre, como 
las prácticas religiosas de la familia no recomien- 
den algún ejercicio de piedad, como el rezar un 
Rosario ú otros análogos. De lo que me dices acer- 
ca de las conversaciones mundanas y alegres, no 
me espanto; también en mi ya larga vida he visto 
hastante de esto, que siempre me ha parecido una 
profanación del dolor. 

Lo de las invitaciones directas á la vez que las 
papeletas en los periódicos, tiene natural explica- 
ción en el hecho de que no siempre conoce la fa- 
milia de un muerto todas las amistades ó relacio- 
nes que tuvo aquél en vida, y que, mediante este 
doble procedimiento, se cumple con los allegados 
y se noticia la desgracia á los menos amigos y á 
los ausentes. Ya ves: tú, con la papeleta que te fué 
dirigida por Hermógenes, con el sobre escrito de 
su puño y letra, hubieras podido, sin circunstan- 
cias imprevistas, cumplir el piadoso deber de 
acompañar sus inanimados restos: yo, leyendo en 
La Correspondencia de España la papeleta, pude 
oportunamente consagrarle mis oraciones para 



180 OSSORIO Y BERNARD 

que el Señor le conceda eterno descanso, allá don- 
de no llegan las aficiones poéticas ni la v&ñdad 
de los honores. 
Tu padre— M. 



O? CONSEJOS 



Madrid 15 Septiembre 1898. 

Querido padre: Como no acostumbro á leer pe- 
riódicos de modas, aún reconociendo la bondad 
■de algunos, no me había enterado hasta hoy de 
que uno de ellos, y muy acreditado por cierto, 
Tiene publicando nuestra correspondencia, con la 
«ola alteración de algunos nombres y lugares. ¿Y 
sabe usted cómo me he enterado? Pues por la her- 
mana de un amigo, á la que había consultado al- 
gunos puntos relacionados con las preguntas de 
Elena en vísperas de su matrimonio, y que siendo 



182 



OSSORIO Y BERNARD 



suscriptora del periódico, leyó mis cartas y recor- 
dó perfectamente cuanto habíamos hablado. 

Aquí está el Consejero de Estado, dijo hacien- 
do un calembourg en que jugaban mis cartas y el 
asunto que las motivaba. 

— «Consejo vendo, y para mí no lo tengo» — 
agregó su hermano, fuerte en refranes. 

— ¿Quién te manda meterte á consejero, 
no sabiendo mirar por ti primero? — 

añadió otro amigo que ha leído con fruto á Sa- 
maniego. 

— ¿Y ha seguido Elenita los consejos de usted? 
me preguntó mi amiga — porque los consejos sue- 
len pedirse para no seguirse nunca. 

— Hombre — me dijo otro amigo — ya que eres- 
tan fuerte en eso de aconsejar, ¿por qué no cobras- 
las consultas? 

En fin, querido padre, que la publicidad dada 
á nuestras cartas, no sé por quién, me ha creado 
un verdadero conflicto, pues como la malicia es 
grande, nadie se fija en los muchísimos consejos 
que he pedido, y sí sólo en los que he dado. 

No le hablaría de este asunto, poco ó nada im- 
portante, si otros de mayor entidad reclamasen 
mi atención; pero como nada de particular me 
ocurre, me servirá á lo menos para llenar esta 
carta, fe de vida de su amante hijo. — Luis. 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



183 



Querido Luis: Sospecho quién puede ser el trai- 
dor que ha llevado á un periódico de modas nues- 
tras cartas; pero callaré su nombre, porque tengo 
interés en que no le quieras mal. 

Sientoias bromas que te dan, si pueden haber- 
te molestado; pero una de las primeras, la del que 
te recomendaba que recibieras y cobraras consul- 
tas, me ha recordado un suceso madrileño de hace 
algunos años; y como yo tampoco tengo asunto 
más grave en qué ocuparme, te lo referiré, á ries- 
go de que también vayan á parar mis cuartillas 
al periódico aludido ó á otro cualquiera. 

La cuarta plana de la mayoría de los diarios 
de Madrid, que frecuentemente suele reservar cu- 
riosidades á los lectores, sorprendió á éstos una 
mañana con un anuncio de regular extensión y le- 
tra gruesa, que decía textualmente: 

»EL CONSEJERO UNIVERSAL 

■ »(la ciencia de la vida) 

»Lector benévolo: Los consejos, hasta ahora, 
»venían siendo lo que más pródigamente se da 
»por todo el mundo, y lo que con más enfado se 
»recíbe: ¿Por qué? La razón es muy sencilla: por- 
»que suelen darse sin ser pedidos. Es decir, que 
»todos se creen autorizados para servirnos de guía, 



184 



0SS0R10 Y BERNARD 



»y esto resulta para nosotros un desprestigio, 
»cuando no un insulto; algo que nos empequeñe- 
ce y deprime, y algo, en fin, contra lo cual debe- 
»mos rebelarnos y protestar. 

»E1 doctor X... que acaba de llegar á Madrid, 
» enemigo de semejante sistema, trata de llevar á 
»la práctica otro que juzga justificado y todo lo 
»perfecto que dentro de la humana condición es 
»posible. Dotado de un gran caudal de experien- 
cia, la ofrece al respetable público que quiera 
» participar de ella; pero no gratuitamente, sino 
»mediante una ligera retribución, que variará se- 
»gún los medios de fortuna del que haga la con- 
»sulta. No es justo que la experiencia ajena se 
» ponga al servicio de la felicidad propia sin que 
¡►cueste algún ligero sacrificio. ¿Se adquiere gra- 
»tis la salud del cuerpo? ¿Se adquiere gratis la 
» instrucción? ¿Se adquieren gratis otros elemen- 
tos para la vida religiosa, moral y social del 
» hombre? 

» Quien no oye consejo, no llegará á viejo, dice 
»un refrán español. 

»E1 doctor X... no llama á nadie; pero recibi- 
»rá con agrado á cuantos acudan á verle y con- 
sultarle sobre cualquier extremo humano, higie- 
»ne, derecho, economía, educación, amor, vida do- 
»méstica, vida social, todo, en suma, cuanto se de- 
»see conocer y averiguar. En algunos casos, y 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



185 



»cuando su experiencia no baste á resolver las du- 
»das, recomendará el recurso á esos especialistas 
»que se llaman médicos, jurisconsultos y otros; 
»pero siempre procurando que esto suceda el me- 
»nor número posible de veces. 

»E1 doctor X... sólo permanecerá en Madrid 
»una breve temporada, durante la cual estará 
»siempre en su gabinete, calle de Alcalá, 100. 

"Ya fo sabéis: Alcalá, lOt). 
»TA doctor X... Consejero universal 

»LA CIENCIA DE LA VIDA.» 

Tales eran los términos en que se hallaba con- 
cebido el anuncio, y que desde el primer momen- 
to motivaron las burlas de la generalidad de los 
lectores, burlas ya ingeniosas, ya sangrientas. 

— ¡Pedir dinero y dar consejos! — decía uno. — 
Si fuera á la inversa, tendría el consejero asegura- 
da una gran parroquia. 

— Doctor X... ¿En qué universidad le habrán 
dado la borla? 

— En la misma que á mi perro de aguas, que 
también las gasta. 

— Doctor X... El penúltimo de los doctores del 
alfabeto. 

— ¡Y el último de los charlatanes! 



186 



OSSORIO Y BERNA RD 



— El último en el orden cronológico... el pri- 
mero en todo lo demás. 

— Pues no os burléis de él, porque el Doctor 
realiza una de las obras de Misericordia. 

— Hasta cierto punto, pues la obra de Miseri- 
cordia consiste en dar consejo al que lo ha me- 
nester, y el sistema del Doctor estriba en venderlos 
á quien los quiera, necesítelos ó no. 

—El tal Doctor olvida sin duda ó desconoce lo 
que ha dicho Saavedra Fajardo: de que «no hay 
cosa más peligrosa que el aconsejar.» 

— Lo que debe saber en cambio es que, según 
otra frase de no sé qué autor famoso, «los que pi- 
den consejo lo hacen las más de las veces para ver- 
se aplaudidos, no para ser guiados,» y el Doctor se 
limitará á halagar á los que acudan á consultarle. 

— Pero ¡á qué tiempos hemos llegado! Anun- 
ciarse los consejos como las pastillas de Haut, la 
carne de Liebig ó el aceite de bellotas! 

— En el pecado llevará el castigo el Doctor, 
pues toda su ciencia de la vida le ha de ser escasa 
para saber cómo ha de pagar al casero. 

— Y habita en el número ciento 

— Naturalmente Es el único número que le 

corresponde ¡Dejémosle en él! 

Pero el anuncio siguió publicándose en los días 
sucesivos, y los lectores fueron llamándose unos á 
otros la atención acerca de él. 



LA VIDA EN SOCIEDAD 187 

Las bromas tomaron otro derrotero, y cuando 
se rompía un proyectado matrimonio, profesaba 
una joven ó se iniciaba una industria, se decía: 

— ¡Consejos del Doctor X! 

Bastaba que un individuo gastase una corba- 
ta muy llamativa, unos botones de novedad ó una 
alhaja extraña, para que sus amigos le pregunta- 
ran: 

— ¿Te lo ha aconsejado el Doctor X? 

Más tarde se fué sabiendo, sin que nadie pu- 
diera precisar el origen de la noticia, que diaria- 
mente paraban muchos carruajes delante del nú- 
mero ciento de la calle de Alcalá; que el Doctor X 
no gastaba túnica roja ni sombrero puntiagudo 
como los nigrománticos de las magias; que en su 
despacho, elegantemente dispuesto, no había le- 
chuzas disecadas ni esqueletos, ni sartenes mara- 
villosas en que se arrojasen de continuo productos 
orgánicos. Se fué sabiendo, por el contrario, que 
el Doctor era un hombre de edad todavía regular, 
barba canosa, mirada inteligente y porte distin- 
guido. Que. vestía con natural elegancia y sin 
afectación, y que todo acusaba en él á un hombre 
de mundo y no á un mago del antiguo régimen 
ni un charlatán á la moderna usanza. 

— Pero, hombre — se decía por alguno batiéndo- 
se en retirada — eso de pedir adelantado el importe 
de la consulta es de muy mal gusto. 



188 



OSSORIO Y BERNA.RD 



— Y de mucha prudencia — contestaba otro bien 
enterado al parecer. — Cuentan que antes de ponerse 
los actuales anuncios funcionaba ya el gabinete de 
consultas, y que uno desús primeros clientes entre- 
tuvo al Doctor toda una mañana, y al despedirse le 
dijo: «Para corresponder, señor Doctor, á sus ama- 
bles consejos, quiero darle yo otro.» «¿Y cuál es?» 
— «Que no proceda usted en lo sucesivo á dar prue- 
bas de su experiencia y buen deseo sin que le pa- 
guen, pues, puede haber algún desahogado como 
yo que no tenga dos pesetas.» Y tan agradecido 
fué aquel consejo, que el Doctor X no consintió 
con que se marchara el parroquiano sin obsequiar- 
le con un billete de cincuenta pesetas y unos mag- 
níficos cigarros habanos. Por eso ha impuesto el 
previo pago; pero de manera tan delicada, que él 
no interviene en su percibo, sino un secretario que 
lleva á la vez la estadística de las consultas y que 
recibe sin protestar la cantidad que quiere dársele. 

Al cabo de una semana las bromas fueron ce- 
diendo; el público se acostumbró á considerar co- 
mo cosa seria el nuevo gabinete de consultas é in- 
formes dignos de crédito permitieron conocer que 
la industria, si era una industria, se hallaba en 
todo su apogeo. 

El consejero[universal triunfaba déla indiferen- 
cia y de las burlas, y se hallaba en camino de rea- 
lizar una verdadera fortuna. 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



189 



Desgraciadamente para él, la autoridad guber- 
nativa, respondiendo á excitaciones de la admi- 
nistración, puso término á la industria, con verda- 
dero sentimiento de muchas personas que precisa- 
mente iban á buscar consejo al otro día. 

Cuenta esta verídica historia al que pensó de- 
cirte algo nuevo; sigue dando y recibiendo con- 
sejos; pero á la familia únicamente, pues en el 
mundo se da el triste é ingrato caso de que todo 
el que sufre un tropiezo ó realiza una mala obra 
lo hizo siempre por extraño consejo. 

Tu padre, Mariano. 



EN EJERCICIO 



DÍA DE CONSULTAS 

INFIDELIDAD CONYUGAL 
LAS DUDAS DE EPIFANIO 

Madrid 20 de Noviembre de 1898. 

Querido padre: Desde hace ocho días, uno des- 
pués de haber hecho los ejercicios de la licenciatu- 
ra, asisto durante toda la mañana al bufete del se- 
ñor Haro, donde he podido convencerme de la 
«norme distancia que existe entre la teoría y la 
práctica. 



192 



OSSORIO Y BERNARD 



Juzgábame yo uno de los alumnos más aplica- 
dos, y — ¿por qué no decirlo? — de los más aprove- 
chados de la carrera; pero en estos poquísimos días 
he podido convencerme de que no sé una palabra 
de Derecho. Esto ha constituido para mí cierto des- 
encanto, como también la enojosa ocupación que 
me ha dado el maestro de limitarme á leer infor- 
mes y providencias, antecedentes, extractos y de- 
claraciones. 

¿Cuándo dejaré todo este fárrago de papeles— 
me he preguntado más de una vez — para h: 
algo útil ó por lo meno> agradable? 

Ignoro sj he pensado f*n voz alta ó he hablado 
lo que nc debía entre los compañeros. Ei caso e¡ 
que anteayer, al despedirme del señor Haro, ést 
me dijo: 

— Luisito, mañana tengo que estar fuera d 
Madrid; y como el despacho de los asuntos no pue 
de interrumpirse, le suplico que no falte. Igua 
encargo he dado á los demás pasantes. 

— Puede estar usted tranquilo respecto á mi 
asistencia, aún cuando supone bien poco, des 
conocedor como soy de los asuntos en tramita 
ción. 

— De eso pueden encargarse y se encargará! 
sus compañeros. Usted se limitará á recibir á cual 
quier nuevo cliente, si por acaso se presentara, 
escuchar sus deseos y obrar en consecuencia. 



LA. VIDA EN SOCIEDAD 



193 



bien aconsejándole lo que juzgue más razonable 
y justo, bien aplazando todo para darme cuenta. 

— Será usted obedecido; pero creo que me tie- 
ne en un concepto que no merezco. 

Y ayer, con efecto, acudí más puntual que nun- 
ca á la casa; pero tan acobardado por el compro- 
miso en que podía verme, que sólo tenía un pen- 
samiento: — ¡Dios mío! Que no venga nadie... 

Y durante las dos primeras horas de despacho 
sólo acudieron, con efecto, muchachos de procu- 
radores á quienes despacharon mis compañeros; 
pero después entró á avisarme el portero, diciendo 
que una señora enlutada se hallaba en el despa- 
cho del señor Haro. 

—¿Vendrá á enterarse de algún pleito suyo? 

— No, señor; ya se lo he preguntado y me ha 
dicho que desea hacer una consulta urgente. 

Mis compañeros me dieron alguna broma, pon- 
derando mi suerte, al ver que era una señora la 
que me buscaba; y yo, recordando el encargo del 
maestro, me trasladé á su despacho, en el cual es- 
peraba ya una dama de aspecto distinguido y tra- 
je negro, con el rostro oculto por una tupida man- 
tilla de encaje. 

Correspondí cortesmente á su saludo; expuse 
que la ausencia del maestro sería breve, por si juz- 
gaba preferible aguardar su regreso, y en vista de 
las razones de la desconocida, no tuve más reme- 

13 



194 



0SS0R10 Y BERNARD 



dio que disponerme á escucharla. Tomé asiento en 
un sillón y me limité á decir: 

—Señora, estoy á las órdenes de usted. 

La señora se alzó la mantilla, y después de 
unos momentos de duda, exclamó con entereza: 

—Soy casada, y mi esposo me engaña. 

— En lo cual — interrumpí galantemente (aun- 
que ahora caigo que con poca oportunidad) — el 
pecado de mal gusto excede al de infidelidad. 

La señora se sonrió, demostrando que no había 
sido indiferente á la galantería, y yo continué, 
acaso para salvar el posible mal efecto de mis pa- 
labras: 

— No crea usted, señora, una vana galantería 
lo que le he dicho. Es, por el contrario, esencialí- 
simo fundamento para investigar en primer tér- 
mino si no podría usted padecer una alucinación 
que haga inútil la consulta. Las apariencias sue- 
len ser muy engañosas; el hecho que usted me de- 
nuncia es muy grave, y serían necesarias pruebas 
muy concluyentes para que quedara comprobado 
el mal comportamiento de su esposo. 

— Las pruebas son desgraciadamente irrebati- 
bles, y mi esposo ni siquiera se toma el trabajo de 
ocultar su criminal pasión. Es un reo convicto y 
confeso. La situación anómala en que me encuen- 
tro es conocida de muchísimas personas, y no hay 
quien deje de compadecerme y de compadecer á 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



195 



nuestra hija, criatura angelical de doce años y 
que entr&rá en la juventud en peores condiciones 
que si fuera huérfana. El escándalo ha seguido á 
la afrenta: enfrente de los balcones de mi casa es- 
tán los de la mujer que me ha robado el cariño de 
mi esposo. No puedo ir á un teatro sin tener la se- 
guridad de que á mi lado ó enfrente no se halle 
también esa mujer. Por un resto de pudor, mi ma- 
rido sigue habitando en nuestra casa, aunque no- 
minalmente. No he tenido resolución para llegar 
al asesinato ni para buscar la calma en el suicidio; 
y mi consulta á todas las personas de mi intimi- 
dad no ha hecho más que embrollar mis ideas y 
sumirme en las más espantosas confusiones. Quién 
me aconseja que pida el divorcio; quién que plan- 
tée una separación judicial; amigas muy íntimas 
me recomiendan que corresponda á las infidelida- 
des de mi esposo con las mías, ó que las finja, á lo 
menos, para ver de atraerle de nuevo á mis brazos; 
quién me aconseja la fuga y los viajes para olvi- 
dar al ingrato, y entre tantas opiniones ninguna 
satisface á mi corazón ni á mi dignidad. Usted 
que no me conoce y que ni siquiera me ha pre- 
guntado mi nombre; usted que por lo tanto no 
puede ver en mí más que una desgraciada mujer 
engañada por su esposo y objeto de las burlas de 
unos y de la ofensiva compasión de otros, dígame 
qué debo hacer en situación tan aflictiva. ¡Un re- 



196 ÜSS0R10 Y BERNARÜ 

medio que me alivie, aunque no me cure! ¡Si la 
felicidad no es ya para mí posible, devuélvame al 
menos la calma! 

Yo, que había escuchado silenciosa y atenta- 
mente á la dama, procurando reconcentrar mis 
ideas, dije al cabo, con acento que en nada se pa- 
recía al empleado momentos antes en mi galante 
interrupción: 

— Permítame usted, señora, que pase por alto 
algunas de sus indicaciones... El dolor, el despe- 
cho, la vergüenza pueden haberlas motivado, pero 
yo no debo autorizarlas siquiera con mi análisis. 
¡El asesinato! ¡El suicidio! ¡Llegar al crimen hu- 
yendo de la desgracia! ¡Invertir los papeles renun- 
ciando al honroso de víctima para tomar el exe- 
crable de verdugo! La ofuscación de usted es lo 
único que puede hacerle perdonar semejante locu- 
ra. Pero después de esos remedios — tristes reme- 
dios — me ha citado algunos otros que le han sido 
aconsejados con buen deseo indudablemente, que 
yo no pongo en duda, pero con escasa fortuna. Me 
ha indicado usted algo de divorcio ó separación 
judicial... Dentro de nuestra legislación sólo exis- 
te la nulidad del matrimonio, para lo cual no tie- 
ne usted causa que alegar, ó el divorcio, que, se- 
gún el código, sólo produce la suspensión de la 
vida común de los cónyuges; pena irrevocable que 
viene á herir, no sólo al culpable, sino al inoeente; 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



197 



no sólo al esposo infiel, sino á la esposa abandona- 
da. Y para colmo de males, privando á esta últi- 
ma del único consuelo, de la única felicidad que 
aún le resta en la vida. ¿Ignora usted, señora, que 
al decretarse la separación judicial, la niña, fruto 
el matrimonio, le sería arrebatada á usted para 
hacerla depender del padre? 

— ¡Pero eso es una iniquidad de la ley! 
Como la reforma legislativa no entra en el nú- 
mero de mis atribuciones, nada respondí á la in- 
terrupción, y seguí diciendo: 

— Hemos descartado el suicidio y el asesinato: 
descontemos también el divorcio y la separación. 
¿Qué queda? ¡Ah! sí, la pena del Talión; las infi- 
delidades de la mujer honrada para responder á 
las del marido libertino, ó lo que todavía me re- 
sulta más depresivo, la representación de una co- 
media de celos, que pugna con la nobleza de sen- 
timientos y la elevación de miras de usted, siendo 
incompatible con la dignidad de la esposa, con 
la grandeza de la madre, con el noble ejemplo que 
reclama de usted su hija. Y si también descarta- 
mos esta solución, ¿cuál otra nos queda? La fuga. 
Esta sería en cierto modo y para el mundo la jus- 
tificación de su esposo, el descrédito de usted y un 
arma poderosa que, blandida por la malicia, la 
haría volver á usted al domicilio conyugal en vir- 
tud del mandamiento de un juez. ¿Son esas todas 



198 



OSSORÍO Y BERNARD 



las soluciones, son esos todos los consejos que las 
personas de su intimidad le han dado para resol- 
ver su triste situación? Los consejos agradables 
no son por punto general los útiles, y todos los 
que usted me refiere, antes parecen haber sido 
dictados por el deseo de halagar á usted en sus 
rencores que para atender á su conveniencia... 
¡Qué mayor desgracia que la sola posibilidad de 
haberlos seguido! 

La señora, que me había escuchado con gran 
atención, limpiándose frecuentemente las lágri- 
mas, exclamó no sin cierta nerviosa impaciencia 
y en tono vehemente: 

— Tendrá usted razón y me complazco en reco- 
nocerlo así; pero ya que todo lo encuentra mal en 
los demás, dígame cuál es su panacea; explí queme 
los procedimientos que emplearía para combatir 
mis males y triunfar de ellos. 

— Desgraciadamente— contesté — ni los padeci- 
mientos físicos ni los dolores morales son siem- 
pre curables. Por el contrario, á ellos venimos 
sujetos desde la cuna y sería tratar de eludir di- 
vinas leyes el querer sustraernos á los mismos. 
Aceptemos, pues, nuestras dolencias, así agudas 
como crónicas, así físicas como morales, y tratemos 
solamente de hacerlas llevaderas, buscando nue- 
vos goces que compensen los perdidos. ¡Y puede 
ser tan fácil encontrarlos! Usted con su legítimo 



LA. VIDA EN SOCIEDAD 



199 



influjo de esposa puede velar todavía por su ma- 
rido descarriado sin que éste lo advierta; puede 
usted convertir su hogar en un templo de virtu- 
des, cuya tranquilidad y encantos habrá de echar 
de menos más de una vez el marido desleal, cuan- 
do las agitaciones y los peligros de su irregular 
existencia le hagan anhelar algo que sabrá sentir 
y que no podrá explicarse; puede usted, modelo 
de virtudes domésticas, formar á su imagen á la 
tierna criatura que el cielo le ha dado, y fortale- 
cida por el cariño de ésta y por su propio proce- 
der, esperarlo todo de Dios y de las circunstan- 
cias. Si no puede usted ser esposa feliz, limítese á 
ser madre, digna de tan sagrado nombre, y en el 
cumplimiento de esta misión podrá encontrar ali- 
vio á sus desventuras y lenitivo á sus dolores. Des- 
pués... ¡es tan grande la escala de los dolores!... 
en el alivio de los ajenos podrá usted encontrar 
también consuelo para los propios, y cuando le 
falte la fe ó sienta usted que su fortaleza vacila, 
acuda á lo que está por encima de todo y de todos, 
á lo que es bálsamo de los padecimientos humanos; 
á la oración, que puede darle resignación para lo 
presente y abrirle nuevamente para el porvenir las 
puertas de la esperanza. Además, ¡quién sabe! El 
que hoy se siente arrastrado por la culpa puede 
sufrir mañana los acicates del remordimiento; su 
corazón, ahora insensible hacia el amor conyugal, 



200 



OSSOR10 Y BERNARD 



puede hacerle conocer mañana la nostalgia de las 
tranquilidades del hogar y del cariño paterno, y 
si entra en los designios de la Providencia que 
nada de esto suceda y que la desgraciada suerte 
se perpetúe, fortalecida usted con su propio deco- 
ro y con el amor de su hija, verá correr los años 
de su existencia resignadamente y entrará en la 
ancianidad no teniendo que acusarse de nada y 
sin que el remordimiento haya contribuido á la 
nieve de sus cabellos. ¿Conoce usted al poeta Ba- 
lart? 

La señora hizo un gesto negativo . 

— Pues bien: los poetas suelen dar en ocasiones 
fórmulas que ro desdeñarían los más eminentes 
moralistas y los filósofos más profundos. Vea us- 
ted lo que dice Balart tratando de la lucha eterna 
de la vida. 

Y abriendo un volumen que por haberlo con- 
sultado momentos antes tenía al alcance de mi 
mano, leí los siguientes tercetos finales de un her- 
moso soneto: 

«¡ Ah! Si es fuerza, Señor, morir de frío 
ó avivar el incendio; si te plugo 
que haya el hombre de ser débil ó impío; 
si hay que imponer ó que sufrir el yugo, 
entre verdugo ó víctima, ¡Dios mío! 
víctima quiero ser y no verdugo.» 

Ya ve usted, señora, cómo el doloroso papel 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



201 



que á usted ha correspondido puede tener también 
sus encantos. Alejandro Dumas ha dicho, conse- 
cuente en su escepticismo, que, por punto gene- 
ral, se piden los consejos para no seguirlos. En el 
caso concreto que ha movido á usted á honrar este 
gabinete, yo tengo la seguridad de que habrá de 
seguir el mío. 

La señora se había puesto de pie y dejado caer 
sobre el rostro la mantilla. 

Yo la acompañé respetuosamente hasta la 
puerta; pero cuando me disponía á volverme al 
despacho de los pasantes, el criado me advirtió 
que me aguardaba un lugareño, hombre de cierta 
edad, desde poco después de llegar la señora enlu- 
tada. 

— ¿No será para algún asunto en trámite? 
— No señor, que viene á consultar. 
—Que pase. 

Y poco después tenía delante de mí á un la- 
briego anciano, que entró diciendo: 
— ¡A la paz de Dios! 
— Adelante, adelante. 

— Pues yo vengo de parte del médico don Blas, 
«u condiscípulo... 

— Condiscípulo del señor Haro, sin duda. 

— Lo mismo da. 

— ¿Y está bueno ese señor? 

— ¡No hay rayo que le parta! 



202 



OSSORIO Y BERNARD 



— Ni es necesario. ¿Y en qué puedo servirle? 

— Pues él me encargó que le trajera unos libros 
que quedan ahí fuera, y yo de paso me he dicho 
que podría dirigir á usted una consulta, pues don 
Blas me ha dicho que usted es un sabio... 

— El señor Haro ¿no es esto? 

— Lo mismo .da... Pues que consulte á usted, 
para ver si me ilustra y me quita la comezón que 
me impide dormir. 

— ¡Ah! ¿Usted padece de insomnios? 

— Diré á usted; yo antes dormía mis trece ó 
catorce horas ó más si se terciaba, porque los mu- 
chachos eran pequeños; pero ahora han dado en 
crecer y ya no puedo dormir. Porque es lo que yo 
me pregunto: Epifanio — porque yo me llamo Epi- 
fanio. 

— Supone poco... 

—Epifanio, cuando cierres el ojo, ¿qué va á ser 
de esos chicos? Eso es lo que yo quiero que usted 
me diga. 

— Algo difícil es; pero si se explica un poco 
más... ¿Tiene usted bienes de fortuna? 

— Una poca labranza; pero la epizootia ha ata- 
cado á mis campos y el oidium á mis ganados... 

— Al revés. 

— Para el caso es lo mismo. El hecho es que mi 
hacienda ha venido muy á menos, y que como mis 
hijos no sirven para nada, tendrán que verse ne- 



LA VIDA EN SOCIEDAD 203 

gros para ganar un pedazo de agua y un sorbo de 
pan. 

— Al revés. 

— Crea usted que para el caso es lo mismo. 
— Sí; pero para entenderlo no es igual. 
— Por eso me estoy preguntando siempre: Epi- 
fanio — porque yo me llamo... 
— Adelante. 

— ¿Qué va á ser de esos muchachos? 

— ¿No siguen carrera ni oficio? ¿No tienen ocu- 
pación? Lo primero en los padres debe ser estu- 
diar la vocación de sus hijos para facilitarles que 
la sigan y adquieran un medio decoroso de vida. 

— Ahí quería verle á usted; en eso de la voca- 
ción, porque mis chicos no tienen ninguna. 

— Veamos, veamos... Usted les habrá observa- 
do... Ante todo, ¿cuántos son? 

— Cuatro, mal contados. 

— ¿Cómo mal contados? Eso no es posible. 

— Mal contados, porque uno de los chicos no 
es chico, sino chica, y ya me la rondan los mozos 
del pueblo, porque á ninguno de ellos le disgus- 
taría casarse con una buena muchacha y tres ó 
cuatro pares de muías. 

— ¡Vamos..., por eso descuenta usted uno de 
los cuatro! 

— ¿Y no hago bien? Me quedan, pues, para 
darme dolores de cabeza, Epifanio, porque el ma- 



204 



OSSORIO Y BERNARD 



yor, que tiene veintidós años, se llama también 
Epifanio; Claudio, de veintiuno, y Domingo, de 
veinte. Epifanio me dió un chasco cuando niño, 
haciéndome creer que tiraba para la Iglesia, pero 
luego supe que sólo iba á ella para beberse en la 
sacristía lo que quedaba en las vinajeras. Le puse 
á la escuela, y á los pocos meses el maestro acu- 
dió al ayuntamiento, diciendo que ó le subían el 
sueldo ó le quitaban el chico, y el ayuntamiento 
me lo comunicó, añadiendo que ó retiraba al mu- 
chacho ó me doblaban la contribución. Quise po- 
nerle á la labranza; pero cada día que salía á las 
tierras me encojaba una caballería y en cam- 
po por el que anduviera no volvía á brotar la 
hierba. 

— ¿No le gusta siquiera la música? ¿No toca 
ningún instrumento? 

— Allá por las Pascuas toca la zambomba, y no 
lo hace del todo mal; pero ya ve usted que eso no 
basta para ganarse la vida. 

— Ciertamente, y que correría el peligro de 
que le llevasen á la cárcel. En fin, pensaré acerca 
de Epifanito. Dígame entretanto algo de Claudio. 

— Ese fué también á la escuela, pero hubo que 
sacarle, porque no pasaba día sin que rompiera 
la cabeza á alguno de los demás muchachos. No 
deja de ayudarme en la labor; pero todos los mo- 
zos están señalados por su mano, y las noches que 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



205 



sale de ronda, ya es sabido que despierta en la 
cárcel por herir á alguno de sus compañeros. El 
no lo hace por malas; pero como tiene muy dura 
la mano, y muy mal vino, saca por juego la na- 
vajilla y allá va un hombre rodando al suelo. 

—Ese no debe preocuparle á usted . . ¿Y el ter- 
cero? ¿Qué hace el simpático Domingo? 

— ¡Ah! Ese es muy bromistay nos hace reir las 
tripas á todos. En la escuela puso una vez en el 
sillón del maestro una porción de alfileres con la 
punta hacia arriba, y ya puede usted figurarse la 
broma que habria. En otra ocasión colocó por 
burlas en la ventana de casa del alcalde un car- 
tucho de pólvora que al estallar se llevó el techo 
y rompió todos los cristales, salvándose de mila- 
gro la familia por estar en las eras. A otro mozo, 
mientras dormía la siesta, le sujetó el pelo con 
una cuerda que ató á un árbol, y después le des- 
pertó haciendo en burlas que le iba á disparar un 
tiro, y al querer aquél levantarse y huir se dej6 
todo el pelo en la cuerda. 

— ¿Y no hace cosas más útiles? 

— El dice que los domingos se han hecho para 
descansar, y como se llama Domingo no trabaja 
nunca. ¡Es muy gracioso! 

— Mucho, pero ahora comprendo bien que sus 
tres alhajas le quiten el sueño. ¿Y no les ha corres- 
pondido el servicio militar? 



206 



OSSORIO Y BERNARD 



— Para eso han tenido una suerte loca. A nin- 
guno de ellos le ha llegado el número. 

—¿Ni les da por los viajes? Porque en las repú- 
blicas americanas ó en la isla de Fernando Póo 
podrían hacer suerte. 

— No señor. No quieren salir de Vallehondo, 
que es nuestro pueblo. Un gran pueblo, con su 
ayuntamiento, su puesto de la guardia civil y has- 
ta un juzgado que van á llevarle ahora. 

— Malo es que tengan tanto apego á su pueblo 
natal, porque voluntariamente al menos no se ale- 
jarán de él, y en las condiciones de los muchachos 
ha de ser á usted difícil llenar los deberes de pa- 
dre, que consisten en guiar á los hijos desde la in- 
fancia, estudiar sus aficiones y sus aptitudes, afi- 
cionarles al trabajo, base primera del bienestar 
y acaso de la fortuna, hacerles comprensible y gra- 
to el cumplimiento de todos sus deberes de hijos 
y de ciudadanos, alejar con el consejo los peligros 
que puedan amenazarles y colocarles en posición 
de vivir por sí mismos. De esta suerte las dudas y 
los temores no turban el sueño á los padres, y á la 
hora de la muerte pueden entregarse al descanso 
eterno, satisfechos de haber cumplido su misión. 

— Algo de eso suele decir el cura del pueblo; 
pero mi Epifanio se encoge de hombros; el Clau- 
dio creyendo una vez que lo decía por él, le tiró 
una pedrada que no le dejó en el sitio porque la 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



207 



teja disminuyó la violencia del golpe; y Domingo 
le esperó una noche por broma á la salida de vís- 
peras y le tiró de cabeza en el abrevadero. Conque 
dígame usted qué hago con esos diablos de mu- 
chachos. 

La pregunta era seguramente de difícil con- 
testación; pero buscando quitarme de encima á 
aquel importuno, le preguntó: 

—¿No me ha dicho usted que en su pueblo hay 
juzgado, puesto de la guardia civil y ayunta- 
miento? 

—Eso dije y así es lo cierto. 

— Pues bien; creo que lo tiene usted resuelto 
todo. El simpático Epifanio puede suplir perfecta- 
mente á las muías que él estropea, ya procurando 
el riego de la huerta con el trabajo de la noria, ya 
en la tracción y acarreo de las mieses, y cuando 
llegue á la mayor edad, que ya le falta poco, po- 
drá ser concejal y hasta empuñar la vara de al- 
calde. 

— Algo, algo de eso había pensado yo. 

— Y muy discretamente. 

— Bien, ¿pero y Claudio y Domingo? 

— Ellos recorrerán la carrera á que muestran 
vocación tan decidida. No puede suponerse otra 
cosa desde el momento en que hay en Vallehondo 
juzgado de primera instancia y puesto de la guar- 
dia civil. 



208 



OSSORIO Y BERNARD 



Cod esto se marchó mi hombre, y, por fortuna, 
no tuvo sucesor en el despacho, pudiendo termi- 
nar tranquilamente el día. 

Hoy he dado cuenta al señor Haro de una y de 
otra visita, y ha aprobado resueltamente cuanto 
dije á la señora. En lo de la visita del labriego só- 
lo me ha dicho que por qué le habría dado tanta 
conversación. 

Conque, ya ve usted, querido padre, á su hijo 
actuando de persona grave y reemplazando nada 
menos que á ano de los primeros abogados de 
Madrid. 

Mil abrazos de su hijo, — Luis. 



RECOMENDACIONES 



PATERNALES. 



Valencia 25 Noviembre 1898. 

Querido hijo: Tu carta última me ha produci- 
do el contento que puedes imaginar, pues si la mi- 
sión paternal ofrece numerosos sinsabores y hondas 
udas mientras que los hijos no pueden marchar 
or si solos en la senda de la existencia, dismi- 
uye notablemente la preocupación al verles en- 
aminados segura, aunque modestamente, hacia 
a porvenir, después de vencer en cuanto es posi- 
le las necesidades del presente. 

14 



210 OSSORIO Y BERNARD 

Algo me ha extrañado que mi amigo el insig- 
nejurisconsulto, señor Haro, te encargase, siquiera 
fuera por un solo día, su despacho para las consul- 
tas nuevas, y no sé si pecaré de suspicaz y malicio- 
so al presumir que habrá sabido tus impaciencias 
y querido someterte á una prueba, pequeña come- 
dia no exenta de peligros. 

Y en este pensamiento me confirma el carácter 
de las dos consultas: la primera, presentando uno 
de los problemas de más difícil resolución en la 
vida social, y la otra, ofreciendo el eterno tipo de 
los individuos que en todos los órdenes parece que 
tienen á gala aburrir al prójimo, sobre todo cuan- 
do este prójimo es abogado ó médico. Por eso no 
creo en la afligida esposa ni en el paleto socarrón 
de tu carta. Lo que no me indicas es si tomaste 
sus nombres y señas para pasarles nota de hono- 
rarios, pues, si no lo has hecho, creo que el amigo 
Haro no logrará grandes beneficios con las con- 
sultas de su suplente. 

Terminado este punto y sin grandes quehace- 
res yo por el momento, quiero en esta carta, que 
probablemente será la última de consejos y reco- 
mendaciones paternales, darte algunas instruccio- 
nes para la vida, que podrán ser difusas, pero que 
no me parecen inútiles ni ociosas. 

Empezaré por algo que se relaciona con la no- 
ble profesión que has elegido, aunque en este pun- 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



211 



lo sospecho que tú podrías darme lecciones, á po- 
•co que quisieras hacerlo. 

Cuida ante todo, hijo mío, de observar en la 
vida social una conducta irreprochable. Esencial 
es para el abogado el talento, pero tanto ó más lo 
es la rectitud en el obrar; que al fin y al cabo, 
aquél es merced divina, y como tal sólo se encuen- 
tra al alcance de los privilegiados, mientras que 
ésta es obra de la voluntad y el que no la observa 
lleva tacha de indisciplinado y pecaminoso, con 
lo cual, excusado es decirte que no puede captarse 
la confianza de los demás. 

Al abogado entrega la mujer los más íntimos 
secretos de su decoro, el padre los problemas de 
la familia, el joven los extravíos de su inexpe- 
riencia, el negociante los excesos de su codicia, 
el inocente la candidez de sus acciones, el crimi- 
nal la magnitud de sus yerros. 

...¿Cómo confiar tantos y tan sagrados depósi- 
tos al hombre de conducta irregular, de apetitos 
desordenados y de proceder dudoso? Imposible. La 
mujer le supondrá lúbrico, el padre informal, el 
joven falto de seso, el negociante interesado, el 
inocente pervertido y el criminal compañero de 
idéntica calaña. 

Puede tolerarse un devaneo mujeril, una pa- 
sión por el vino ó una sed de emociones violentas 
conseguidas en derredor de la mesa del juego, á 



212 



OSSORIO Y BERNARD 



aquel cuya vida profesional termina al salir de la 
oficina, del cuartel ó del escritorio, pues si de- 
puertas adentro está obligado como cada cual á 
cumplir los deberes de su misión, de puertas afue- 
ra es dueño de sus actos y no tiene que guardar 
otras consideraciones que las que le merezca su 
propia dignidad. Mas el que viste toga ha de ser- 
abogado en cualquier momento y en todas las si- 
tuaciones. No ha de reir la obscenidad en el tea- 
tro, ni llamar la atención en la calle, ni quebran- 
tar la circunspección en la consulta, ni olvidar en 
ningún instante las leyes de la severidad y de la 
cortesía. Abogado de gran inteligencia pero con 
alguna tacha en su vida de relación, es algo así 
como arca de caudales de bruñido acero en el ex- 
terior y de podridas tablas por dentro. Ni en esta 
guardarías tu dinero, ni á aquél revelarías las te- 
nebrosidades de tu conciencia, pues si en la una 
lo desvencijado de la armazón hace inútiles las 
apariencias de seguridad, en el otro la influencia 
de las malas pasiones desbarata las aparentes ga- 
rantías que ofrece el estudio. 

Con tal rigor has de observar las reglas indica- 
das que aún en detalles tan nimios como el de ves- 
tir, dejarás sentir su preponderancia. Si vistes con 
descuido un traje deteriorado y sucio, te tomarán 
por mendigo de la profesión, necesitado de lo más- 
indispensable para la vida y dispuesto á la inmo- 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



213 



ralidad, que suele ser descendiente directa de la 
miseria. Si, por el contrario, te acicalas, retocas y 
perfumas con demasia, gozarás fama de adamado 
y necio, y se dirá de ti que antes te ocupas de la 
ponderación de tus atractivos que de las necesida- 
des de los clientes y de los intereses de la justicia. 

Por lo tanto, tu indumentaria habrá de ser se- 
Tera, sin afectación y pulcra sin afeminamiento? . 

Esto que te digo del traje has de hacerlo exten- 
sivo á las demás manifestaciones del trato con tus 
semejantes, pues has de tener presente que si es 
asequible á cualquiera un regular conocimiento 
•de la física y de la filología, de la jurisprudencia 
y de la medicina, es, en cambio, patrimonio de 
muy pocos el equilibrio de las facultades anímicas. 

Así, el letrado no ha de ser ni agresivo ni co- 
barde, ni desenfadado ni medroso, ni charlatán ni 
escaso de palabras, ni confianzudo ni ñoño, ni en- 
fático ni dicharachero. Ya ves si esto es difícil. 

Para merecer la consideración de los demás, es 
también indispensable que pospongas tus intere- 
ses á los ajenos, cediendo en tu conveniencia an- 
tes que contender con los que fueron tus patroci- 
nados, pues nada.hay de peor efecto que acusar 
. hoy de tramposo, informal y fullero á aquel de 
quien pocos días antes se decía que era incapaz 
de toda acción mala y espejo de personas inta- 
chables. 



?14 OSSORIO Y BERNARD 

Te aconsejo asimismo que en la defensa de lo» 
asuntos empeñes siempre tus aptitudes, tu estu- 
dio, tu tiempo, tu descanso y tu salud, pero jamá& 
tu corazón. El inmortal Cortina decía, hablando 
de sus pleitos: «los defendí como propios y los sen- 
tí como ajenos». Aprende la máxima y no la olvi- 
des nunca, porque aparte de que sería insensatez, 
notoria interesarte personalmente en las penalida- 
des de millares de personas, el disgusto que te to- 
maras por los dolores de los unos, vendrían á pa- 
garlo los derechos de los otros. Bien comprendes- 
que esto no puede ser. El cliente que hoy requie- 
re tu auxilio necesita que uses tus facultades con, 
toda tranquilidad, y no puede tolerarte que, azora- 
do por el infortunio del cliente del día anterior, le 
prives á él del fruto de tu estudio, de la serenidad 
de tu criterio y de la corrección de tu palabra. 

En suma, considera que el abogado ha de fun- 
dir en un solo molde la virtud del sacerdote, la ma- 
durez del científico, la jovialidad del comerciante 
y el dominio de la escena como el actor; que má& 
que al estudio de los comentaristas ha de atender 
al del corazón humano, y que debe tener siempre el 
cuerpo sano, la inteligencia despierta, la voluntad 
firme, el carácter dulce y la conciencia tranquila. 

Todo esto, queridísimo hijo, se refiere exclusi- 
vamente á tu carácter profesional; pero como una 
vez fuera de tu despacho habrás de alternar en so- 



LA VIDA EN SOCIEDAD 215 

ciedad con muchas clases de personas, debo recor- 
darte que no dejes de leer una y muchas veces la 
correspondencia, cambiada entre nosotros. Y aquí 
queda demostrada la conveniencia de que hayan 
sid© llevadas al público nuestras cartas, con lo 
cual alguien, acaso, más que nosotros, podrá en- 
contrar en ellas útiles enseñanzas. 

Con haber sido muchos los asuntos tratados en 
ellas, aún temo fundadamente que haya quedado 
muchísimo por decir. En ellas, por ejemplo, á 
fuerza de expresar lo que debe hacerse en el mun- 
do de las relaciones, creo que se nos ha pasado un 
punto esencial: el de las cortesías y deferencias 
con los desconocidos, merecedores de toda consi- 
deración. Por incidencia, y en algunos casos de- 
terminados, hemos dicho algo, pero nó todo lo que 
debe decirse. 

Vas por las calles, acudes á un paseo, entras 
en un comercio, asistes á una función teatral... y 
en todas partes encuentras personas que no tratas, 
algunas conocidas de vista, otras extrañas en ab- 
soluto; entidades todas de la misma sociedad en 
que tú formas y que reclaman el cumplimiento de 
determinados deberes. Seguramente que no es po- 
sible formar un código de cortesía para las mu- 
chas y complejas cuestiones que se te pueden pre- 
sentar; pero no es menos cierto que no lo necesi- 
tas, y que más de una vez habrás notado con dis- 



216 OSSOKIO Y BERNARD 

gusto, ya que algunos individuos utilizan en su 
provecho una estrecha acera, mientras que las se- 
ñoras tienen que salirse al empedrado; ya que 
unos mozalbetes emplean un lenguaje procaz y 
repugnante delante de algunas persona^ respeta- 
bles por su edad, estado ó padecimientos; ya que 
los llegados los últimos á cualquier punto preten- 
den entrar los primeros; ya que en puntos donde 
la casualidad reúne á personas desconocidas entre 
sí, no falta quien pretenda monopolizar la aten- 
ción hablando de sí mismo, ó tratando en alta voz 
de asuntos reservados. Nada te diré de los que in- 
terrumpen lo que dicen con juramentos y palabras 
mal sonantes, proferidos á veces en muy alta voz, 
porque nunca te he conocido semejante costum- 
bre y menos has de tenerla ahora. 

Será muy conveniente que huyas de todo pre- 
juicio respecto á las personas; que no creas desde 
luego y sin examen en famas artificiosamente 
creadas; pero que tampoco niegues merecimientos 
ni créditos bien adquiridos. Acaso convenga una 
prudente rebaja en muchos merecimientos ajenos, 
pero ni muy excesiva ni muy sistemática. 

No imites, en una palabra, á un individuo que 
yo conocí, y á quien llamábamos el «Tío Paco,» 
por sn eterna costumbre de rebajar cuanto delan- 
te de él se decía, bueno ó malo (bueno sobre todo), 
de otras personas. Y al darle el nombre que recor" 



i 



LA. VIDA. EN SOCIEDAD 



217 



daba el proverbio y pintaba su carácter, olvidába- 
mos el de Jerónimo, que fué el que le impusieron 
en la pila bautismal en los años últimos del pasa- 
do siglo sus padres el rico mayorazgo don Diego 
de Lanuza y Portábales y su consorte doña Virtu- 
des de Lezama y Zubizarreta. 

En la época en que yo conocí á don Jerónimo, 
contaba ya éste edad muy respetable, y era solte- 
ro, porque siempie se había obstinado en rebajar 
mucha parte de las ventajas con que le pintaban 
el lazo matrimonial. Dábase excelente trato, fre- 
cuentaba paseos y sitios públicos, vestía atildada- 
mente y contaba gran número de buenas relacio- 
nes; pero lo verdaderamente característico en él 
era la sonrisa benévola que contraía sus labios de 
continuo, sobre todo cuando dejaban paso á sus 
volterianas observaciones respecto á cuanto se ha- 
blaba en su presencia. 

— Don Jerónimo — le decían;— ¿será verdad eso 
que se cuenta de que el nuevo empréstito ha vali- 
do al ministro dos millones de comisión? 

— No lo creo... la mitad de lo que se dice es 
siempre mentira. 

— Pues no le vendría mal para dotar á su hija, 
que va á casarse, porque la tal señorita es de di- 
fícil salida. Cuentan que ha tenido dos hijos con 
un amante. 

— Rebaje usted. . . rebaje usted siquiera la mitad. 



218 OSS0R1O Y BERNARI) 

— Dicen que don Fulano tiene un talento enor- 
me. 

— Voces que hace correr él. 

— Pero, don Jerónimo, ¡usted no cree nada! 

— Sí que creo; sólo que como la humauidad e» 
tan propensa á las exageraciones y á la hipérbole, 
me permito rebajar un poquito. 

— Vamos, ¿no cree usted en el valor del gene- 
ral X? 

—Ya lo veremos cuando se encuentre con un 
médico á un lado, un escribano al otro y un con- 
fesor acercándose á su cama. 

— Pero, don Jerónimo— me atreví á decirle una 
vez, á pesar del respeto que por su edad le guar- 
daba, — ¡siempre ha de estar rebajando usted cuan- 
to se a< Imite por todo el mundo! 

— Señal de que el mundo suele aumentar más 
de lo justo — me contestó. — Y si no, fíjate un poco 
y me darás la razón. En la humanidad, como es 
natural y lógico, debe haber bueno, mediano y 
malo... ¿No es cierto?... Pues bien; coge un diario 
cualquiera, lee en él las noticias relativas á los 
que mueren, y observarás que todos fueron prodi- 
gios de preclaras virtudes, dignos de ser elevados 
á los altares. ¿No será bien que en vida les rebaje- 
mos algo? 

— Bueno— observé;— pero eso es cuando mue- 
ren, que por algo se ha llamado al momento de la 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



muerte «el día de las alabanzas», pero mientras 
viven... 

— Mientras viven pasa exactamente lo mismo. 
No me neg-arás que en todas las profesiones hay 
personalidades ilustres, otras aceptables á lo sumo, 
muchísimas que son una calamidad... Pues fíjate 
en cualquier periódico y aprenderás que no hay 
magistrado que no sea integ'érrimo, g-eneral que 
no sea bravo, poeta que no sea inspirado, artista 
que no sea ilustre, actor que no sea genial ó cuan- 
do menos concienzudo, político que no sea cose- 
cuente, abogado que no sea elocuentísimo... Pero, 
señor, tenemos que exclamar muchas veces, ¿dón- 
de se ocultan en España las medianías?... Por eso 
hay que rebajar siempre, que rebajar mucho, y 
sólo así nos acercaremos un poquito á la realidad 
de las cosas. 

Tal era el bueno de don Jerónimo y tal la base 
de su carácter, que no se desmintió un solo mo- 
mento hasta que, atacado de una pulmonía, se vió 
obligado á recurrir á los médicos, cuya ciencia 
había puesto siempre en duda, y éstos hicieron de 
su dolencia un diag-nóstico acertado y un pronós- 
tico funesto. Y como de éstos no pudo rebajar nada 
el enfermo, murió, después de encargar que se 
diera á su muerte la menor publicidad posible, 
para evitar exageraciones de dolor de cuantos le 
conocían. 



280 



OSSORIO Y BERNARD 



Ocurrió este suceso hace más de treinta años, 
y desde entonces no he olvidado nunca á mi an- 
ciano amigo; y cuando leo proezas de unos, virtu- 
des de otros, riquezas.de éstos ó abnegaciones de 
aquéllos, no puedo menos de exclamar: 

— ¡Si viviera don Jerónimo!... 

Pero conste que esto lo pienso en mi fuero in- 
terno y lo digo para el cuello de mi camisa ó á lo 
sumo, á lo sumo, en el seno de la más prcbada 
amistad, porque en el mundo no se puede ir contra 
la universal corriente y hay que rendir culto, más 
que á la justicia, á las buenas formas. 

¿Te has fijado en lo mucho á que estas formas 
obligan? Voy á ponerte algunos ejemplos: 

— Beso á usted la mano — decimos á un tran- 
seúnte. 

— ¿Quién es ese á quien tratas con tanto res- 
peto? 

— Un bribón; en su juventud capitán de un bu- 
que negrero, y cuando *fué imposible la trata de ne- 
gros se dedicó á la venta de blancos como agente 
de reemplazos y sustituciones. Merece estar en pre- 
sidio. 

— Pero tú le besas la mano... 
— Hombre, las buenas formas... 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



221 



— A los piés de usted, señora. 
— ¿Quién es? 

— Una grandísima pecadora, de quien se dice 
si envenenó á su marido ó no, para heredar una 
fortunilla y recobrar completa libertad para sus 
devaneos. 

— La tratabas con un respeto... 

— ¿Y qué hacer?... En las intimidades de su casa 
la conocemos por «Lunares» causa de los muchos 
que tiene; pero en la calle hay que tratarla con la 
consideración que merece una señora. 



En el templo de las leyes se escucha frecuente- 
mente. 

— Su señoría es un concusionario, dicho sea con 
todos los respetos debidos. 

— Y su señoría es reo de infinitos asesinatos co- 
metidos al amparo de la ley. 

— ¡Insolente! 

— ¡Canalla! 

— Me explicará S. S. esas reticencias. 

La presidencia interviniendo: Nada hay que ex- 
plicar, ni nada que pueda ni deba molestar á los 
señores diputados. El honor de todos está bajo la 
custodia del que preside, y la presidencia declara 
que aquí nada se ha dicho, directa ni indirecta- 



222 



f SS0R10 Y BERNARD 



mente, de cerca ni de lejos, que pueda lastimarla 
exquisita susceptibilidad y la honra inmaculada de 
los Sres. Diputados, que en sus últimas declaracio- 
nes, tanto han logrado levantar el actual debate. 

Ante los tribunales de justicia — y no lo lleves 
á mal, ¡oh ilustre jurisconsulto!— dice el defensor 
de una de las partes: 

— Nunca hubiese sospechado que una fortuna 
que tuvo su origen en los caminos reales; que se 
aumentó luego en subastas de víveres, dejando 
hambriento al soldado y que ahora sostiene gran- 
des talleres de falsificación de billetes, títulos y 
valores, pudiera encontrar persona que vistiendo 
nuestra honrosa toga la defendiera. Mi dignísimo 
compañero el abogado de la parte contraria, me 
demuestra con su presencia el error en que estuve 
y me prueba que no hay asunto, por repugnante 
que parezca, que quede indefenso ante nuestros 
tribunales. 

Y dice el abogado de la parte contraria: 

— Mi cliente tiene la desgracia de ser inmensa- 
mente rico, lo cual explica que no- pueda vivir 
tranquilo un solo día, sin que atenten ásus rique- 
zas los espadistas en su casa, los atracadores en la 
vía pública, y los jurisconsultos, como el dignísi- 
mo compañero que me ha precedido en el uso de 
la palabra, ante los tribunales de justicia... 

Y terminada la vista, los dos abogados se diri- 



LA "VIDA EN SOCIEDAD 



223 



gen uno hacia al otro, no para acometerse, sino 
para estrecharse las manos, diciendo: 

— ¡Admirable, compañero! 

— ¡Compañero, sublime! 



En el gabinete inmediato al dormitorio en que 
el enfermo lucha entre la vida y la muerte; pero 
más cerca de ésta que de aquélla, como lo acredita 
la consulta de doctores que está celebrándose, uno 
de ellos, que por sus blancas patillas y pausado 
hablar, es escuchado con el mayor respeto por sus 
compañeros todos, hace al parecer el resumen de 
los debates seguidos. 

— La dolencia — dice — se presentó como siem- 
pre, franca, tímida y fácil de ser dominada; pero 
tropezó con mi dignísimo amigo y compañero el 
médico de cabecera, stultus magister, que dice el 
gran profesor de los siglos medios, y ya para el en- 
fermo, dolensmisserrimus, no hubo esperanza. Erró 
el diagnóstico, ensayó un curiosísimo plan curati- 
vo, persiguiendo la doctrina filosófica del quia ab- 
surdum, y consignó en brevísimos días que al ser 
llamados hoy en consulta todos estemos de comple- 
to acuerdo en el pronóstico de nulla spes. Y no hay 
que decir que nuestro ilustre compañero haya es- 
caseado algo á su cliente: me ha llamado á mí, 



224 



OSSORIO Y BERNARD 



que sabe que no concurro á juntas á menos de ser 
retribuido con mil pesetas, os ha llamado á vos- 
otros que, aun distando infinito de mi altura, soléis 
tener algunas aspiraciones; ha recurrido á la an- 
tigua farmacopea dándole las pildoras de polvo 
de esmeralda con jugos de conejo huérfano, y ha 
hecho , en una palabra, cuanto es dable por corres- 
ponder á las esperanzas de los sobrinos y herederos 
del paciente. 

Creo por lo tanto, que nuestra misión ha termi- 
nado; que la de la Iglesia debe ser inmediata y rá- 
pida y que debemos dejar al distinguido doctor que 
ha solicitado nuestro concurso, la gloria entera del 
caso patológico que viene tratando. 



¡Oh! Las buenas formas, manto protector que 
encubre desnudeces de la verdad y hace posible la 
vida; que da el triunfo del convencional uso en to- 
das las relaciones de la vida social, y permite que 
se saluden gallardamente los adversarios que van 
á cambiarse más gallardamente todavía, doce ba- 
las de pistola, si antes no hace blanco mortal al- 
guna de ellas... aceptémoslas todos como yo las 
acepto. Pero no las exageremos ni las aceptemos 
sin cierta protesta de repugnancia. 

Para evitar el trato de los malos sería preciso 
marcharnos al desierto; para desfacer entuertos y 



LA VIDA EN SOCIEDAD 



225 



sinrazones se necesitaría vestir la cota del hidalgo 
manchego, y ni esto nos evitaría ser aporreados 
por jayanes y pisoteados por reses de cerda. 
Y vamos á otro asunto. 

Como ahora empiezas á tener personalidad 
propia, y por tu profesión y relaciones te habrán 
de cercar infinitas clases de gente solicitando fa- 
vores, te encargo que procures averiguar siempre 
quién es la persona recomendada y cuál la justi- 
cia de su pretensión; que seas todo lo servicial que 
puedas, pero distinguiendo á quién sirves, com- 
places y recomiendas; que si es censurable que 
quien puede hacer un beneficio se retraiga de ha- 
cerlo, lo es igualmente el que, sin previo análisis, 
se desvive por el servicio del prójimo, ha*ta en los 
casos en que el recomendado ó favorecido no me- 
rece ser considerado como tal prójimo. 

En estos días se ocupan mucho los periódicos 
de la triste suerte de un individuo llamado Simeón, 
el hombre más servicial del mundo y tan ajeno á 
todo egoísmo, que se convertía en agente de todo 
negocio ajeno. 

— Simeón, haga el favor de ir á la botica y que 
le den lo que dice esta receta. Luego le daré su 
importe. 

— Simeón, cuando se retire usted esta noche á 
casa, cómpreme La Correspondencia y échemela 
por debajo de la puerta. 

15 



226 



OSSORIO Y BERNA RD 



— Simeón, entretenga usted á mi criatura 
mientras que voy á un encargo, y si llora mucho 
acállela dándole el biberón. 

—Simeón, llámeme usted mañana á las seis, 
que tengo que irme á Alicante en el tren de las 
siete. 

— Simeón, sople usted un poco á la lumbre, 
para que no se apague, mientras yo voy á misa. 

— Simeón, acompáñeme usted hoy á la salida 
del taller, pues un chulo me ha amenazado con 
cortarme la cara. 

— Simeón, entérese usted de quiénes son esas 
señoras que hacen casar á los que están en pecado 
mortal, porque el novio de la chica siempre que 
está borracho consiente en casarse, y habrá que 
utilizar uno de esos momentos para regularizar su 
situación. 

Y Simeón soplaba la lumbre de la casa del ve- 
cino, servia de nodriza al niño de pecho, casaba á 
los pecadores, sacaba á pasear á los niños grandes 
y era administrador, practicante, recadero y ro- 
drigón de todos sus conocimientos y amistades. 

Algunas veces llegaba á preguntarse si el ser 
tan servicial no constituía un peligro. Si á fuerza 
de velar por los intereses ajenos, no compromete- 
ría los propios; si su exceso de bondad no podría 
originarle en lo sucesivo alguna desagradable 
contingencia. Pero sus arrepentimientos y sus 



LA VIDA EN SOCIEDAD 2¿1 

dudas eran de corta duración. Bastaba que al- 
guien le dijera: 

— Simeón, busque usted un ama de cría ó una 
criada — para que mi personaje se lanzara á la ca- 
lle, acudiera urgentemente á todas las agencias 
de colocaciones, y volviera al cabo de una hora á 
la casa del que le clió el encargo, seguido de me- 
dia docena de pasiegas con leche fresca y perso- 
nas que las abonaban, ó con criadas que, según 
noticias de los cambiantes de la plazuela, eran un 
prodigio de laboriosidad, economía y limpieza. 

Pero su amabilidad, confirmando sus temores, 
le ha perdido, según antes he indicado, al decir 
que to-os los periódicos hablan de él. 

— Simeón — le dijo hace poco un individuo á 
quien sólo había visto media docena de veces. — 
Entre usted en esa lotería y cóbreme este décimo 
premiado. Yo le espero en la esquina encargando 
unos refrescos. 

Y el pobre hombre entró en la administración 
y entregó el billete, viéndose muy desagradable- 
mente sorprendido cuando el lotero, llamando á 
unos agentes de la autoridad, hizo que éstos le lle- 
vasen á la cárcel. ¡Como que una de las cifras del 
número estaba corregida á mano! 

Simeón alegó que en el café inmediato le aguar- 
daba el dueño del billete; pero cuando salió á la 
calle con los agentes, aquél, que sin duda debía 



2,8 



OSSORÍO Y BERNARD 



haberse enterado del lance, no pareció ni vivo ni : 
muerto; preguntáronle que quién era, y no supo- 
dar razón; le instaron á que declarase los móviles- 
de su conducta, y como expuso que sólo le había 
guiado el deseo de hacer un favor, nadie prestó* 
crédito á sus palabras. ¡Para hacer semejantes la- 
vores están los tiempos! 

Por desgracia de Simeón, le había entrado la 
mala, pues á poco de entrar en la cárcel, se supo 
que por favorecer á un vecino de su anticua casa 
había imitado la firma de un recibo; que había sa- 
lido fiador de un individuo que cobró una letra 
falsificada de giro, y finalmente, que por salvar la 
honra de una pobre mujer seducida y abandonaba 
había intervenido más de lo justo, cuando disfru- 
taba libertad, en la formación de una partida de 
bautismo que cafa de lleno dentro de las prohibi- 
ciones del Código pena]. 

Todo esto se descubrió, como he dicho, en po- 
quísimos días, y pertenecía á la historia pasada 
de mi héroe; pues en el poco tiempo que lleva en 
la cárcel ha prestado alguuos otros favores y ser- 
vicios á sus nuevos compañeros, escribiendo de su 
puño y letra varias cartas en que ¿e preparaban 
otros tantos timos por el procedimiento del en- 
tierro. 

Su abogado asegura que será condenado por 
los diferentes delitos de que se le acusa á setenta 



LA VIDA EN SOCIEDAD 22 ( .» 

y ocho años de presidio; pero él no se preocupa 
por eso, sino pensando en que los pobres jueces 
tendrán que pasar un día muy malo poniéndose 
por él la toga, y se ofrece al escribano para copiar 
los pliegos de su causa, y que no se molesten él y 
•sus escribientes. 

Si llega á ser condenado, que sí lo será, es se- 
guro que en el penal prestará muy buenos servi- 
cios á sus compañeros de grillete, llevándoles to- 
das las herramientas, haciendo por ellos el trabajo 
•que les confíen los capataces, y áun privándose de 
su rancho para aumentar la ración de los demás. 

Esto, en el caso de que llegue á ser sentencia- 
do y no se muera en el período de prisión preven- 
tiva, como ha estado muy expuesto en los días úl- 
timos por cuidar á un enfermo contagioso y be- 
berse las medicinas que el médico recetaba y que 
-el enfermo se negaba á tornar. 

— Lo único que me consuela — decía á su con- 
fesor — es que con la muerte terminarán mis des- 
venturas, y Dios me concederá el paraíso de los 
buenos. 

Pero el confesor guardaba piadoso silencio, 
aunque bien claro daba á entender en su gesto que 
acaso no fuera muy fundada aquella confianza en 
los bienes eternos; porque si es cierto que hay el 
paraíso de los buenos, no está probado que exista 
«1 paraíso de los tontos. 



230 



OS.SORIO Y B ERNA RD 



Empecé esta carta haciéndote al gimas indica- 
ciones referentes á tu profesión, y de uno en otro 
tema he seguido tratando de no sé ya cuántos 
asuntos relacionados con la vida práctica. 

Tal vez haya en la extensión que he dado á mi 
carta algo de egoísmo de que al pronto no me 
daba cuenta. Comprendiendo que éstas han de ¿er, 
á menos de suceso extraordinario, mis últimas re- 
comendaciones, todas me parecían escasas, por si 
pudieran contribuir á guiarte en los mares pro- 
celosos de la vida, como dirían «el hijo de Mora- 
tin» y todos los poetas cursis presentes, pasados y 
futuros. 

Tu padre que te abraza— María no. 



INDICE 



Págs. 



Al señor don Julio Nombela 5 

El saludo á las señoras 7 

El sombrero y el bastón 13 

El sombrero de las señoras 21 

Trenes, coches y tranvías 31 

Un estreno 41 

La tertulia de la generala 53 

Cortesía conyugal 63 

Tarjetas, solicitudes y cartas 73 

Las presentaciones 85 

Deberes religiosos 95 

Preludios de boda 101 

Bl gobierno del hogar— I. . . 107 

Idem id.— II 113 

Más sobre la boda. —Llueven consultas 119 

Casa y criados 127 



232 



0SS0R10 Y BERXARD 



Anuncios é invitaciones. -Traje de la desposa- 
da.— Retratos 135 

Viaje de novios.— Participaciones y visitas. — ¿Y 

el trousseau? 141 

Previsiones de la novia.— El trousseau. — Algu- 
nos envidiosos y algunos agradecidos 149 

De servilleta prendida 157 

El hijo de Moratín.— Asuntos mortuorios 163 

Más asuntos mortuorios 173 

Los consejos 181 

En ejercicio. — Día de consultas. - Fidelidad 

conyugal. — Las dudas de Epifanio ... 191 

Recomendaciones paternales 209 



OBRAS DE LA PROPIEDAD 

DE 

HIJOS DE MIGUEL GUIJARRO 

EDITORES 

DE VENTA EN LA CASA EDITORIAL 
CALLE DE LAGrASCA, 21, BAJO 

Y EN LAS PRINCIPALES LIBRERIAS 



BLASCO (0. EUSEBIO; 

Esto, lo otro y lo de más allá.— Un tomo en 8.°, 1 
peseta. 

Una señora comprometida. — Un tomo en 8.°, 1 pta. 

FERNAN CABALLERO 

La gaviota. Cuarta edición.— Dos tomos en 8.°, 5 pe- 
setas. 

La familia de Alvareda. - Un tomo en 8.° mayor, 
2'50 pesetas. 



Una en otra,— «Can mal ó con bien, á los tuyos te 
ten.»— Un tomo en 8.°, 2'50 pesetas. 

Relaciones — Primera parte: «Callar en vida y perdo- 
nar en muerte.» — «No transige la conciencia.» — 
«La flor de las ruinas.» — «Los dos amigos.» — «La 
hija del sol.» Segunda parte: «Justa y Rufina.» — 
«Más largo es el tiempo que la fortuna.» — Un tomo 
en 8.°, 2'50 pesetas. 

Cuadros de costumbres. ^—Comprenden: Tomo I: 
«Simón Verde.» -«El último consuelo.» — «Dicha 
y suerte.» Tomo II: «Más vale honor que honores.» 
— «Lucas García.»— «Obrar bien que Dios es Dios.» 
— «El dolor es una agonía sin muerte.»— Dos to- 
mos en 8.°, 5 pesetas. 

fia estrella de Vandalia.— «¡Pobre Dolores!» Un 
tomo e;i 8.°, 2'50 pesetas. 

Elia.-«E1 último consuelo » — «La noche de Navi- 
dad.»— «El día .de Reyes.»— Un tomo en 8.°, 2'50 
pesetas. 

Clemencia. —Dos tomos en 8.", 5 pesetas. 

Un servilón y un liberalito ó tres almas de Dios. 

— «El exvoto.» - «Matrimonio bien avenido, la mu- 
jer junto al marido.» — «Promesa de un soldado á 
la Virgen del Carmen.» — «El alcázar de Sevilla.» 

— «Un sermón bajo naranjos.»— Un tomo en 8.", 
2'50 pesetas. 

Lágrimas.- Un tomo en 8.°, 2'50 pesetas. 



Un verano en Bornos. — «Lady Virginia.» — Un tomo 
en 8.°, 2'50 pesetas. 

Deudas pagadas.— «Promesa de un soldado á la Vir- 
gen del Carmen.» — «El Eddistone.» — «Una excur- 
sión á Waterlóo.» — «Aquisgran.» — «Episodio de un 
viaje á Carmona » — «El vendedor de tagarninas.» 
— «Una madre.» — Un naufragio.» — Una visita al 
convento de Santa Inés de Sevilla.»— «La catedral 
de Sevilla en una tarde de Carnaval.» —Un tomo 
en 8.°, 2'50 pesetas. 

Cosa cumplida... sólo en la otra vida; diálogos en- 
tre la j nventud y la edad madura. — Un tomo en 8.°, 
2'50 pesetas. 

MURO (0. ANGEL) 

El Practicón (décimatercia edición.) — Tratado com- 
pleto de cocina con aprovechamiento de sobras. — 
Un tomo en 4.° de 1.010 páginas y 260 grabados, 
mística, 5 pesetas. 

Idem id. en tela con plancha dorada, 7 pesetas. 

PEREZ ESCRICH (0. ENRIQUE) 

Los Cazadores. — Un tomo en 8.°, 3 pesetas. 
Un libro para mis nietos. — Un tomo en 8.°, 3 ptas. 
Historia de un beso.— Un tomo en 8.°, 2'50 pesetas. 
La prosa de la gloria.— Un tomo en 8.°, 2'50 pesetas. 
El manicomio modelo.— Un tomo en 8.°, 2'50 ptas 



El hombre de las tres vacas.— Un tomo en 8.°. 2 4 50 

pesetas. 

Un hijo del pueblo.— Un tomo en 8.°, 2'50 pesetas. 
De tal palo tal astilla.- Un tomo en 8.°, 2'50 ptas. 
El violín del diablo. — Un tomo en 8.°, 2'50 pesetas. 
Narraciones literarias.- -Un tomo en 8.°, 2'50 ptas. 

PEREZ Y GONZALEZ (D. FELIPE) 

Chucherías. Fruslerías históricas y chascarr 'llos de 
la historia.— Un tomo en 8.°, con números * gra- 
bados, 3 pesetas. 

SELGAS (DON JOSÉ) 

Dos rivales. - Un tomo en 4.°, 4 pesetas. 
Una madre. — Un tomo en 4.°, 4 pesetas. 
Dos para dos.— «lü pacto secreto.»— «El corazón y 

la cabeza.» — Un tomo en 4.°, 4 pesetas. 

TRUEBA (DON ANTONIO OE) 

Obras escogidas. Obras en verso.— Contienen: El li- 
bro de lo* Cantares. — Canciones prima cerotes (iné- 
dito).— El libro de las Montañas.— El libro de los 
recuerdos (inédito).— Fábulas de la educación.— 
Dos tomos en 8.° mayor, 8 pesetas. 
Obras populares. - Contienen: Cuentos de color de 
rosa.— Cuentos jyopular es . —El libro de los Cantares. 
Cuentos campesinos. — Cuentos de vivos y muertos. 



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Cuentos del hogar. Dos tomos en 4.°, ilustrados 
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Arte de hacer versos, al alcance de todo el que sepa 
leer. — Un tomo en 8.° mayor, 1 peseta. 

Cuentos del hogar.— Un tomo en 8.°, 3 pesetas. 

Cuentos de vivos y muertos. — Un tomo en 8.°, 3 pe- 
setas. 

Cuentos de madres é hijos.— Un tomo en 4.° ilus- 
trados con 50 grabados, 4 pesetas. 
El redentor moderno. — Un tomo en 8.°, 3 pesetas. 



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Cuentos de color de rosa. 
Cuentos campesinos. 
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que asimismo está publicándose por entregas con magníficas ilus- 
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